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AMAR LO PROHIBIDO

AMAR LO PROHIBIDO

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.

No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.

Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.

Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.

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CAPÍTULO 6

El sol de la tarde se filtraba entre los edificios de Barcelona, dorando los bordes afilados de la terraza donde Eduardo se apoyaba, los nudillos blancos alrededor de la taza de espresso. El vapor se elevaba en espirales lentas, dispersándose en el aire fresco que olía a salitre y a diesel de los barcos en el puerto. Sobre la mesa de mármol frío, el contrato yacía como un animal dormido, sus páginas perfectamente alineadas bajo un pisapapeles de cristal tallado. Cada cláusula era un diente afilado, listo para hundirse en su libertad.

—No deberías firmar esto sin antes despejar la cabeza —la voz de Diego Falcó llegó desde el interior del apartamento, arrastraba las sílabas como si cada palabra pesara—. Te conozco, Eduardo. Si lo haces ahora, vas a odiarte dentro de tres meses.

Diego emergió con dos copas de whisky en la mano, el líquido ámbar reflejando la luz como miel derramada. Su traje, siempre impecable, olía a cuero italiano y a tabaco de La Habana, ese aroma que se le pegaba a la piel como una segunda capa. Dejó una copa frente a Eduardo y se acomodó en la silla de hierro forjado, cruzó las piernas con la elegancia de quien sabe que el mundo se pliega a su voluntad.

—Te propongo algo mejor —continuó, deslizando un sobre manila hacia él—. Un pueblo en otro continente. Pequeño, sin pretensiones. Nadie te reconocerá allí. Una semana, dos si te apetece. Desapareces. Respiras. 

Eduardo no tocó el sobre. En su lugar, llevó el espresso a los labios, dejando que el amargor le quemara la lengua. El contrato brillaba bajo el sol, las letras negras como cicatrices sobre el papel. Seis años fuera de su país, construyendo un imperio con sus propias manos, y aún así, bastaba un documento para recordarle que nunca sería dueño de su nombre. Que Álvarez de Toledo no era un apellido, era una losa.

—No quiero esconderme —murmuró, la taza chocando contra el platillo con un clink seco—. Me fui para no tener que fingir más. Si ahora vuelvo a ocultarme, ¿qué sentido tiene?

Diego suspiró, pasó un dedo por el borde de su copa.

—No es esconderte. Es elegir. Por una vez en tu puta vida, Eduardo, para no demostrar nada a nadie, solo para tener un tiempo para tí. —Bebió un trago, el whisky resbalando por su garganta con un sonido casi obsceno—. Además, no te estoy pidiendo que uses un nombre falso. Solo que te largues a un sitio donde nadie sepa quién eres realmente. Donde puedas ser el tipo que construye hoteles en Dubai o el que se emborracha en un bar de carretera sin que al día siguiente aparezca en ¡Hola!.

El viento arreciaó, levantando el contrato un centímetro antes de que Eduardo lo aplastara con la palma de la mano. El papel crujió, como si protestara. Seis años evitando llamadas, reuniones, compromisos familiares. Seis años diciendo "no" desde la distancia, mientras su fortuna crecía y su padre envejecía en silencio. Pero el contrato no era solo sobre dinero. Era sobre volver. Sobre sentarse en la mesa del comedor de la mansión familiar, sonreír a su madre mientras ella le recordaba, con esa voz de porcelana rota, que "los Álvarez de Toledo no se manchan las manos con negocios vulgares". Era sobre mirar a su hermano mayor, el perfecto, el obediente, y saber que nunca sería suficiente.

—Joder —Eduardo se pasó una mano por el cabello, los dedos enredándose en los mechones oscuros—. ¿Y si no quiero volver?

Diego se encogió de hombros.

—Entonces no lo hagas. Pero al menos ve a ese pueblo y decide con la cabeza fría. —Sacó un cigarrillo del bolsillo interior de su chaqueta, lo encendió con un gesto fluido—. Mira, no soy tu terapeuta, pero sé que esto te está carcomiendo. La culpa, la rabia, esa mierda de "¿y si la arruiné?" que llevas años arrastrando. —Exhaló el humo en un anillo perfecto que se deshizo contra la luz.

El recuerdo de ella quemó en el aire entre ellos. Eduardo apretó los dientes. No era solo ella. Era el recuerdo de las risas borrosas y ni siquiera tener un nombre para mencionar.

—No la forzaste —insistió Diego, como si le hubiera leído el pensamiento—. Ni ella a ti. Fue… lo que fue. Pero no eres responsable de lo que pasó después. Ni de lo que le hicieron a ella. Ni de lo que te hicieron a ti; esos falsos amigos, para hacerlos perder cualquier inhibición.

Eduardo cerró los ojos. El sol le quemaba los párpados, pintando manchas rojas en la oscuridad. Seis años huyendo, y aún así, bastaba un contrato, para que todo volviera a él: el peso de un cuerpo sobre el suyo, las voces susurrando "esto es lo que quieres, ¿verdad?".

—Está bien —dijo al fin, la voz áspera—. Pero no quiero otro nombre. —Deslizó el sobre hacia sí, lo abrió. Dentro, una fotografía de un pueblo perdido entre montañas, casas de piedra y techos de pizarra, una plaza con un pozo en el centro—. Solo… Eduardo. Nada más.

Diego asintió, satisfecho.

—Perfecto. Ya está todo organizado. En tres días sales hacia allí. Un coche te esperará en el aeropuerto privado.

—Y el contrato.

—El contrato puede esperar. —Diego apagó el cigarrillo en el cenicero, el sonido un siseo breve—. Firmas cuando vuelvas. O no lo firmes. Pero hazlo desde un lugar que no sea este —golpeó el mármol con los nudillos—, donde solo ves paredes.

Eduardo miró la fotografía de nuevo. Las montañas se alzaban como murallas, el cielo sobre ellas un azul tan intenso que dolía. Un lugar donde nadie sabría que era el segundo hijo de los Álvarez de Toledo. Donde nadie le pediría explicaciones.

—Una semana —murmuró—. Después, decido.

—Después, haces lo que te salga de los cojones. —Diego se levantó, ajustándose la chaqueta—. Pero apuesto a que volverás. Porque, al final, siempre vuelves. Es lo que hacemos los de tu sangre.

Eduardo no respondió. En su lugar, tomó el whisky de un trago, dejando que el ardor le bajara por la garganta como una promesa. Una semana. Sin apellidos, sin expectativas. Solo él y el eco de su propio nombre en un lugar donde nadie lo conocía.

Se guardó la fotografía en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al corazón. El contrato quedó sobre la mesa, inmóvil, como un cadáver al que aún no habían enterrado.

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Ana Cilia De La Cruz
por favor la continuación no me dejen en suspenso
RENE: Hola, gracias.
Hay nuevos capitulos.
total 1 replies
Amelia Mirta Fernández
Creo que es más que interesante, que algo tan efímero como la ilusión, la paz interior y el ser útil, para uno misma, se está reflejando lentamente, pero con una fuerza, que comienza a crecer y le da confianza, calor humano, sensibilidad y el hecho de que si, puede. .Me encanta, y espero el resto de la historia. Dos seres perseguidos y martirizados por un energúmeno, soberbio y déspota, pueden unir fuerzas y encontrar amor, comprensión y dulzura, felicidad. Autora no me dejes con las ansias de ver a Kas y Edu, unir fuerzas y brillar con nuevas luces de esperanza . TE ESPERO. GRACIAS❤️❤️❤️❤️
RENE: Muchas gracia ☺️
Hay nuevos capítulos
total 1 replies
Amelia Mirta Fernández
vamos que tu puedes Kassandra. vas a ser libre del tormento de ese gusano abusador y promiscuo. 😢👏👏👏👏
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