Ayla Eisen y Ragnar crecieron bajo la sombra de una tragedia idéntica: la enfermedad que les arrebató a sus madres, dejando a sus padres, empresarios y amigos de toda la vida, sumidos en el dolor, pero ahora, ellos han decidido sellar su destino con un contrato inquebrantable; obligándolos a contraer nupcias, donde se ven atrapados en un matrimonio sin amor, pero unidos por una promesa desesperada hecha sobre las lápidas de sus esposas; que consiste en usar su unión para financiar la batalla contra el mal que destruyó a sus familias, en una casa llena de silencios y recuerdos, en la cual deberán decidir si su alianza es solo un negocio doloroso o si, entre las cenizas de su pérdida, puede nacer la fuerza para sanar... y quizás, aprender a amar
"Nuestras madres nos heredaron su ausencia con su partida pronta, pero nuestros padres nos vendieron al mismo dolor; ahora estamos encadenados por un contrato que se firmó con sangre y se selló sobre sus tumbas."
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Capítulo 11
Salir de ese ambiente hostil era un alivio paliativo, Ragnar me tomó de la mano y me guio sin esperar respuesta, no nos detuvimos hasta que llegamos al ascensor privado. En cuanto las puertas se cerraron, solté su mano como si quemara.
—No vuelvas a hacer eso. —Le advertí, limpiándome la palma de la mano en el vestido.
—¿Qué cosa? ¿Darte prioridad frente a esos dos buitres? —Él se apoyó contra la pared del ascensor, observándome con una mezcla de diversión y cansancio. — Deberías estar agradecida, te saqué de ahí antes de que tu padre empezara a planificar cuántos nietos le vas a dar para asegurar la tercera generación.
El comentario me dio una náusea súbita. — Nietos, esa era quizás otra cláusula que seguramente aparecería en algún anexo secreto.
—No soy un animal de cría, Ragnar y espero que eso de la "libertad absoluta" incluya que no me toques a menos que sea estrictamente necesario para las cámaras.
Ragnar se enderezó, acortando la distancia entre nosotros en el pequeño espacio del ascensor. Su mirada bajó a mis labios rojos, los mismos que él había analizado en el auto.
—No te preocupes, Lía, no tengo por costumbre forzar las cerraduras, prefiero que me abran la puerta. —Dijo con una voz que era puro terciopelo y peligro. —Pero no olvides que para que el mundo se crea esta mentira, el contacto físico es indispensable; mañana tenemos una cena con los directivos de los hospitales asociados. Prepárate.
—¿Otra actuación? —Suspiré fastidiada, sintiendo el peso de la corona que acababa de aceptar.
—La actuación de nuestras vidas. —Corrigió él. —Otra cosa recuerda nuestro trato: yo no te molesto con mis asuntos y tú no me molestas con los tuyos, pero hay una regla nueva: si vas a ser indiferente a mis "conquistas", asegúrate de que sea una indiferencia perfecta. —No quiero ver ni una pizca de reproche en esos ojos celestes cuando veas mi nombre en los tabloides.
—No habrá reproche, Ragnar —Respondí, mirándolo directamente a los ojos con toda la frialdad que pude reunir. — Para mí, cuando cruces la puerta de nuestra futura casa para irte con otra, dejarás de existir hasta que el sol vuelva a salir. No soy tu carcelera, pero tampoco tu sombra, solo no olvides que si mi apellido se ve manchado por una imprudencia tuya o tú conquista de turno no conoce su lugar; existen consecuencias...
El ascensor llegó al estacionamiento con un suave ding. Ragnar me sostuvo la puerta con una inclinación de cabeza.
—Eso espero, Doctora. Porque el olvido es una medicina muy amarga cuando se administra en dosis pequeñas.
Salimos al aire fresco de la tarde, el Mercedes nos esperaba de nuevo. Mientras subía al auto, vi a lo lejos a un grupo de personas protestando por los precios de los medicamentos de la corporación. Un recordatorio de que, mientras nosotros jugábamos a ser reyes y peones, el mundo real seguía sufriendo.
"Haré que valga la pena", me juré a mí misma mientras el coche se alejaba. Usaría cada centavo de los Graf y los Eisen, para salvar a mis pacientes.
Ragnar se puso sus gafas de sol, ocultando sus ojos al mundo Se veía como el perfecto príncipe de la industria: frío, inalcanzable y letal. Yo me ajusté el abrigo azul oscuro, sintiendo el peso del anillo invisible en mi dedo.
El juego había empezado y aunque él creía tener todas las cartas, se olvidaba de que yo pasaba mis días estudiando células que mutan para sobrevivir; también sabía mutar y antes de que pasaran esos diez años, me aseguraría de que Ragnar Graf supiera que no todas las reinas se conforman con quedarse en su rincón del tablero.
—Llévame a mi apartamento. —Le ordené al chófer.
—Aún no, señorita. —Respondió el hombre con voz monótona. — El señor Graf ha ordenado que la llevemos a ver su nueva residencia.
Me quede en silencio observando por la ventana mientras nos alejábamos del ruido de la ciudad.
—No has dicho una palabra desde que salimos del edificio —Comentó Ragnar, rompiendo el silencio sin quitarse las gafas de sol. — ¿Estás planeando cómo esconder el veneno en mi cena o simplemente estás asimilando la arquitectura del vecindario?
—Estoy pensando en el concepto de "hogar". —Sin mirarlo. — Para ti, una casa es una extensión de tu marca. Para mí, era el único lugar donde no tenía que ser una Eisen. Ahora, me llevas a un sitio que tu padre eligió para que podamos fingir ser la pareja perfecta.
—En realidad, esta vez te equivocas. — Mi padre quería que viviéramos en la mansión familiar, bajo su escrutinio constante. Yo me negué. Esta casa la compré hace dos años. — Es mi terreno, Lía. Nadie entra ni sale sin mi autorización; ni siquiera Leonardo o Bruno.
El auto se detuvo frente a un portón de acero negro que se abrió automáticamente. Al final de un camino rodeado de cipreses, apareció la estructura. Era una obra maestra de la arquitectura moderna: líneas rectas, hormigón pulido y paneles de vidrio del suelo al techo que reflejaban el cielo anaranjado del atardecer. Parecía un santuario de cristal, hermoso pero expuesto.
—Es una pecera. —Susurré mientras el chófer abría mi puerta.
—Es un búnker de lujo. —Corrigió Ragnar, bajando del auto y ajustándose la chaqueta—. Los cristales tienen un tratamiento especial; nosotros vemos hacia fuera, pero desde fuera solo ven un espejo. Privacidad absoluta, algo que vas a empezar a valorar a partir de mañana.
Caminé hacia la entrada, mis tacones resonando sobre la piedra volcánica del sendero. Al entrar, el vestíbulo me recibió con una amplitud minimalista que me hizo sentir pequeña. El aire olía a cuero nuevo, madera de sándalo y a esa soledad que solo el dinero excesivo puede comprar. No había fotos, ni recuerdos o rastro de que alguien realmente viviera allí. Era un catálogo de diseño interior convertido en realidad.
—Tus cosas ya están en camino. —Dijo Ragnar, caminando hacia una barra de mármol negro donde reposaban varias botellas de licor. — He asignado el ala este para ti. Tienes tu propio estudio, un baño que parece un spa y una habitación con vistas al valle. No tendrás que cruzarte conmigo a menos que lo desees o tengamos compromisos.
—¿Y tú? —Pregunté, recorriendo con la mirada el salón principal, dominado por una chimenea lineal.
—El ala oeste es mi territorio. No entres sin llamar y yo haré lo mismo con el tuyo. Como dijimos: libertad absoluta dentro de los muros.
Me acerqué a uno de los ventanales. Desde aquí, la ciudad se veía diminuta, una red de luces que empezaba a encenderse en la penumbra. Me sentí como una astronauta mirando la Tierra desde una estación espacial: desconectada, aislada.
—¿Por qué haces esto, Ragnar? —Me volví hacia él, viéndolo servirse un trago. — Tienes el mundo a tus pies. Podrías haber peleado contra tu padre e ido a otro país con tu talento. ¿Por qué aceptar este teatro conmigo?
Él dejó el vaso sobre la barra y se quitó las gafas de sol, mostrando sus ojos azules se veían cansados, desprovistos por un momento de la máscara de cinismo.
—Porque el imperio de mi padre es tóxico, Lía. Si me iba, él lo destruiría todo antes de dejar que alguien más lo manejara. La única forma de cambiar el sistema es desde dentro. Necesito la fusión, necesito tu apellido y necesito que el mundo crea que me he reformado. Tú eres mi pase de oro para tomar el control total y cuando lo tenga... —Hizo una pausa, su mirada se volvió gélida de nuevo, entonces seré yo quien dicte las reglas. No ellos.
—En otras palabras, más ortodoxas; soy una herramienta para tu golpe de estado corporativo.
—Y yo soy el escudo que protege tu beca y tus laboratorios —Replicó él, acercándose lentamente. —No te hagas la mártir que ambos estamos usando al otro. —La diferencia es que yo soy honesto al respecto.
Se detuvo frente a mí, tan cerca que pude sentir el calor que emanaba su cuerpo. La tensión de la tarde, la adrenalina de la rueda de prensa y el encierro de esa casa empezaron a pesarme. Quise apartarme, pero mis pies no se movieron. Había algo magnético en su oscuridad, algo que apelaba a la parte de mí que también quería quemar el mundo de mi padre.
—¿Y qué pasa con las "conquistas"? —Pregunté, mi voz apenas en un murmullo. — ¿Las vas a traer aquí? ¿A esta casa?
Ragnar esbozó esa sonrisa lateral, pero esta vez no había desprecio. Era algo más parecido a un desafío.
—Esta es mi casa, Ayla y el contrato dice que lo que ocurra a puertas cerradas es asunto mío. Sin embargo... extendió una mano y rozó el borde de mi mandíbula con el pulgar, un gesto que me hizo contener el aliento. Dudo mucho que después de este día tenga energía para nadie más que no sea mi nueva y "encantadora" prometida. —El circo cansa a los leones también.
Retiré su mano con firmeza, aunque por dentro mis nervios eran un desastre.
—No te confundas, Ragnar. No porque comparta este techo significa que comparto tu cama o tu vida. Mañana iré al hospital, haré mi trabajo y por la noche me pondré el vestido que elijas para esa cena. Pero no esperes nada más de mí.
—No espero nada, Doctora. —Dijo, retrocediendo y tomando su vaso de nuevo.
Caminé hacia la dirección que él había señalado como "mi ala", necesitando encerrarme y procesar que esta pecera de cristal sería mi realidad por los próximos diez años, al entrar a la habitación, encontré mis maletas ya acomodas en el armario gigante, sobre una cama de dimensiones ridículas el únicooso de peluche que tenia de mi madre, la guitarra que hace tantos años me había regalado mi padre y todos mis libros de medicina estaban apilados en un estante de diseñador, viéndose fuera de lugar entre tanto lujo estéril.
Me quité los tacones con un suspiro de alivio y me senté en el borde de la cama. El silencio de la casa era absoluto, roto solo por el susurro casi imperceptible del sistema de calefacción. Era una paz artificial, una calma comprada con la firma de un contrato.
De repente, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Alejandra. "Lía, no puedo creer las fotos que están saliendo. Parecen la pareja del siglo. ¿Estás bien? ¿Ragnar se está portando como un ser humano o tengo que ir a rescatarte con un extintor?"
Sonreí con tristeza. Ale no entendía que el extintor ya no serviría de nada; el incendio ya había consumido mi antigua vida.
Me levanté y caminé hacia el baño, un espacio de mármol blanco y espejos infinitos. Al mirarme, vi a la mujer del vestido azul oscuro, la prometida de un lobo, la aliada de un patán, pero detrás de la máscara de maquillaje perfecto, todavía estaban los ojos de la niña que quería salvar el mundo.
—Diez años —Me dije al espejo. — Diez años para extirpar el cáncer de esta familia desde dentro.
Me quité el vestido y dejé que cayera al suelo, que mañana sería otro día de actuación, en otra batalla de una guerra que apenas está comenzando.