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Reina ENTRÉ LAS SOMBRAS

Reina ENTRÉ LAS SOMBRAS

Status: En proceso
Genre:Mafia / Romance oscuro / Acción
Popularitas:418
Nilai: 5
nombre de autor: rosse 345

​"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
​Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
​Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
​En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.

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CAPÍTULO 7: CENIZAS Y PROMESAS DE SANGRE

Desperté en una cama de hospital con el corazón latiendo en la garganta. No esperé a que nadie me explicara nada; me arranqué los cables y las vías con un tirón seco y corrí por el pasillo.

​—¡Señorita, vuelva a la cama! —me atajó un médico.

—¡Quiero ver a mi mamá! ¿Dónde está ella? —le grité, fuera de mí—. ¡Dígame que está bien!

​El doctor que la había atendido se acercó. Su silencio fue más violento que cualquier golpe de mi padre.

—Lo siento... su madre no resistió.

​El suelo desapareció bajo mis pies. Me desplomé, impactada, sintiendo cómo el aire se escapaba de mis pulmones.

—Mamita... perdóname, mamita... —sollocé contra las baldosas frías.

​Insistí en verla. El médico me llevó a la morgue. El frío de ese lugar se me metió en los huesos para siempre. En una camilla, bajo una sábana blanca, descansaba el único ser que me había amado. Con manos temblorosas, deslicé la tela. Allí estaba ella, con los ojos cerrados, en un sueño del que yo no podía despertarla. Me lancé sobre su cuerpo inerte, llorando un dolor que no tiene nombre, hasta que me sacaron a la fuerza.

​—¿Vivía alguien más con ustedes? —preguntó el doctor cuando volví a caer al piso de la sala de espera.

—Mi padre —respondí con una rabia que me carcomía—. Pero huyó. El cobarde huyó.

​Llegaron los policías. Sus preguntas me zumbaban en los oídos. ¿De qué servía interrogarme? ¿De qué servía buscarlo?

—Fue el imbécil de mi padre —les dije, mirándolos con un odio que los hizo retroceder—. Él le hizo esto a ella, y él me hizo esto a mí. Pero los policías nunca hacen nada. Mañana se habrán olvidado de nosotros.

​Decidí que la cremaran, tal como ella quería. Firmé los papeles con la mano firme y los ojos nublados por lágrimas que ya no eran de tristeza, sino de puro rencor. Me hice responsable de todo; a los quince años, el mundo me obligó a ser el adulto que nunca tuve cerca.

​Llegó el momento. Caminé por pasillos grises hasta el área de cremación. Antes de que la introdujeran en el horno, le di el último adiós. Le besé la frente helada y le susurré al oído:

—Madre, esto no se quedará así. Tu muerte no será en vano. Te juro por mi vida que te vengaré. Lo prometo.

​Vi cómo las llamas consumían lo que quedaba de mi mundo. Poco a poco, el fuego transformó a mi madre en cenizas. Cuando todo terminó, me entregaron una urna pequeña y fría. La abracé contra mi pecho como si fuera ella misma.

​—Luna, lo siento mucho —escuché una voz conocida.

​Era la señora de mi trabajo. Se había enterado de la tragedia.

—Mi mamita está muerta, señora. Y eso no se quedará así —le dije, mirándola con unos ojos que la hicieron estremecer.

—¿A dónde vas a ir, niña? Quédate conmigo esta noche. Ya no importa lo que pase conmigo, yo morí con ella —susurré.

​Me llevó a su casa. No quería volver a ese lugar que alguna vez llamé hogar y que ahora era solo una escena del crimen. Me dio un cuarto, pero no dormí. Me senté en la cama, abrazada a la urna, llorando las últimas lágrimas de Luna Mongoberry.

​Mientras el sol empezaba a salir, una calma gélida se instaló en mi pecho. El dolor se había transformado en un plan. Ya no era una chica asustada. Ahora era Rose, y tenía una lista que empezar a tachar.

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la potaxia 63
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