El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.
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CAPITULO 5
(Narrado por Dante Moretti)
Cerré la puerta del restaurante tras de mí con un golpe seco, dejando fuera a Valeria, dejando atrás su mirada rota, sus ojos llenos de lágrimas que, por extraño que parezca, por un segundo me hicieron sentir… algo. Algo que me apresuré a enterrar bajo capas de indiferencia y rabia.
Me giré y volví a la mesa. Isabella me observaba, recostada cómodamente en su silla, con esa sonrisa suya, dulce y peligrosa a la vez, jugando con la copa de vino entre sus dedos largos y finos. El collar de diamantes brillaba en su cuello, capturando la luz de las velas, exactamente como yo había imaginado.
—Por fin —dijo ella con voz melosa, sin dejar de sonreír—. Ya se fue la sombra, ¿verdad? Menos mal. Empezaba a arruinar la noche.
Me senté de nuevo, me ajusté el traje y bebí un trago largo de vino, intentando sacarme la imagen de Valeria de la cabeza. Allí parada en la acera, pequeña, delgada, vestida con esa ropa elegante que había elegido para impresionarme, con el viento moviendo su cabello castaño… parecía una niña perdida. Una niña que se había equivocado de lugar, de época, de vida.
—Es demasiado dramática —murmuré, más para mí que para ella—. Siempre hace escenas. Siempre quiere más de lo que se le ha dado. No entiende su lugar.-
Isabella soltó una risa suave, se inclinó sobre la mesa y posó su mano sobre la mía. Su piel era cálida, segura, firme. Todo lo contrario a la de Valeria, que siempre me había parecido fría, temblorosa, como si tuviera miedo de tocarme.
—Pobrecita —dijo Isabella, aunque no había ni un ápice de lástima en su voz, solo veneno dulce—. Ella cree que esto es un matrimonio de verdad, Dante. Cree que el amor basta. ¿Recuerdas cuando llegaba corriendo a ti, hace tres años, con esa mirada de cachorrito agradecido? Pensaba que la habías elegido por ser especial. Qué triste, ¿no? No sabe que solo fue… una transacción más.-
Apreté la copa con fuerza. Lo sabía. Siempre lo había sabido. Valeria Varela no era mi esposa. Era la firma en un papel, el pago de una deuda antigua, la solución que mi padre me impuso para salvar el imperio de los errores de otros. Giorgio Moretti siempre decía que las alianzas se hacen con dinero o con sangre, y en este caso, habíamos usado a la hija de los Varela como moneda de cambio.
Y Dios sabe que yo había intentado cumplir mi parte del trato. Había intentado ser… decente. Al principio, cuando llegó a mi casa, con esa inocencia, esa belleza suave que no gritaba pero que estaba ahí, pensé: “Tal vez pueda funcionar. Tal vez con el tiempo, esto se convierta en algo más”.
Pero no.
Valeria era… demasiado. Demasiado buena, demasiado dulce, demasiado ingenua. Vivía en un mundo de cuentos de hadas que yo había dejado de creer hacía mucho tiempo. Yo vivía en este mundo: el de los negocios sucios, el poder, las decisiones difíciles, donde la debilidad te mata. Y ella… ella no encajaba. Nunca encajó.
Isabella, en cambio… Isabella era igual a mí.
Nos habíamos conocido años antes, cuando yo todavía era joven y estaba empezando a construir lo que hoy tengo. Ella era ambiciosa, inteligente, calculadora. Sabía jugar las cartas igual que yo. La amé. La amé con una intensidad que a veces todavía me asusta. Pero mi padre no la quería. Decía que ella era demasiado peligrosa, que traería problemas, que su familia no tenía el peso necesario. Y cuando la deuda de los Varela apareció… Giorgio me obligó a elegir. Y elegí lo que era bueno para la empresa. Elegí el contrato.-
—Lo que me molesta —dije, mirando a Isabella, perdiéndome en esos ojos verdes que conocía tan bien— es que ella no entiende. Vive esperando cosas que no van a llegar. Hoy… hoy era nuestro aniversario, ¿sabes? Ella preparó todo. La cena, las flores. Me llamó con esa voz… como si yo fuera el hombre del que está enamorada. Como si yo fuera su marido de verdad.-
Isabella apretó mi mano con más fuerza, sus ojos brillando con esa chispa de triunfo que tanto le gustaba mostrar.
—Y tú le dijiste que tenías trabajo. Y estás aquí, conmigo. Haciendo lo que realmente quieres hacer. Dante, mi amor… llevamos tres años esperando. Tres años viendo cómo ella ocupaba un lugar que me pertenece a mí. Tres años viéndote sufrir por tener que estar con alguien que no te comprende. Pero… ¿cuánto más crees que debemos esperar?-
Hice una mueca de dolor y cansancio. Ella tenía razón. Cada día que pasaba bajo el mismo techo que Valeria era un esfuerzo. Verla allí, siempre presente, siempre callada, siempre dispuesta… me irritaba. Porque me recordaba mi propia obligación. Me recordaba que yo había tenido que renunciar a lo que quería por deber. Y de alguna manera retorcida, culpaba a Valeria de ello. Culpaba a la chica dulce y sumisa de ser el obstáculo entre yo y mi felicidad.
—El contrato sigue vigente —dije con sequedad—. Mientras la deuda no esté saldada… o mientras yo no decida romperlo. Y papá todavía cree que ella es útil. Dice que tiene una cabeza brillante, que observa todo. Tonterías. Ella no sabe nada de nada. Es una niña.-
Isabella se echó a reír, una risa suave, casi susurrada, y se acercó más a través de la mesa, bajando la voz como si nos pudieran oír.
—¿Estás seguro? —preguntó, con esa astucia que siempre me había fascinado—. ¿Estás seguro de que no sabe nada? Porque últimamente la veo diferente. Más… fría. Más callada. Antes, si yo le decía algo, ella bajaba la cabeza y lloraba en silencio. Ahora… ahora me mira. Y sus ojos… ya no son de cachorrito asustado, Dante. Son de alguien que está guardando información. De alguien que está esperando.-
Me quedé callado. La imagen de hace unos minutos volvía a mi mente. Valeria parada frente al cristal. Cuando le dije que no tenía derecho, cuando le dije que era solo el precio que tuve que pagar… ella no había llorado. No había gritado. Me había mirado. Me había mirado con una rabia contenida, con una fuerza que nunca le había visto. Y luego, se había dado la vuelta y se había ido. Sin suplicar. Sin pedir explicaciones. Simplemente… se había ido.
Eso me había desconcertado más que cualquier grito.
—No puede hacer nada —dije, aunque mi voz sonó menos segura de lo que quería—. No tiene dinero, no tiene poder, no tiene aliados. Está sola. Y yo soy el dueño absoluto de su vida. Si yo digo que se queda, se queda. Si yo digo que se va, se va a la calle sin un centavo. Ella lo sabe.
Isabella asintió, pero vi que sus ojos se entrecerraban, calculando, planeando. Isabella siempre planeaba todo.
—Lo sé. Pero… ¿y si empieza a entender tu mundo? ¿Y si se da cuenta de lo que realmente valen las cosas? Mira, Dante… yo he sido su amiga, su compañera, su consejera estos tres años. He estado ahí para contarle cosas, para guiarla… o para desviarla, según lo que nos convenga. Cada vez que tú te enfadabas, yo le decía que había sido culpa suya. Cada vez que había un malentendido, yo me encargaba de que ella quedara como la mala. Cada vez que intentaba acercarse a ti… yo me aseguraba de que saliera herida.-
Se detuvo, bebió un sorbo de vino y me miró directamente, con una sinceridad aterradora.
—Todo lo que ha salido mal entre ustedes… yo lo he provocado. Todo. Para que tú te convenzas de que ella nunca sirve. Para que tú veas que solo yo encajo en tu vida. Para que te des cuenta de que el único error que cometiste fue casarte con ella.-
Sentí una mezcla extraña dentro de mí. Debería haberme enfadado. Debería haber pensado que era cruel, o manipuladora. Pero Isabella hacía esto por nosotros. Por mí. Ella luchaba por lo nuestro, mientras Valeria solo esperaba que le dieran amor.
—Lo sé —respondí simplemente—. Lo sabía. Y te lo agradezco, Isabella. Sin ti, estos tres años habrían sido insoportables.
—Entonces —dijo ella, acercando su mano a mi rostro, acariciando mi mejilla, esa caricia que me hacía olvidar todo lo demás—. ¿Por qué te ha mirado así al irse? ¿Por qué he notado que esta noche, cuando le dijiste esas cosas… algo cambió en ella? Creo, mi amor, que la tonta, la sumisa, la que esperaba en la sombra… se acabó. Y eso nos puede estorbar.-
Me levanté de la silla, pagué la cuenta sin mirar el precio y le hice una señal al camarero. Isabella se levantó también, se colgó de mi brazo como si fuera suyo, y salimos del restaurante, dejando atrás el lujo y las luces.
El aire de la noche era frío. Miré hacia la calle, hacia el lugar donde había dejado a Valeria hacía unos minutos. Ya no estaba. Se había ido.
Caminamos hacia el coche. Isabella subió al asiento del copiloto, el lugar que legalmente pertenecía a mi esposa, pero que ella ocupaba desde siempre. Me senté al volante, apoyé las manos en el cuero y miré al frente, hacia la oscuridad de la avenida.
Por primera vez en mucho tiempo, mi mente no estaba en Isabella, ni en los negocios, ni en el poder. Mi mente estaba en Valeria.
Me pregunté si habría caminado hasta la mansión. Me pregunté si estaría llorando ahora mismo en su habitación, destrozada por mis palabras. Me pregunté si realmente le había dicho lo que debía. “Tú eres solo el precio que tuve que pagar”. Esas palabras habían salido de mi boca con facilidad, como un golpe certero para acabar con cualquier esperanza que tuviera. Y al ver cómo le afectaba, al ver cómo se le rompía la mirada… por un segundo, sentí un peso enorme en el pecho.
¿Por qué me importaba? ¿Por qué me sentía inquieto? Ella era lo que era: un contrato. Una obligación. Una mujer que yo no había elegido.
Y sin embargo…
Recordé la cena preparada. Las velas. El regalo que había visto sobre la mesa antes de salir. El reloj, envuelto con cuidado, elegido pensando en mí. Recordé cómo me miraba al principio, con esa adoración absoluta, como si yo fuera un dios, como si fuera lo más importante de su vida. Una adoración que nadie más me había dado. Ni mi padre, que solo veía resultados. Ni Isabella, que me veía como su igual, su competencia, su compañera de poder. Solo Valeria me había amado a mí, al hombre, no al apellido, ni al dinero, ni al poder.
Y yo me había encargado de matar ese amor día tras día.
—Llévame a casa, Dante —dijo Isabella, recostando su cabeza en mi hombro, rompiendo mis pensamientos—. Mañana volveré a la mansión. Mañana le diré a Valeria que todo esto fue un error, que tú me acompañaste solo por compromiso, que eres un hombre bueno… y que ella es la que siempre se equivoca. Mañana me aseguraré de que siga creyendo que yo soy su amiga, y que tú eres el dueño absoluto de su vida.-
Arranqué el motor. El coche rugió, potente, peligroso, igual que yo.
—Haz lo que creas necesario —dije con voz grave—. Pero ten cuidado, Isabella. Tienes razón en una cosa: hoy, por primera vez… he visto algo en sus ojos que no me ha gustado.-
Miré por el espejo retrovisor, hacia la ciudad que se quedaba atrás.
—Ella se ha ido hoy con el corazón roto, sí. Pero también se ha ido sabiendo la verdad completa. Y una mujer que ya no tiene nada que perder… es la más peligrosa de todas.-
Isabella soltó una risa despreocupada, segura de sí misma.
—¿Peligrosa? ¿Ella? Dante, por favor… ella es débil. Ella siempre será débil. Yo he construido su vida, yo he manipulado cada paso, yo he escrito su historia. Ella no sabe nada, no puede nada, no es nada.
Me quedé en silencio mientras conducía. Isabella podía creer lo que quisiera. Yo también lo había creído durante tres años. Pero esa noche, cuando vi a Valeria darse la vuelta y alejarse, erguida, sin mirar atrás, con el orgullo destrozado pero intacto de alguna forma extraña…
Yo sabía algo que ella todavía no: Esa noche, no solo había muerto su amor. Había nacido su enemiga.
Y lo peor de todo… era que la idea de que ella dejara de adorarme para convertirse en mi rival, extrañamente, le daba un brillo nuevo a mi vida. Un brillo peligroso, oscuro… y absolutamente irresistible.