Después de perder al amor de su vida, él juró que su corazón quedaría enterrado junto a su esposa. Convertido en padre soltero, su único motivo para seguir adelante es su pequeño hijo… hasta que un nuevo comienzo los lleva a un lugar inesperado.
Ella es una dulce y dedicada profesora de preescolar, amante de los niños y de las pequeñas historias felices que se construyen día a día en su aula. Su vida es tranquila, organizada… hasta que él aparece.
Desde la primera mirada, algo cambia. Lo que comienza como simples encuentros en la hora de salida, se convierte en una conexión imposible de ignorar. Pero no todo es tan sencillo: el pasado aún duele, las heridas no han sanado del todo y el mundo no siempre acepta lo que no entiende.
Entre risas infantiles, dibujos de colores y miradas que dicen más que mil palabras… nace un amor que ninguno de los dos estaba buscando.
¿Podrá un corazón roto volver a amar?
¿Y hasta dónde estarán dispuestos a luchar por un sentimiento que no debía existir?
Un
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Capítulo 13 — Demasiado tarde
—María José…
La forma en que Alejandro dijo su nombre le desordenó completamente el corazón.
No fue solo deseo.
No fue solo tensión.
Había algo más.
Algo mucho más profundo y peligroso.
Y eso la asustó.
Porque ella también estaba empezando a sentir demasiado.
La música seguía sonando alrededor, las luces cambiaban de color constantemente y la gente seguía bailando, riendo, tomando… pero para María José todo había desaparecido.
Solo existía él.
Sus manos en su cintura.
Su respiración cerca de su rostro.
La forma en que la miraba.
Como si ya no pudiera esconder nada.
Alejandro deslizó lentamente una mano por su espalda acercándola apenas un poco más.
Error.
Gravísimo error.
Porque María José sintió el cuerpo entero estremecerse.
—Nos están mirando —susurró ella intentando recuperar algo de cordura.
Alejandro soltó una risa baja.
—No me importa.
Y Dios santo.
Ese hombre definitivamente iba a matarla.
María José tragó saliva intentando ignorar el caos que él provocaba en su cuerpo.
—A mí sí debería importarme —murmuró—. Trabajo en el colegio de tu hijo, Alejandro.
La expresión de él cambió apenas escuchó eso.
La realidad golpeó fuerte.
Porque era verdad.
Todo aquello podía convertirse en un problema enorme.
Pero aun así no la soltó.
Al contrario.
La miró todavía más intensamente.
—Dime algo entonces —dijo en voz baja—. ¿Tú quieres detener esto?
Ella abrió la boca inmediatamente.
Y volvió a cerrarla.
Porque no podía mentirle.
No cuando él la estaba mirando así.
No cuando cada parte de ella quería exactamente lo contrario.
Alejandro sonrió apenas al notar su silencio.
—Eso pensé.
María José soltó un suspiro nervioso.
—No hagas eso.
—¿Qué cosa?
—Mirarme como si supieras exactamente lo que estoy pensando.
Él se inclinó apenas hacia ella.
—Es que lo sé.
El corazón de María José prácticamente colapsó.
Porque sí.
Sí lo sabía.
Sabía que ella estaba perdiendo completamente la cabeza por él.
Y lo peor era que Alejandro estaba exactamente igual.
Antes de que pudiera responder algo, Isa apareció de nuevo junto a ellos con una sonrisa gigantesca.
—Bueno… interrumpo esta tensión sexual insoportable para informarles que necesito agua antes de desmayarme.
María José casi muere de vergüenza.
—¡Isa!
—¿Qué? Hasta el DJ ya notó que ustedes quieren besarse otra vez.
Alejandro soltó una carcajada divertida mientras María José quería que la tierra se la tragara.
Isa miró a Alejandro directamente.
—Te voy a decir algo, empresario celoso. Si le rompes el corazón a mi amiga, te entierro a si sea mi jefe .
—ISA.
Alejandro volvió a reírse.
—Anotado.
—Perfecto. Continúen con su mirada intensa de telenovela mexicana.
Y volvió a desaparecer dejándolos solos otra vez.
María José se cubrió el rostro un segundo completamente avergonzada.
—Voy a matar a mi amiga.
—Me cae bien.
Ella lo miró indignada.
—Claro, porque no fue a ti al que humillaron.
Alejandro sonrió apenas mientras apartaba suavemente una mano de su rostro.
Y el corazón de María José volvió a hacer cosas estúpidas.
Dios mío.
Necesitaba urgentemente dejar de sentir tanto.
Pero era imposible.
Completamente imposible.
La canción terminó lentamente, pero ninguno de los dos se apartó.
Seguían demasiado cerca.
Como si alejarse costara más de lo que debería.
Alejandro la observó unos segundos antes de hablar otra vez.
—¿Quieres salir un momento?
Ella dudó apenas un segundo.
Y terminó asintiendo.
Otra mala decisión.
Probablemente la peor.
Salieron hacia una terraza más tranquila alejada del ruido de la pista principal. El aire fresco golpeó inmediatamente el rostro de María José ayudándola un poco a recuperar la respiración.
Un poco.
Porque Alejandro seguía ahí.
Y seguía viéndose absurdamente atractivo.
Se apoyó contra la baranda observando la ciudad iluminada mientras intentaba calmar el desastre emocional que llevaba dentro.
Alejandro se quedó mirándola en silencio.
Y ese silencio se sentía peligrosamente íntimo.
—¿Qué? —preguntó ella nerviosa.
Él negó apenas.
—Nada.
Mentira.
Ella podía verlo perfectamente en sus ojos.
—Estás pensando algo.
Alejandro soltó un suspiro.
—Estoy pensando que no recordaba la última vez que alguien me gustó tanto.
El corazón de María José dejó de funcionar correctamente.
Otra vez.
Porque él decía esas cosas con demasiada facilidad.
Como si no entendiera el efecto que provocaban en ella.
O peor…
como si sí lo entendiera perfectamente.
Ella bajó la mirada intentando procesar aquello.
—Alejandro…
—No. Déjame hablar porque si no lo digo voy a volverme loco.
María José sintió el pecho apretarse.
Él pasó una mano por su cabello soltando una risa nerviosa.
—Llevo días intentando convencerme de que esto es una pésima idea. Que debería alejarme. Que tú mereces tranquilidad y no este desastre.
Ella levantó lentamente la mirada.
Y Alejandro se veía completamente sincero.
Eso fue lo que más la afectó.
Porque ya no parecía el empresario seguro de sí mismo que coqueteaba para divertirse.
Ahora parecía un hombre realmente confundido por lo que estaba sintiendo.
—Pero entonces apareces —continuó él—. Me sonríes… me miras… y se me olvida completamente cómo pensar.
María José sintió los ojos arder ligeramente.
Dios santo.
Eso era demasiado.
Demasiado intenso.
Demasiado rápido.
Demasiado peligroso.
Y aun así no quería detenerlo.
Porque ella se sentía exactamente igual.
Alejandro se acercó lentamente.
Con cuidado.
Como si quisiera darle espacio para huir si lo necesitaba.
Pero María José no se movió.
Ni un centímetro.
—Dime que no sientes esto y me detengo ahora mismo —susurró él.
Silencio.
El corazón de María José latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
Porque no podía decirlo.
No podía mirarlo a los ojos y fingir que aquello no la estaba consumiendo también.
Alejandro entendió la respuesta incluso antes de que ella hablara.
Y eso fue peor.
Muchísimo peor.
Porque sus ojos se oscurecieron inmediatamente.
—Dios mío… —murmuró él acercándose todavía más—. Tú también me estás pensando todo el tiempo, ¿verdad?
Ella soltó una risa nerviosa completamente derrotada.
—Esto es humillante.
Alejandro sonrió apenas.
—Para mí también.
Y entonces ocurrió algo peligrosísimo.
María José levantó una mano casi sin pensarlo y acomodó suavemente el cuello de la camisa de Alejandro.
Un gesto pequeño.
Íntimo.
Natural.
Pero ambos se quedaron inmóviles apenas sucedió.
Porque se sintió demasiado real.
Demasiado parecido a algo serio.
Alejandro bajó la mirada hacia sus labios lentamente.
Y el aire cambió otra vez.
Pesado.
Caliente.
Intenso.
María José dejó de respirar apenas él acercó el rostro.
—Alejandro…
—Solo un beso.
Error.
Gravísimo error.
Porque ella ya no tenía fuerzas para resistirse a él.
Ni un poquito.
Sus labios se encontraron lentamente.
Suave al principio.
Como si ambos todavía estuvieran intentando controlar todo lo que sentían.
Fracaso absoluto.
Porque Alejandro terminó sujetando suavemente su cintura y profundizó el beso haciendo que María José perdiera completamente la capacidad de pensar.
Dios santo.
Ese hombre besaba como un pecado.
Uno peligrosísimo.
Ella se aferró suavemente a su camisa mientras el corazón le explotaba dentro del pecho.
Todo desapareció otra vez.
La música.
La gente.
La ciudad.
Todo.
Solo existían ellos dos.
Y la forma en que Alejandro la besaba como si llevara días necesitándolo.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban agitados.
María José cerró los ojos apenas un segundo intentando recuperar la cordura.
Spoiler:
No funcionó.
Alejandro apoyó la frente contra la de ella soltando un suspiro.
—Definitivamente ya estoy jodido contigo.
Ella soltó una risa débil.
—No digas eso.
—¿Por qué? Es verdad.
Y sí.
Lo era.
Porque ella también ya estaba completamente perdida.
Un sonido de teléfono interrumpió el momento.
Alejandro soltó una maldición baja y sacó el celular del bolsillo.
La expresión de su rostro cambió apenas vio la pantalla.
María José lo notó inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Alejandro tardó un segundo en responder.
—Es Valentina.
El ambiente cambió por completo.
Como un balde de agua fría.
María José dio un paso atrás casi automáticamente.
Y Alejandro odi ó inmediatamente esa distancia.
Contestó la llamada rápidamente.
—¿Qué pasó?
La voz alterada de Valentina se escuchó incluso desde lejos.
—Samuel tiene fiebre.
Alejandro se tensó inmediatamente.
—¿Qué tan alta?
—Treinta y nueve. No deja de llorar preguntando por ti.
El corazón de Alejandro se apretó.
—Ya voy para allá.
Colgó inmediatamente guardando el celular.
Toda la expresión relajada había desaparecido.
Ahora solo quedaba preocupación.
María José sintió culpa instantánea.
Porque había olvidado por completo la realidad.
Samuel.
El hijo de Alejandro.
Todo lo complicado que era aquello.
—Ve con él —dijo suavemente.
Alejandro pasó una mano por su rostro claramente frustrado.
—Lo siento.
Ella negó rápidamente.
—No tienes que disculparte.
Y era verdad.
Porque la prioridad siempre sería Samuel.
Alejandro la observó unos segundos en silencio.
Como si quisiera decir algo más.
Algo importante.
Pero al final solo se acercó lentamente y acarició suavemente su mejilla.
Ese gesto casi la destruyó emocionalmente.
—Te escribo cuando llegue —murmuró él.
María José asintió suavemente.
Y entonces Alejandro hizo algo que terminó de arruinarla completamente.
Le dio un beso corto en la frente.
Tierno.
Cuidadoso.
Peligrosamente íntimo.
Mucho peor que un beso en los labios.
Porque eso se sintió demasiado parecido a cariño real.
Alejandro se alejó rápidamente después de eso.
Y María José se quedó completamente inmóvil viéndolo desaparecer.
Con el corazón completamente desordenado.
Porque acababa de entender algo peligrosísimo.
Ya no era solo atracción.
Ya no era solo deseo.
Lo que sentía por Alejandro empezaba a parecerse demasiado al amor.
Y eso…
eso sí podía destruirla por completo.