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La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

Status: Terminada
Genre:Mitos y leyendas / Maldición / Brujas / Completas
Popularitas:553
Nilai: 5
nombre de autor: karolina oquendo

COMPLETA

Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.

NovelToon tiene autorización de karolina oquendo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12 – Lo que insiste

Las noches dejaron de ser descanso. Ya no había diferencia real entre dormir y estar despierto, y Santiago fue el primero en sentirlo de forma constante, como si algo lo eligiera a él una y otra vez. Al principio eran fragmentos, imágenes sueltas que desaparecían al despertar, pero con los días se volvieron más claras, más persistentes, más difíciles de ignorar. No era como antes, no eran figuras lejanas o sensaciones vagas, ahora había algo que volvía siempre, algo que no cambiaba, algo que lo esperaba.

El bebé.

No sabía por qué pensaba en él como un bebé, no lo había visto realmente desde que desapareció, no lo había reconocido en ningún momento, pero en sus sueños estaba ahí, pequeño, inmóvil a veces, otras veces mirándolo directamente con unos ojos que no parecían pertenecerle del todo. Siempre tenía la misma expresión, una mezcla de tristeza y miedo que no cambiaba, como si estuviera atrapado en algo que no podía entender ni escapar. Santiago no sabía si era real, si era su mente jugando con lo que había pasado, o si era algo peor, algo que intentaba mostrarse sin poder hacerlo completamente.

En el sueño, el lugar cambiaba constantemente. A veces parecía una habitación, otras un espacio vacío sin paredes claras, pero el bebé siempre estaba ahí, a una distancia que no variaba, ni más cerca ni más lejos, como si existiera en un punto fijo al que Santiago no podía llegar. Intentó hablarle una vez, solo una, con la voz temblando más de lo que le hubiera gustado admitir.

—¿Quién eres…?

El bebé no respondió.

Pero sus ojos se movieron.

Lentamente.

Directo hacia él.

Y en ese instante, Santiago sintió algo en el pecho, una presión incómoda, una sensación de que estaba viendo algo que no debía ver, algo que no estaba hecho para ser entendido. Dio un paso atrás, o al menos lo intentó, pero el espacio no reaccionó como esperaba. El bebé no se movió, pero su expresión cambió apenas, no mucho, solo lo suficiente para que Santiago sintiera que estaba peor que antes.

Más asustado.

Como si algo más estuviera ahí.

Mirando también.

Despertó de golpe, con la respiración agitada, llevándose las manos al rostro, intentando convencerse de que solo había sido un sueño, pero la sensación no desapareció. Se quedó sentado en la cama, mirando la oscuridad, esperando que sus ojos se acostumbraran, esperando no ver nada… y aun así sintiendo que no estaba completamente solo.

Las noches siguientes fueron iguales.

El bebé siempre volvía.

Nunca hablaba.

Nunca se acercaba.

Pero tampoco se iba.

Y eso empezó a afectarlo más de lo que quería admitir. Durante el día, estaba distraído, irritable, con la mirada perdida en momentos donde antes habría estado atento. Lili lo notó primero, luego Andrés, pero cuando le preguntaban, él solo decía que no era nada, que estaba cansado, que no estaba durmiendo bien. No sabía cómo explicarlo sin que sonara absurdo, sin que sonara como algo que su mente estaba inventando.

Porque esa era la duda que más le pesaba.

¿Y si no era real?

¿Y si sí?

Mientras tanto, en la casa de los Collen, la niña ya no era la misma.

No gritaba.

No lloraba.

No preguntaba por su hermano.

Se movía con una calma que no encajaba, observando más de lo que hablaba, como si estuviera esperando algo. Sus padres intentaban mantener la normalidad, pero el silencio dentro de la casa era demasiado evidente, demasiado pesado como para ignorarlo realmente. Esa noche, mientras cenaban, la niña dejó de comer de repente y giró la cabeza hacia el pasillo.

—Otra vez —murmuró.

Su madre la miró.

—¿Qué cosa?

La niña no respondió de inmediato.

—El juego.

El padre dejó los cubiertos.

—No digas eso.

Pero su tono no fue firme.

Fue inseguro.

Esa misma noche, mientras la casa permanecía en silencio, la niña volvió a soñar. Esta vez no intentó moverse al inicio, como si ya supiera lo que iba a ver. El espacio no era su habitación, aunque lo parecía, había algo diferente en la forma en que la oscuridad se extendía, en cómo las sombras no se quedaban quietas del todo. El payaso apareció primero, como siempre, con esa sonrisa que no cambiaba, que no necesitaba moverse para sentirse presente.

—Volviste —dijo.

La voz no era alegre.

Era constante.

Como si siempre hubiera estado ahí.

La niña no respondió.

No porque no quisiera.

Sino porque ya no esperaba que eso cambiara nada.

A un lado apareció la otra figura, el hombre sin cabeza, de pie, inmóvil, como una presencia que no necesitaba actuar para incomodar. El payaso inclinó ligeramente la cabeza.

—Hoy será mejor.

La risa que siguió fue baja.

Arrastrada.

La niña sintió la misma presión en las manos, esa sensación de que algo intentaba guiar sus movimientos, de que sus pensamientos no eran completamente suyos. Cerró los dedos con fuerza, intentando resistir, intentando mantener el control, pero la idea volvió, insistente, incómoda, como si alguien la repitiera dentro de su cabeza.

—Es divertido… ¿no crees?

La niña negó.

Pero esta vez… no sintió la misma seguridad al hacerlo.

En otra parte del pueblo, el hombre que vendía las casas no debería haber estado ahí.

Pero estaba.

Dentro de la casa de los Oquendo.

De pie.

Observando.

No hizo ruido al entrar.

No abrió la puerta.

Simplemente estaba.

Andrés se dio cuenta primero, al salir de la habitación y verlo al final del pasillo, inmóvil, con esa sonrisa que ya no parecía humana.

—¿Qué… haces aquí? —preguntó, sintiendo cómo el cuerpo se le tensaba.

El hombre inclinó la cabeza apenas.

—Solo verifico que todo esté en orden.

La respuesta no tenía sentido.

No en ese contexto.

No a esa hora.

Andrés dio un paso adelante.

—No puedes entrar así.

Pero la frase perdió fuerza antes de terminar.

Porque algo en la forma en que el hombre lo miraba… no era normal.

—Todos tienen su lugar —dijo suavemente—. Y todos deben quedarse en él.

El silencio que siguió fue pesado.

Luego…

el hombre ya no estaba.

No se fue caminando.

No giró.

No abrió nada.

Simplemente…

ya no estaba.

A la mañana siguiente, los Oquendo y los Herrera se encontraron otra vez, pero esta vez el ambiente era distinto. No era solo tensión, era algo más cercano al límite, a ese punto donde el miedo deja de ser solo miedo y se convierte en urgencia. Fue entonces cuando uno de ellos, sin pensar demasiado, decidió hacer algo diferente.

Se acercó a uno de los ancianos.

El mismo que siempre saludaba.

Esperó el gesto.

Y cuando el anciano levantó la mano…

lo sujetó.

Fuerte.

Deteniendo el movimiento.

El anciano no reaccionó.

No habló.

No se resistió.

Pero su sonrisa…

no cambió.

Y eso fue peor.

Porque por un segundo…

dio la impresión de que esa sonrisa no era solo un gesto.

Sino algo fijo.

Algo que no podía desaparecer.

El silencio que siguió fue absoluto.

Y en ese momento…

todos entendieron algo.

No estaban tratando con personas.

Y eso…

era mucho peor.

1
Rimuro Oquendo
nueva obra es de suspenso ☺️
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