Valeria Bellucci jamás imaginó que terminaría casada con el hombre más poderoso y frío de la ciudad.
Acorralada por las deudas de su familia, acepta un matrimonio por contrato con Enzo Ricci, un CEO multimillonario conocido por destruir a cualquiera que se interponga en su camino.
Las reglas eran simples: — No enamorarse.
— No interferir en la vida del otro.
— Mantener la apariencia de un matrimonio perfecto.
Pero vivir bajo el mismo techo con un hombre obsesivo, dominante y lleno de secretos hará que Valeria descubra que detrás de aquella mirada fría existe un pasado capaz de destruirlos a ambos.
Lo que comenzó como un simple acuerdo terminará convirtiéndose en una guerra de celos, deseo y sentimientos prohibidos.
Porque algunos contratos pueden firmarse con tinta…
pero otros terminan grabándose en el corazón.
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CAPITULO 15 - ALGO PARECIDO A LOS CELOS
Enzo
La mansión era demasiado silenciosa cuando Valeria estaba despierta.
Y demasiado vacía cuando no podía verla.
Eso era un problema.
Uno que empezaba a irritarme más de lo que debía.
Eran casi las siete de la mañana cuando bajé a la cocina después de revisar correos durante más de dos horas sin realmente leer ninguno. La noche anterior apenas había dormido. Otra vez.
Porque mi cabeza seguía regresando a la misma escena.
Valeria descalza en mi cocina.
Con el cabello suelto.
Mirándome como si quisiera entenderme incluso cuando yo mismo llevaba años sin hacerlo.
Entré a la cocina esperando encontrarla vacía.
Pero ahí estaba.
Sentada sobre la encimera, usando una sudadera enorme gris que probablemente me pertenecía, con una taza de café entre las manos y el teléfono apoyado sobre las piernas.
Y por un segundo demasiado largo… simplemente la observé.
Maldita sea.
Parecía pertenecer ahí.
Ese era el problema.
Ella levantó la mirada apenas notó mi presencia.
—Eso fue aterrador.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
—Tu capacidad para aparecer sin hacer ruido.
Me acerqué lentamente.
—Tú tampoco deberías estar despierta.
Valeria tomó un poco de café.
—Buenos días para ti también.
Abrí el refrigerador ignorando el comentario.
—¿Dormiste algo?
—Un poco.
Mentira.
Lo noté inmediatamente.
Sus ojos seguían cansados.
Y comenzaba a molestarme la forma en que siempre fingía estar bien.
Me apoyé frente a ella.
—¿El hospital llamó?
Valeria negó lentamente.
—No desde hace una hora.
Silencio.
Ella bajó la mirada hacia su taza.
—Siento raro estar aquí.
—¿En la mansión?
Asintió.
—Es demasiado grande.
Solté una pequeña exhalación.
—No suelo tener visitas.
Ella levantó una ceja.
—Eso explica por qué parece museo.
La miré unos segundos.
—¿Estás diciendo que mi casa no tiene personalidad?
—Estoy diciendo que parece que nadie vive aquí.
Esa frase se quedó flotando más tiempo del necesario.
Porque tenía razón.
La mansión siempre había sido funcional.
Ordenada.
Silenciosa.
Exactamente como debía ser.
Hasta que ella apareció.
Valeria bajó de la encimera lentamente.
—Voy a cambiarme para ir al hospital.
Pero antes de que pudiera caminar hacia la puerta, el sonido de unos tacones resonó en la entrada principal.
Los dos volteamos al mismo tiempo.
Y automáticamente supe que algo iba a salir mal.
Camila.
Entró a la cocina como si todavía viviera ahí.
Perfectamente arreglada, usando un vestido beige ajustado y esa sonrisa elegante que siempre usaba cuando quería aparentar calma.
Pero yo la conocía demasiado bien.
Y sabía exactamente cuándo estaba furiosa.
Sus ojos se movieron directamente hacia Valeria.
Luego hacia la sudadera que llevaba puesta.
Y finalmente hacia mí.
Silencio.
Uno peligroso.
—Vaya —dijo Camila suavemente—. Así que ya juegan a la casita feliz.
Valeria se tensó inmediatamente.
Lo noté en la manera en que enderezó los hombros.
Camila avanzó lentamente.
—No sabía que te gustaban tan rápidas las sustituciones, Enzo.
Mi expresión se endureció.
—No empieces.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Qué pasa? ¿Ahora también la proteges?
Valeria intentó hablar.
—Mira, yo no—
—No estaba hablándote a ti —interrumpió Camila sin siquiera mirarla.
Error.
Muy grave.
Porque inmediatamente vi la expresión de Valeria cambiar.
Y algo dentro de mí reaccionó antes de pensarlo.
—Le hablas con respeto —dije fríamente.
El silencio cayó de golpe.
Camila me miró sorprendida.
De verdad sorprendida.
—¿Perdón?
—Escuchaste bien.
La tensión en la cocina se volvió insoportable.
Valeria me miró apenas, como si tampoco esperara eso.
Camila soltó una pequeña risa incrédula.
—Interesante.
Se acercó más.
—¿Entonces es cierto?
—¿Qué cosa? —pregunté.
Ella sonrió apenas.
Pero no había nada amable en esa sonrisa.
—Que ya dejó de ser solo un contrato.
Silencio.
Sentí a Valeria quedarse completamente quieta.
Camila lo notó también.
Por supuesto que lo notó.
—Dios… —murmuró ella observándome—. Sí te importa.
—Camila.
Mi tono fue una advertencia.
Pero ella ya no estaba interesada en mí.
Ahora miraba a Valeria.
—Ten cuidado —dijo suavemente—. Enzo Ricci no sabe amar nada sin destruirlo después.
Valeria sostuvo su mirada.
Y para mi sorpresa… no retrocedió.
—Entonces qué raro que sigas tan obsesionada con él.
Silencio absoluto.
Camila se quedó inmóvil.
Y yo tuve que girar ligeramente el rostro para ocultar la pequeña sonrisa que apareció sin permiso.
Valeria Bellucci acababa de atacar.
Y maldita sea…
Lo hizo perfectamente.
Camila entrecerró los ojos.
—No sabes dónde te estás metiendo.
—Tampoco tú —respondió Valeria.
La tensión entre ambas era casi tangible.
Me adelanté antes de que aquello empeorara.
—Ya terminamos aquí.
Camila me miró directamente.
Y por primera vez vi algo diferente en ella.
No arrogancia.
Dolor.
—¿La elegiste?
Esa pregunta cayó demasiado fuerte.
Valeria también me miró.
Esperando.
Maldita sea.
No respondí inmediatamente.
Porque cualquier respuesta iba a cambiar algo.
Y lo peor era que ya estaba cambiando aunque intentara detenerlo.
Camila soltó una pequeña risa amarga.
—Entiendo.
Tomó su bolso nuevamente.
Luego caminó hacia la salida.
Pero antes de irse, se detuvo junto a Valeria.
—Cuando él empiece a alejarse… ya será tarde para ti.
Y después se fue.
La puerta principal se cerró con fuerza.
Silencio.
Uno muchísimo peor que antes.
Valeria soltó lentamente el aire.
—Wow.
Me pasé una mano por la mandíbula.
—Ignórala.
Ella me miró.
—¿Siempre habla así?
—Cuando está molesta.
Valeria dejó la taza sobre la encimera.
—Creo que me odia.
—Sí.
Parpadeó sorprendida por mi sinceridad.
—Bueno… gracias por la honestidad.
La observé unos segundos.
Y entonces hice algo estúpido.
Muy estúpido.
Me acerqué demasiado.
Lo suficiente para notar su respiración alterarse apenas.
—No dejaré que te haga daño.
Silencio.
Valeria levantó lentamente la mirada hacia mí.
Y maldita sea.
Ahí estaba otra vez esa sensación.
Esa tensión.
Ese momento exacto donde todo parecía inclinarse hacia algo peligroso.
—Enzo… —murmuró.
Pero no terminó la frase.
Porque el sonido de mi teléfono interrumpió el momento.
Contesté sin apartar la mirada de ella.
—¿Qué ocurre?
La voz de Marco sonó seria al otro lado.
—Tenemos un problema. Alguien intentó entrar al área privada del hospital de Leonardo Bellucci hace veinte minutos.
Todo mi cuerpo se tensó.
Valeria palideció inmediatamente al escuchar el nombre de su padre.
—¿Quién fue? —pregunté fríamente.
Silencio.
Y entonces Marco respondió:
—Camila Ferrer.