Verónica creé tener una vida de ensueño; dueña de una empresa más importante de la cuidad, una fortuna inmensa y un bebé en camino. Pero de eso nada le sirvió al descubrir la infidelidad de su marido con su empleada. Después de sufrir una depresión, decidió acabar con su vida sin esperarse a que regresará antes de casarse con Andrés.
Se vengara de él con su peor enemigo. Un mafioso que tiene una obsesión con la protagonista.
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Capitulo 10: Emboscada.
La noche llego con una tranquilidad engañosa. La ciudad seguía su ritmo habitual.
Dominic Le Black estaba en movimiento. El vehículo avanzaba por una vía poco transitada, acompañado por otros dos autos a distancia calculada, nada improvisado, nada dejado al azar; su equipo funcionaba con precisión, cada hombre sabía dónde debía estar y qué debía hacer.
Pero esa noche había una diferencia.
Dominic no estaba relajado.
Apoyó el brazo sobre la puerta, su mirada fija en el camino, pero su mente no estaba allí, estaba repasando cada palabra que Verónica le había dicho en ese evento, la forma en que no dudó, la seguridad en su tono, la falta de interés en convencerlo.
No le pidió que creyera.
Uno de los hombres en el asiento delantero giró ligeramente.
—¿Todo en orden?
Dominic no apartó la vista.
—Sigue.
—Ya casi llegamos al punto.
Dominic asintió.
Tres días había pasado. Exactamente lo que ella había dicho.
No le gustaba confiar en advertencias sin fundamento, mucho menos en alguien que acababa de conocer, pero tampoco ignoraba su instinto, y su instinto le decía que algo no estaba bien.
Había hecho cambios, no visibles para cualquiera, pero suficientes; rutas alternas preparadas, hombres distintos en posiciones clave, y sobre todo, había observado a quienes lo rodeaban con más atención de lo habitual.
El vehículo redujo la velocidad al entrar en una zona más oscura.
—Aquí —dijo el conductor.
Dominic no respondió.
Su mirada se movió ligeramente hacia los espejos. Nada fuera de lo normal.
Y eso era exactamente lo que no le gustaba.
—Mantén la velocidad —ordenó.
—Sí.
Un segundo después, todo cambió. El primer disparo rompió el silencio. No vino de frente.
Vino de un lateral.
—¡Emboscada! —gritó uno de los hombres.
El sonido de múltiples disparos llenó el aire, los vidrios se fragmentaron, el vehículo se desestabilizó por un instante antes de que el conductor corrigiera.
—¡Nos están rodeando!
Dominic no perdió tiempo.
—Ruta dos, ahora.
—¡Está bloqueada!
—Entonces ábrela.
Su tono no subió, no mostró pánico, pero no tenía dudas. Los hombres respondieron de inmediato.
El vehículo aceleró, uno de los autos que los seguía se adelantó para cubrir, mientras los disparos continuaban desde la oscuridad.
Dominic tomó el arma que estaba a su lado.
—A la derecha —ordenó.
El conductor giró bruscamente, el movimiento evitó una ráfaga directa.
—¡Hay más adelante!
—Lo sé.
Uno de sus hombres respondió con fuego.
—¡Nos están cerrando!
Dominic observó el punto. No era un ataque improvisado.
Y entonces lo entendió.
—Nos esperaban —dijo con voz baja, casi riendo.
—¡Claro que nos esperaban!
—No —corrigió Dominic—. Sabían exactamente por dónde íbamos a pasar.
El hombre en el asiento delantero dudó un segundo.
—¿Está diciendo que…?
—Sí.
No terminó la frase.
No era necesario. El vehículo delantero logró abrir espacio con un impacto directo, uno de los bloqueos cedió lo suficiente.
—¡Paso abierto!
—Sigue.
El auto avanzó con fuerza, dejando atrás la zona más cerrada del ataque.
Los disparos disminuyeron.
No desaparecieron por completo, pero ya no tenían la misma intensidad.
Dominic no bajó el arma.
—No reduzcas la velocidad.
—No lo haré.
El silencio no volvió de inmediato, pero la tensión cambió.
Ya no estaban rodeados. Minutos después, los vehículos se detuvieron en un punto seguro.
Los hombres descendieron rápidamente, revisando el área, asegurándose de que no hubiera seguimiento.
Dominic salió del auto sin prisa, su expresión intacta, pero su mirada más fría.
Uno de sus hombres se acercó.
—¿Está bien?
—Sí.
—Tuvimos dos heridos, pero están estables.
Dominic asintió.
—Que los atiendan.
—Ya se encargan de eso.
El hombre dudó un momento antes de hablar.
—Eso fue… demasiado preciso.
Dominic lo miró.
—Lo fue. Cómo lo dijo ella.
Dominic caminó unos pasos alejándose del grupo, sacó su teléfono, lo sostuvo en la mano sin marcar nada todavía.
Pensaba.
No en el ataque. Eso ya había pasado.
Pensaba en ella. En el hecho de que no dio demasiados detalles, pero tampoco se equivocó.
Tres días.
Y ocurrió exactamente como dijo.
Marcó el número.
El teléfono sonó varias veces. En la casa, Verónica estaba sentada en la sala con Laura, revisando algunos documentos.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Laura lo miró.
—Número desconocido.
Verónica lo tomó sin dudar.
—Sí.
—Sobreviví —dijo la voz al otro lado.
Verónica no cambió su expresión.
—No preguntaré como consíguete mi número.
Laura levantó la mirada de inmediato, observándola.
—Estoy ileso gracias a que cambié rutas. Está vez, no le había dicho a nadie.—añadió Dominic—. Supongo que tendré que hacer una limpieza en mi clan.
—Despues de que lo hagas, búscame.
Hubo un breve silencio.
—Esta bien. Espera a mi llamada.
—Lo haré.
Hubo un pequeño silencio.
—Verónica.
—¿Sí?
—No voy a olvidar esto.
—No es necesario que lo hagas.
—Lo es. Admito que no confíe tanto en tí al principio. Y sé que no trabajas con nadie de la mafia.
—Investigaste mi vida.
—Un poco.
Verónica no respondió. Colgó. Laura la miró de inmediato.
—¿Quién era?
Verónica dejó el teléfono sobre la mesa.
—Alguien que será de ayuda. De mucha ayuda.
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