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Destino Póstumo

Destino Póstumo

Status: En proceso
Genre:Yaoi / Traiciones y engaños / Omegaverse
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Marcela Salazar S.

Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?

NovelToon tiene autorización de Marcela Salazar S. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

desenterrando el pesado

En su camioneta, Darío va pensando en cuál sería el mejor momento para llamar a Carlos.

¿Ahora? No, está conduciendo. ¿Más tarde? Puede que esté con algún cuerpo. ¿A la noche? Suena más personal, más íntimo... demasiado íntimo.

Se distrae en ello. En el tono que usaría. En las primeras palabras. En si Carlos contestará con su voz cortante o si, por una vez, se mostrará un poco más humano.

Cuando levanta la vista, ya está estacionado frente a la comisaría.

—Mierda —murmura. Ni siquiera recuerda haber manejado.

Baja de la camioneta, el informe bajo el brazo, la cabeza en otro lado. Cruza la puerta giratoria. Saluda a los de seguridad con un gesto. Camina por el pasillo principal.

Marcus lo intercepta antes de que llegue a su escritorio.

—Tu padre te espera en la oficina —dice, con esa cara que pone cuando trae malas noticias—. No se ve de buen humor.

—¿Qué hice ahora?

—Ni idea. Pero lleva puesto el cinturón.

Darío se pasa una mano por el pelo. Piensa en lo peor. ¿El informe? ¿La cena? ¿Cristina? ¿Los tres a la vez?

Se dirige hacia la oficina de su padre sin darle largas. Camina rápido. Las botas suenan en el linóleo. Varios compañeros lo miran pasar. Algunos silban. "Suerte, Fuentes". No responde.

Llega a la puerta. La placa dice Comisario Vicente Fuentes. Llama dos veces.

—Adelante.

Entra.

Su padre está sentado detrás del escritorio, con la cara seria. No de "estoy pensando", sino de "esto es grave". Esa que usa cuando va a dar una noticia que nadie quiere escuchar.

—Siéntate —dice, señalando la silla frente a él—. Lo que tenemos que hablar es largo y lo sabes.

Darío obedece. Deja el informe sobre la mesa. Cruza los brazos. Espera.

—Tu madre está organizando una cena con los padres de Cristina —suelta Vicente, sin rodeos—. Para hablar sobre la ruptura del compromiso.

—¿Para qué? —Darío siente cómo se le tensa la mandíbula—. Ya está decidido.

—Tu madre la ama. Ella es una Alfa con buenos genes. De buena familia. Su madre Omega y tu madre han sido amigas de muchos años. Y también se lo debes a su madre.

—Papá...

—Los dos nos deben una buena explicación de esto —lo corta Vicente, con un tono que no admite réplica.

Darío aprieta los puños debajo de la mesa. Respira hondo. Se obliga a mantener la calma.

—Papá —dice, bajando la voz para que no se escuche afuera—. Ya te expliqué y te mostré las pruebas de por qué terminé con Cristiana. No quiero que mamá vea todo eso. Tú sabes, todas las fotos son explícitas de lo que hacía Cristina con esos Omegas. Chicos. Chicas. No quiero ser un cornudo.

Pausa.

—¿Por qué no me ayudas?

Vicente lo mira en silencio. Hay algo en sus ojos. Cansancio. Años de mediar entre su esposa y su hijo. Años de elegir batallas.

—Última palabra, Darío —dice al fin—. Yo le prometí a tu mamá que te haría ir.

Darío pone los ojos en blanco. No puede evitarlo.

—Ok —responde, seco. Con ese "ok" que significa "voy pero no me pidas que finja que me importa".

Vicente asiente. El tema está cerrado. Por ahora.

Darío aprovecha el silencio para cambiar de tema. Coge el informe. Lo desliza sobre el escritorio.

—Cambiando de tema, jefe —dice, recuperando el tono profesional—. He traído el informe del chico de la silla. Sin manos, sin pies.

Vicente toma el informe. Lo hojea mientras Darío habla.

—Muy poco con lo que avanzar —continúa Darío—. Lo único en común es que también era víctima de tráfico como los otros. Provienen de la misma zona sin ley donde son explotados. De resto, nada destacable.

Vicente cierra el informe. No lo suelta. Lo sostiene en la mano como si pesara más de lo que debería.

Se levanta de su silla. Camina hacia un archivero metálico en la esquina de su oficina. Es viejo, de esos que rechinan cuando los abres. Mete una llave pequeña que saca de su bolsillo. Abre el cajón inferior.

—Te voy a contar algo —dice, sin mirarlo—. Este caso tiene similitudes con unos que ocurrieron hace nueve años.

Darío se endereza en la silla.

—¿Nueve años?

—No se pudieron resolver —Vicente saca una carpeta gruesa, amarillenta, con el lomo roto—. Investiga con cuidado.

Se da vuelta. Le extiende la carpeta.

—Te doy esto solo para que tengas más perspectiva —enfatiza—. No para que dejes de dormir y te obsesiones. Recuerda que te necesito en la cena.

Darío toma la carpeta. La siente pesada en las manos. No por el papel. Por lo que representa.

—Ahora vete —dice Vicente, volviendo a sentarse—. Y cierra la puerta.

Darío obedece.

Sale de la oficina con la carpeta pegada al pecho.

En el pasillo, Marcus lo espera con una sonrisa pícara.

—¿Sobreviviste?

—Por ahora.

—¿Qué es eso?

—Pasado —responde Darío, sin dar más detalles—. Pasado sin resolver.

Camina hacia su escritorio. Se sienta. Abre la carpeta.

La primera página tiene una fecha: hace nueve años.

Y una foto.

Un Omega joven. En una silla. Sin manos. Sin pies.

El mismo alambre.

La misma firma.

—Mierda —susurra Darío.

Y empieza a leer.

La carpeta amarillenta huele a polvo y a olvido. Darío la abre sobre su escritorio con la delicadeza de quien sabe que está tocando algo frágil. No el papel. La verdad.

La primera víctima: un Omega masculino, veintiún años. Encontrado en un callejón del centro, atado a una silla de madera con alambre de púas. Sin manos. Sin pies. Los ojos abiertos mirando al cielo.

La segunda: Omega femenina, diecinueve años. Mismo modus operandi. Apareció tres meses después, en un terreno baldío cerca del matadero municipal.

La tercera: Omega masculino, veintidós años. Seis meses después de la segunda. Esta vez dentro de un contenedor de basura, pero la silla estaba ahí. El alambre también.

Tres víctimas. Luego nada. El caso se enfrió. Se archivó. Nadie volvió a hablar de él.

Hasta ahora.

Darío compara los informes antiguos con los nuevos. Saca las fotos. Las extiende sobre la mesa como si fuera a jugar al póker con la muerte.

Similitudes que encuentra:

El nudo. Es idéntico. El forense de hace nueve años describió el mismo patrón: doble vuelta, amarre en ocho, punta remetida hacia adentro. Una firma. Una obsesión.

Las víctimas. Todos Omegas jóvenes. Todos vinculados al trabajo sexual o al tráfico. Todos desaparecidos de la zona del mercado central.

El alambre. El mismo calibre. El mismo tipo de oxidación. Como si el asesino hubiera guardado el rollo durante nueve años o hubiera encontrado la misma fuente.

La silla. En los casos antiguos, era siempre una silla de madera tosca, hecha a mano. En los nuevos, también. Darío acerca las fotos. Las patas están talladas de la misma forma. Es la misma silla. O una gemela.

—No es un imitador —murmura Darío, anotando en su libreta—. Es el mismo. O alguien que aprendió de él.

Marcos se acerca con dos cafés. Deja uno frente a Darío.

—¿Llevas horas ahí?

—¿Horas?

Darío mira el reloj de pared. Las dos de la tarde. Ha estado leyendo desde las once.

—Mierda —dice, frotándose los ojos—. No sentí el tiempo pasar.

—Encontraste algo.

—Afirmativo. El caso de hace nueve años está conectado. Mismo asesino. Mismo patrón. Pero entonces paró. ¿Por qué? ¿Se fue de la ciudad? ¿Estuvo preso? ¿Se murió y alguien retomó el legado?

—¿Legado? —Marcus arruga la nariz—. Qué forma más rara de llamarlo.

—Es lo que es. Esto no es un crimen pasional. Es un ritual. Alguien está dejando un mensaje.

Darío cierra la carpeta. Pasa las manos por la cara. Está cansado. Pero no puede parar. Sabe que si suelta el hilo, lo va a perder.

Revisa el expediente de la víctima más reciente. El chico de dieciocho años. Busca el nombre. Ángel. Eso le pone un nudo en la garganta.

Escribe en su libreta:

· Ángel, 18 años. Zona de tolerancia. Desapareció hace una semana. Nadie lo reportó.

Debajo:

· ¿Por qué nueve años de silencio?

· ¿El asesino estaba inactivo o nunca lo atraparon porque cambió de método?

· ¿La silla es la misma? Llevarla a laboratorio.

El teléfono suena. La pantalla dice Mamá.

Darío lo mira. No contesta. Deja que suene hasta que se corta.

Inmediatamente después, un mensaje:

"La cena es a las 8. No llegues tarde. Y vístete bien. Te quiero."

Darío suspira. Mira el reloj otra vez. Las tres de la tarde.

Tiene cinco horas.

Podría ir a la funeraria. Ver a Carlos. Entregarle el informe en persona, aunque no haga falta.

Pero no. Carlos ya le dijo que no fuera tan tarde sin invitación. Y la última vez que fue, casi le da un infarto al pobre hombre.

Además, piensa, no tengo excusa. El informe ya lo tengo yo.

Pero lo llama. Lo llama otra vez. Ese cosquilleo en el pecho que no sabe cómo explicar.

—¿Sabes qué? —dice en voz alta, para que Marcos lo escuche—. Voy a necesitar que me cubras esta tarde.

—¿Para qué?

—Para algo personal.

—¿Algo personal o alguien personal?

—Cállate.

Marcos ríe. Darío se levanta, estira el cuello que le duele desde anoche, y guarda la carpeta amarillenta en su mochila. No va a dejarla aquí. Va a llevársela a casa. Va a leerla entera esta noche.

Pero antes, tiene que ir a alistarse para la cena.

Mierda, piensa. La cena.

Sabe lo que le espera. Miradas de reojo. Preguntas incómodas. Su madre tratando de arreglar lo que no tiene arreglo. Cristina con esa sonrisa falsa. El padre de ella con sus comentarios sobre Omegas.

Se mira en el espejo del baño de la comisaría. Tiene ojeras. Barba de tres días. El pelo hecho un desastre.

—Vas a tener que arreglarte —se dice—. No puedes ir así.

Sale de la comisaría. Maneja hasta su apartamento. Se ducha. Se afeita. Se pone una camisa blanca, la que su madre le regaló en Navidad y nunca usó. Pantalón negro. Zapatos brillantes.

Se mira en el espejo del pasillo.

—Pareces otra persona —murmura.

Pero los ojos son los mismos. Los que vieron a Ángel en la silla. Los que vieron a Carlos pálido en la oficina. Los que no pueden olvidar.

Coge las llaves. El teléfono. La billetera.

Antes de salir, mira la pantalla del teléfono.

El contacto Carlos (embalsamador) está ahí. Intacto. Sin llamadas.

—Hoy no —dice, guardando el teléfono—. Hoy toca sobrevivir a la familia.

Sale.

El ascensor baja.

La noche lo recibe con el aire frío de la ciudad.

Y Darío camina hacia su auto, pensando que preferiría estar en una funeraria, oliendo a formol, antes que en la mesa con los padres de Cristina.

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Maru Sevilla
Espero que tengan una buena vida pronto 🥰
Maru Sevilla
Que buenos personajes 🥰🥰🥰🥰
Maru19 Sevilla
Bravo!!!! Así se hace, arriba el Omega!!!👏👏👏👏
Maru19 Sevilla
Hay no!!!!😭
Maru19 Sevilla
Que terror 😱
Maru19 Sevilla
Madres!!! de dónde salió este loco?
la potaxia 63
🥰🥰🥰
Maru19 Sevilla
Me quedo con el Jesús en la boca!!!!! Por favor que lo encuentren rápido 😭
Maru19 Sevilla
Que giro de la historia /Panic/
Maru19 Sevilla
Que mala noticia, de tu percance😭😭😭 cuídate mucho autora, lo primero siempre serás tú, gracias por tu información, esperaré tu pronta recuperación 🥰🥰🥰🥰 Mejórate pronto ❤️❤️❤️❤️
Maru19 Sevilla
Muy bonita novela , ojalá ya atrapen al maldito Esteban/Left Bah!/
Maru19 Sevilla
Pero Gabriel no cerró la puerta /Facepalm/
Maru Sevilla
Bravo por Gabriel 👏👏👏👏
Maru Sevilla
Que bueno!!! ya era hora una mano amiga
Maru Sevilla
Que buena historia!!! Más capítulos autora por favor 👏👏👏👏
Maru Sevilla
Maldito enfermo!! Que ganas de horcarlo
Maru Sevilla
Que mala suerte que ahí estuviera el maldito 😭
Maru Sevilla
Que bueno que Carlos se defiende, porque no hay quien lo ayude 😭
Maru19 Sevilla
La abuela actuó por egoísmo, por no quedarse sola, mensa era más fácil castrarlo y matarlo
Maru19 Sevilla
Yo mataba a Esteban, muriendo El se corta el vínculo y lo desangraria
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