Elara, una veterinaria de élite en Seattle, lo pierde todo tras una negligencia médica provocada por el estrés de un matrimonio abusivo. Buscando anonimato, se muda a Valle Sombrío para dirigir un refugio de animales al borde de la quiebra. Su llegada choca frontalmente con Jason, un hombre huraño y misterioso que vive en una cabaña aislada tras un accidente en el cuerpo de rescate que le dejó una cojera permanente y un alma cerrada bajo llave.
La rivalidad estalla cuando Elara intenta modernizar el refugio, mientras Jason cree que la naturaleza debe seguir su curso. Sin embargo, la aparición de animales heridos con marcas de redes ilegales los obliga a unir fuerzas. Entre el frío de la montaña y la calidez del refugio, Elara y Jason descubrirán que las cicatrices más profundas no son las que se ven, sino las que sanan cuando alguien decide quedarse.
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capitulo 21
La humedad de la mina aún se sentía en los huesos de Elara, pero el frío que la recorría ahora era distinto. Era un frío seco, un veneno que corría por sus venas desde que la voz de Marcus había profanado el silencio de la montaña. Cada sombra en los pasillos del refugio parecía tener su estatura; cada crujido de la madera sonaba como su paso elegante y decidido.
Elara se encontraba en el laboratorio, organizando viales con una energía nerviosa y errática. Sus movimientos eran mecánicos, casi violentos. Cuando Jason entró en la habitación, ella no levantó la vista. Sintió su presencia —ese aroma a pino y acero que antes la reconfortaba—, pero esta vez, en lugar de seguridad, sintió culpa. Una culpa abrasadora.
—Elara, deja eso. Has movido esa caja tres veces en cinco minutos —dijo Jason con suavidad, acercándose a ella.
Ella se apartó bruscamente antes de que él pudiera tocarle el brazo. El gesto fue como un latigazo. Jason se detuvo en seco, con la mano suspendida en el aire y el rostro ensombrecido por la confusión.
—No te acerques, Jason. Por favor —susurró ella, su voz era una cuerda tensa a punto de romperse—. Marcus tiene razón en algo. La gente que está cerca de mí termina herida. Él ya sabe de ti. Bennett le ha contado todo. Si te quedas a mi lado, te usará para llegar a mí. Te destruirá como destruyó mi carrera, como destruyó mi confianza...
—Yo ya estoy destruido, Elara —respondió él, dando un paso firme a pesar de la resistencia de ella—. Y no fue un hombre de traje el que lo hizo, fue la montaña y la traición de un tipo como Bennett. No puedes alejarme para "salvarme". No soy uno de tus pacientes que necesita una jaula acolchada.
Elara se giró, con los ojos encendidos por una mezcla de rabia y desesperación.
—¡No lo entiendes! Marcus no pelea con rifles como Miller. Él pelea con la mente. Te encontrará el punto débil, Jason. Usará tu pierna, tu pasado, tu honor... te despojará de todo hasta que no quede nada. No puedo permitir que mi pasado te arrebate lo poco que has recuperado.
Se alejó hacia la ventana, abrazándose a sí misma, estableciendo una distancia emocional que dolía más que cualquier herida física. Jason la observó, viendo cómo el miedo la estaba devolviendo a la prisión de la que tanto le había costado salir.
Eran las tres de la mañana cuando el miedo se volvió tangible. Elara, incapaz de dormir, vigilaba desde la penumbra de su habitación en el piso superior. La lluvia había cesado, dejando una niebla baja que se arrastraba entre los pinos como un animal herido.
De repente, un destello de luz barrió la entrada del refugio.
Un coche oscuro, un sedán de lujo totalmente fuera de lugar en los caminos de tierra de Valle Sombrío, avanzaba a paso de hombre por la carretera forestal. No llevaba las luces largas, solo las de posición, que brillaban como los ojos de un depredador nocturno. El vehículo se detuvo justo frente a la verja principal.
Elara se agachó tras la cortina, con el corazón golpeándole la garganta. Sabía que él estaba ahí dentro. Podía imaginar a Marcus sentado en el asiento trasero, observando el edificio con esa paciencia metódica que lo caracterizaba. No necesitaba bajar; el simple hecho de estar allí, patrullando su espacio, era una forma de marcar territorio. Era su manera de decirle: “Sé dónde duermes, sé dónde respiras, y solo estás libre porque yo lo permito”.
El coche permaneció inmóvil durante diez minutos eternos. El motor emitía un ronroneo apenas audible, un sonido civilizado y amenazante en mitad de la naturaleza salvaje. Luego, con la misma lentitud con la que llegó, el coche dio la vuelta y desapareció en la neblina.
A la mañana siguiente, el refugio se sentía como una zona de guerra. Elara revisaba las cámaras de seguridad que Jason había instalado, pero no había rastro del coche. Marcus sabía dónde estaban los puntos ciegos.
Jason intentó hablar con ella durante el desayuno, pero Elara respondía con monosílabos. Sus gestos eran paranoicos: revisaba el cerrojo de la puerta cada diez minutos, saltaba ante el menor ruido de los pájaros y evitaba cualquier contacto visual prolongado con Jason. Cada vez que él intentaba consolarla, ella encontraba una excusa para salir de la habitación.
—Estás haciendo exactamente lo que él quiere —le dijo Jason, interceptándola en el pasillo—. Te estás aislando. Estás construyendo tu propia celda antes de que él siquiera toque la puerta.
—Él no necesita tocar la puerta, Jason. Él ya está dentro de mi cabeza —respondió ella, con los ojos vacíos—. Vete a tu cabaña. Por favor. Estarás más seguro allí arriba. Si él ve que estoy sola, quizás... quizás deje de interesarse por el refugio.
Jason la tomó de la mandíbula con firmeza, obligándola a mirarlo. Vio el terror, pero también vio la chispa de la mujer que operó al lobo bajo la luz de emergencia.
—No me voy a ir. Y no vas a volver a ser esa sombra de mujer que llegó aquí en primavera. Él cree que esto es un juego del gato y el ratón, pero se olvida de un detalle: en este bosque, el ratón tiene amigos que muerden.
Elara se soltó, pero esta vez hubo una duda en su huida. Entró en su oficina y cerró la puerta, apoyando la espalda contra la madera. Miró sus manos; estaban temblando de nuevo. Se odiaba por ello. Se odiaba por traer la suciedad de Seattle a la pureza de Valle Sombrío.
El capítulo cerró con Elara encontrando una pequeña caja de terciopelo sobre su escritorio. No había tarjeta, pero dentro había un escalpelo de plata, un regalo que Marcus le hizo cuando terminó su residencia. Un objeto que ella había dejado atrás, a tres mil kilómetros de distancia.
Él no solo estaba patrullando; ya había entrado.
La paranoia de Elara alcanzó su punto máximo. Miró hacia la montaña, buscando la figura de Jason, pero al mismo tiempo deseando que estuviera lo más lejos posible. El gato estaba jugando con su comida, y el ratón empezaba a comprender que, en Valle Sombrío, las sombras no solo ocultaban traficantes de pieles, sino al arquitecto de su propia ruina.
La guerra ya no era solo por Sombra o por la ruta de las minas. Era una guerra por la cordura de Elara, y mientras el coche oscuro volvía a aparecer al final del camino al atardecer, ella supo que el alejamiento emocional de Jason era su última y desesperada defensa. Pero en el corazón de la montaña, Jason ya estaba afilando su cuchillo, preparándose para una cacería que Marcus no había incluido en sus planes de control.