⚠️🔞El Alfa se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Cass. El olor a roble y romero se volvió tan fuerte que Cass sintió un mareo súbito. El Alfa inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aroma a miel y café del Omega. Una atracción peligrosa, pero predestinado.🔞⚠️
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Velocidad supersónica
El trayecto en la camioneta fue una tortura silenciosa. El espacio era reducido y el aire acondicionado no era suficiente para disipar el calor que emanaba del cuerpo de Kenny. Cass mantenía las manos entrelazadas sobre su regazo, pero sus dedos no dejaban de juguetear con la tela de su pantalón. Cada vez que Kenny cambiaba de marcha, su brazo rozaba accidentalmente el muslo del chico, y ese contacto fugaz mandaba descargas eléctricas directamente a su columna.
Salieron de las zonas transitadas hasta llegar a una propiedad rodeada de muros altos y vegetación espesa. Al entrar, el motor se detuvo y el silencio fue absoluto.
—Baja —dijo Kenny. Su voz sonaba más profunda en el espacio confinado del vehículo.
El Omega obedeció, sintiendo que sus piernas pesaban. Kenny lo guió hacia una estructura de madera y cristal que parecía un estudio moderno. Al cruzar el umbral, el muchacho se detuvo en seco. El lugar olía puramente a Kenny: romero, roble y un toque metálico, como de electricidad.
—Este es mi refugio —dijo Kenny, cerrando la puerta tras ellos. El clic de la cerradura resonó en los oídos de Cass como una sentencia—. Aquí no hay reglas, no hay amigos preocupados, ni hay bloqueadores de aroma que funcionen.
Kenny se quitó la chaqueta de cuero, dejando ver sus brazos cubiertos de tatuajes que se perdían bajo sus mangas. Se acercó a Cass con esa parsimonia de cazador que sabe que su presa no tiene a dónde ir.
—Tengo sed —soltó el chico de repente, tratando de romper la tensión que lo estaba asfixiando.
Kenny sonrió de lado, una expresión que no llegó a sus ojos, los cuales estaban fijos en el cuello del Omega. Se acercó tanto que Cass tuvo que retroceder hasta que su espalda chocó contra una de las paredes de madera lisa. Kenny apoyó ambas manos a los lados de la cabeza del Omega, acorralándolo.
—Yo también tengo sed, Cass —susurró Kenny, inclinando la cabeza—. Pero no de agua.
El Alfa bajó una de sus manos y empezó a desabrochar, uno a uno, los botones de la camisa del joven. Sus dedos rozaban la piel del pecho de forma intermitente, un toque frío contra una piel que estaba ardiendo. El Omega soltó un suspiro tembloroso, sus manos subieron hasta las muñecas de Kenny, pero en lugar de apartarlo, terminó apretándolas, instándolo inconscientemente a seguir.
—Tu piel está gritando —notó Kenny, deslizando la camisa fuera de los hombros del muchacho hasta que esta cayó al suelo—. Y tu aroma... Dios, Cass. Estás inundando todo el lugar con tu miel.
Kenny enterró la cara en el hueco entre el cuello y el hombro del joven. No hubo beso inmediato, solo una inhalación profunda y vibrante que hizo que Cass arqueara la espalda. El vello de los brazos del Omega se erizó cuando sintió la lengua del Alfa trazar una línea húmeda y lenta desde su clavícula hasta la base de su oreja.
—Kenny... —el nombre salió como un gemido ahogado.
—Dime —respondió él, su voz vibrando directamente contra la piel sensible.
Kenny bajó las manos hasta la cintura del chico y lo levantó sin esfuerzo, sentándolo sobre una mesa alta de madera que estaba detrás. Ahora, sus cuerpos estaban a la misma altura. Kenny se metió entre las piernas del Omega, obligándolo a rodear su cintura con ellas. El contacto físico era total: el pecho desnudo de Cass contra la camiseta de Kenny, y la dureza del Alfa presionando contra su suavidad.
Las manos de Kenny no se quedaron quietas. Subieron por la espalda de Cass, sus dedos hundiéndose en los músculos tensos, masajeando con una fuerza que era a la vez ruda y placentera. El Omega echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta por completo, y Kenny no perdió la oportunidad.
Empezó a dejar besos hambrientos, succionando la piel blanca hasta dejar marcas rosadas que gritaban posesión. Los dientes del Alfa rozaban de vez en cuando la zona de la glándula, una amenaza deliciosa que hacía que Cass soltara pequeños jadeos de desesperación.
—Mírame —ordenó Kenny.
Cass abrió los ojos, empañados por el deseo. Kenny lo observaba con una intensidad devoradora. El Alfa tomó el rostro del Omega con ambas manos, obligándolo a concentrarse solo en él.
—Dilo —exigió Kenny, rozando sus labios con los de él—. Di que lo quieres. Di que te encanta que sea yo quien te esté haciendo esto.
Cass sintió que el orgullo era lo último que le quedaba, pero bajo el aroma abrumador de roble y el calor de las manos de Kenny, el orgullo no servía de nada.
—Me encanta —admitió el Omega en un susurro roto—. Está mal... es diabólico, pero quiero más.
Kenny no esperó más. Estrelló sus labios contra los de Cass en un beso que sabía a café, a miel y a una tormenta que finalmente se desataba. Fue un beso rudo, lleno de lengua y mordiscos suaves, una lucha por el dominio que el chico perdió con gusto. Las manos de Cass se enredaron en el cabello de Kenny, tirando de él, buscando más contacto, más fuego.
En ese estudio, lejos del mundo, el aroma a miel y café fue finalmente devorado por el bosque de romero. Ya no había vuelta atrás. Cass estaba cayendo a una velocidad supersónica, y mientras sentía las manos de Kenny bajar hacia sus caderas, se dio cuenta de que no quería que nadie lo rescatara.
corta pero muuuuyyyy sustanciosa como dice el dicho