Un contrato de sangre. Un matrimonio obligado. Un pecado imposible de ocultar.
Para su padre, ella es solo una pieza de ajedrez en un juego de poder. Para Arturo Rial, el hombre con el que debe casarse por obligación, ella es un frío contrato de negocios.
Pero todo cambia cuando aparece el hermano mayor de Arturo, un hombre que no conoce la palabra "no". Él no quiere un acuerdo; la quiere a ella. Entre los rincones oscuros de la mansión, él la marca, la reclama y la convierte en su mundo, desatando una obsesión que amenaza con destruirlo todo.
En este juego de traiciones, ella es la niña dulce que se convertirá en la caída del hombre más peligroso de la mafia.
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Capitulo 22
La luz del amanecer entró en la habitación matrimonial con una timidez grisácea, iluminando el caos de sábanas de seda y el vestido marfil descartado en el suelo como el vestigio de una batalla ganada. Isabella se despertó con el cuerpo doliéndole de una forma deliciosa, sintiendo el peso del brazo colosal de Vincenzo protegiéndola por la cintura. En su piel, las marcas de la noche de bodas eran un testimonio silencioso de que ahora pertenecía, en cuerpo y alma, al nuevo jefe de la mansión Rial.
Sin embargo, la paz duró lo que tarda en vaciarse un cargador.
El teléfono personal de Vincenzo comenzó a vibrar sobre la mesa de noche con un zumbido insistente. El gigante abrió los ojos grises al instante, regresando al modo depredador sin un solo rastro de somnolencia. Tomó el aparato y se lo llevó a la oreja mientras se incorporaba en la cama, exponiendo su torso tatuado a la luz fría de la mañana.
—Habla —gruñó Vincenzo, su voz más rasposa de lo habitual.
Al otro lado de la línea, la voz de Vargas, su segundo al mando en "La Sombra", sonaba ahogada por el ruido de fondo de sirenas y disparos lejanos.
—Jefe, nos emboscaron en la aduana del este. El primer cargamento de armas que reestructuramos esta madrugada está bajo fuego. Los clanes del norte sabían exactamente a qué hora salían los camiones y qué códigos usar para burlar el primer perímetro. Nos están masacrando.
Vincenzo apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. La mandíbula se le tensó en una línea de pura violencia. No necesitaba ser un genio para saber quién había filtrado esa información confidencial.
—Aseguren el perímetro central. Voy para allá con refuerzos. Nadie sale vivo de ese muelle.
Cortó la comunicación y saltó de la cama, vistiéndose a una velocidad endiablada con unos vaqueros oscuros, una camiseta negra y su pesada cazadora de cuero.
Isabella, sentada entre las sábanas y cubriéndose el pecho con la manta, lo observaba con el corazón martilleándole las costillas. Había escuchado lo suficiente para comprender que la guerra total había estallado.
—¿Es Arturo, verdad? —preguntó ella, con una chispa de intuición que sorprendió al propio Vincenzo—. Él lo sabía. Ayer en la iglesia... su mirada no era la de un hombre derrotado, sino la de alguien que esperaba un milagro de sangre.
Vincenzo se detuvo junto a la cama, cargando su pistola táctica y guardando dos cargadores extra en los bolsillos de la cazadora. Se inclinó sobre Bella, atrapándole el rostro con una de sus manos grandes.
—Arturo cavó su propia tumba esta vez, niña dulce. Quédate aquí, cierra la puerta con llave. Mis hombres se encargarán de vigilar el pasillo.
—No —dijo Isabella, plantándole cara por primera vez. Una fuerza nueva, nacida de la necesidad de proteger al hombre que la había hecho suya, la empujó a salir de la cama, envolviéndose en una bata de seda oscura—. No me voy a quedar aquí encerrada como una inútil mientras mi mundo se quema afuera. Arturo dejó su tableta de la coalición en la biblioteca pequeña del ala este; yo sé dónde la esconde. Si él filtró los códigos de la aduana, la ruta de datos debe seguir activa en su servidor local. Puedo conseguírtela.
Vincenzo la observó con una fijeza oscura, evaluando la determinación en los ojos de su esposa. Una sonrisa lobuna y orgullosa se dibujó en sus labios. Su Bella ya no era la sumisa oveja del contrato; el roce con el lobo la estaba transformando.
—Tienes diez minutos, Bella. Si los rastros de los clanes del norte están en esa tableta, envíaselos directamente a Vargas. Que mis hombres sepan a quién disparar antes de que yo llegue —sentenció él, dándole un beso rápido y cargado de posesión en los labios antes de salir de la habitación a zancadas pesadas.
Isabella no perdió un segundo. Corrió descalza por el pasillo que conectaba con el ala este, sorteando el frío de la mansión con la adrenalina a flor de piel. Entró a la pequeña biblioteca privada de Arturo, un lugar que él usaba para sus negocios más sucios. Con manos temblorosas pero decididas, buscó detrás del falso fondo del tercer estante de madera, justo donde lo había visto guardar sus dispositivos semanas atrás.
Ahí estaba. Una tableta táctica con el logo de la organización Rial parpadeando en la oscuridad.
Bella encendió la pantalla. La seguridad requería una huella o un código de administrador que ella no poseía. Sin embargo, recordó un detalle: Arturo siempre usaba la fecha del aniversario del ascenso de su padre como contraseña para sus respaldos locales de la mafia. Introdujo los números con rapidez. El sistema cedió, abriendo una ventana de transferencias de datos en tiempo real que mostraba una dirección IP vinculada a las coordenadas del muelle del este.
Eran los códigos perimetrales enviados hacía solo cuatro horas a un número con prefijo del norte. Arturo los había vendido.
Con el pulso desbocado, Isabella copió la ruta de datos y la reenvió al contacto cifrado de Vargas que Vincenzo le había dejado anotado en la red interna de la casa. Justo cuando la barra de carga llegó al cien por ciento, el sonido de unos pasos arrastrados en el pasillo exterior la hizo congelarse.
Arturo estaba de pie en el umbral de la puerta, sujetándose las costillas vendadas con una mano y sosteniendo una navaja automática en la otra. Tenía los ojos inyectados en una locura asesina al ver a su ex-prometida con sus secretos entre las manos.
—Eres una maldita perra traidora, Isabella... —susurró Arturo, con la voz quebrada por el dolor y el veneno—. Le diste todo a mi hermano, pero de esta cabaña no vas a salir viva para contarlo.
Bella apretó la tableta contra su pecho, retrocediendo hacia el ventanal mientras el peligro se materializaba frente a ella. Ya no era la chica indefensa de antes; ahora era la reina del lobo, y estaba dispuesta a sangrar con tal de defender su nuevo trono.