Laura ya nos entregó su alma y el eco de sus suspiros, pero Él seguía siendo un enigma. Envuelto en un silencio peligroso, Adrián guardaba deseos y secretos que nadie logró desvendar... hasta hoy.
Ha llegado el momento de cruzar la línea. En esta entrega, nos sumergiremos en sus abismos más profundos para entender la intensidad de sus impulsos y la verdad tras su frialdad. Tres años después, la piel no ha olvidado y el destino los obliga a colisionar de nuevo.
¿Fue lo suyo una pasión inquebrantable o solo un placer oscuro que se consumió hasta hacerse cenizas? El fuego está a punto de reavivarse.
Déjate seducir por su verdad. Las invito a leerla de inmediato.
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Capítulo 5: Bajo la Piel del Lobo.
El vestíbulo de mármol siempre me ha parecido el escenario perfecto para una conquista, pero esa mañana, el aire se sentía más denso y más cargado.
Observé a través de las cámaras de seguridad cómo Laura entraba en el ascensor. Se estaba aplicando el labial borgoña que le ordené; verla obedecer ese pequeño capricho sádico me produjo una satisfacción que me tensó los pantalones. El color resaltaba la palidez de su piel y la hacía parecer una fruta prohibida lista para ser mordida.
Cuando la puerta de roble se abrió, no necesité mirarla para saber que estaba allí. Podía olerla: una mezcla de nerviosismo y ese aroma floral que yo estaba decidido a sustituir por el mío.
—Laura. Adentro —dije, manteniendo la vista en la tableta, aunque mi mente ya estaba recorriendo cada curva de su cuerpo.
Dejé el sobre sobre el mármol negro. Francia. Una semana a solas con ella, lejos de las distracciones de la oficina y de las miradas de curiosos como Claudia.
Quería quebrar su entorno, sacarla de su zona de confort y llevarla a un lugar donde yo fuera su único punto de referencia.
—Salimos esta noche —sentencié.
Disfruté de su pánico, de sus excusas mundanas sobre la agenda y la ropa. Rodeé el escritorio con la parsimonia de quien sabe que ya ha ganado la guerra. La acorralé contra el borde de la mesa, invadiendo su espacio personal hasta que pude sentir el calor que emanaba de su pecho agitado.
—No es una invitación, Laura. Es una orden —le susurré, bajando el tono de mi voz hasta que se convirtió en una caricia vibrante.
Cuando mencionó que no tenía ropa, no pude evitar una sonrisa gélida. Me excitaba la idea de haber elegido cada prenda que rozaría su piel durante los próximos siete días. Lencería de seda que ella nunca se atrevería a comprar, vestidos que se ajustan como una segunda piel y telas que invitan a ser arrancadas.
—He comprado el derecho a que luzcas como yo deseo —le dije, rozando el puente de sus anteojos. Quería recordarle que incluso lo que ella usaba para ver el mundo ahora pasaba por mi filtro.
Me incliné hasta que nuestras respiraciones se mezclaron. El labial borgoña brillaba, húmedo y tentador. Estuve a punto de reclamar su boca allí mismo, de saborear su derrota, pero me contuve. La anticipación es el afrodisíaco más potente que existe. Quería que pasara las próximas tres horas imaginando lo que sucedería en el avión, lo que le haría en la oscuridad del Gulfstream a diez mil metros de altura.
—Solo estaremos tú, yo y las palabras que voy a terminar de escribir en ti —le prometí contra sus labios.
La vi salir con las piernas temblando, una imagen que me persiguió mientras me servía un trago para calmar el fuego que ella misma había encendido. Vi cómo pasaba junto a Claudia, la diferencia entre ellas era abismal; Claudia era pasado, una herramienta desgastada. Laura era el futuro, una obra maestra que yo estaba esculpiendo con dolor y deseo.
A las once, vi desde mi ventanal cómo el coche negro la recogía. El juego de poder estaba a punto de cruzar el océano. En Francia, no habría oficinas ni tías ni escapes. Solo habría una ley: mi voluntad. Y mientras el coche se alejaba, solo podía pensar en una cosa: el momento en que, en la privacidad de nuestra suite en París, le quitaría ese labial borgoña no con un paño, sino con mi propia piel.
La semana apenas comenzaba, y yo ya estaba saboreando su rendición total.
París es una ciudad de fachadas, y yo soy un maestro en construirlas. Durante tres días, la mantuve en un gélido limbo profesional, observando cómo su desesperación crecía en cada cena, en cada roce de rodillas bajo la mesa. Necesitaba que se sintiera segura, que creyera que el romance era una posibilidad, solo para que la caída final fuera absoluta.
Cuando la vi salir de su habitación con ese vestido de satén rojo sangre, el aire se me quedó atrapado en los pulmones.
Estaba exquisita...
El color borgoña de sus labios, el escote que revelaba la palidez de su espalda... era una invitación al desastre. En el Jules Verne, bajo la luz de la Torre Eiffel, le di lo que quería: atención, suavidad, una falsa calidez y dejé que pensara que el control podía ser una liberación.
La vi desarmarse ante mis ojos, creyéndose especial.
Pobre niña...
La llevé al club en Le Marais porque la verdad no se encuentra en las luces, sino en las sombras. Al cruzar el umbral, sentí cómo su cuerpo se tensaba al percibir el olor a cuero, sándalo y deseo animal. El cambio en su rostro fue mi mejor aperitivo.
—Mírame bien, Laura —le ordené, arrojándole mi chaqueta a los pies como si ella fuera mi estante personal.
Me desabotoné la camisa, exponiéndome ante ella y ante las dos mujeres que ya me esperaban. Necesitaba que viera la diferencia entre su fantasía romántica y mi realidad cruda. Las dos mujeres se abalanzaron sobre mí, pero mis ojos nunca se apartaron de los de Laura.
Quería que cada movimiento, cada embestida que les daba a ellas, se sintiera como un latigazo en su propia piel.
La poseí a través de ellas...
Mis manos recorrían aquellos cuerpos extraños con una propiedad técnica, pero en mi mente, era la resistencia de Laura lo que estaba quebrando.
El sonido de la carne chocando, el sudor cubriendo mi torso macizo, y el llanto silencioso que arruinaba su maquillaje borgoña... era la sinfonía más perfecta que había escuchado jamás.
—Esto es lo que soy —le dije con la voz ronca por el esfuerzo, mientras mi mirada la anclaba al sillón de cuero—. Eres especial porque te obligo a ver cómo no te elijo a ti.
Llegué al clímax con una intensidad violenta, manteniendo el contacto visual hasta el último segundo.
Disfruté de su humillación, del dolor que irradiaba su silueta en ese vestido rojo. La había destrozado en el lugar más profundo de su ser.
Me aparté de las mujeres con la indiferencia que se le dedica a una herramienta usada. Me ajusté los gemelos, ignorando sus cuerpos postrados, y me acerqué a Laura. El aroma del sexo reciente y mi propio calor corporal la envolvieron, una bofetada de realidad que la hizo estremecerse.
—Espero que el espectáculo haya sido de tu agrado —sentencié con la frialdad recuperada.
Cuando susurró que me odiaba, sentí una erección inmediata. Era la mentira más hermosa que me había dicho nunca.
—No, Laura —le sonreí, saboreando mi victoria—. Estás más excitada de lo que has estado en toda tu vida, y te odias a ti misma por ello.
La vi marcharse, una mancha roja huyendo hacia la noche parisina. Sabía que se iba al hotel con el vientre ardiendo y la mente llena de imágenes mías con otras mujeres.
Había matado a la Laura romántica, y en su lugar, había dejado a una mujer consumida por una necesidad que solo yo podía saciar.
Ahora, ella no solo me pertenecía por contrato o por orden; me pertenecía porque su propio deseo la había traicionado. La lección de París estaba completa. El resto del viaje sería, simplemente, la recolección de los escombros.
💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
ahora debe ver como salir de ahí ileso y sin que le quiten a su hijo