Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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Sin retorno
Ver a Daniela salir del baño, envuelta únicamente en esa diminuta toalla que apenas cubría lo necesario, despertó en mí una reacción biológica inevitable. Mis instintos, que durante años había mantenido bajo un control clínico, amenazaron con desbordarse; quería reclamarla allí mismo, sin más preámbulos. Pero mi ojo médico fue más rápido que mi deseo.
Mis ojos se clavaron en el hematoma de su brazo. Un tono morado verdoso que gritaba violencia. Cuando la confronté, ella soltó la típica excusa de quien oculta una verdad dolorosa: que era torpe, que se había golpeado sola. La clásica mentira de las mujeres maltratadas que he visto en urgencias tantas veces.
Mi sangre hirvió. Estaba convencido de que el imbécil de Alan la había lastimado antes de la boda. Pero lo que realmente me golpeó, lo que encendió una furia negra en mi pecho, fue su reacción. En lugar de buscar protección en mí, se apresuró a defenderlo con vehemencia. Aun estando casada conmigo, aun llevando mi apellido, seguía protegiendo al cobarde de mi primo.
¿Tanto lo amaba como para cargar con sus golpes en silencio? ¿O era Alan quien la estaba chantajeando?
Esa duda me persiguió mientras bajaba a desayunár. Me sentía estúpido por haber tenido ese momento de debilidad la noche anterior. Ella me había dicho que era virgen, pero ¿y si eso también era parte de su elaborado guion? Los Stevens eran expertos en estafas, y ella era una de ellos.
Escuché sus pasos en la escalera. Cuando entró al comedor, la vi tan frágil que casi olvido mi enojo, pero recordé la urgencia de mi situación. Mi abuelo me había enviado un mensaje temprano: su estado de salud era crítico y los abogados de la junta directiva estaban empezando a cuestionar la validez de mi matrimonio express. No tenía tiempo para juegos de seducción o para descubrir los secretos de una mujer que, por lo visto, seguía ligada emocionalmente a Alan.
—Sí, pasa todo —le dije, cortando cualquier intento de charla trivial—. Necesitamos cerrar este contrato lo más pronto posible, Daniela.
La vi palidecer. El nudo en su garganta era visible, y sus manos empezaron a temblar sobre la mesa. Su miedo me irritaba porque no sabía si me temía a mí, o si temía traicionar el recuerdo de mi primo.
—No me mires así —añadí, levantándome de la silla—. Sabías a lo que venías. No me obligues a recordarte cuánto pagué por este momento.
La dejé en el comedor sin darle más explicaciones. Necesitaba moverme, actuar. Las cosas se estaban complicando mucho más rápido de lo que había previsto. Mis informantes me habían confirmado lo que más temía: Alan y Erika llevaban un año planeando su propio movimiento. Ya tenían planes de boda, pero lo más alarmante era su visita a una clínica de fertilidad.
Concluir sus intenciones no requería ser un genio: buscaban un embarazo inmediato. Si Erika lograba concebir antes que Daniela, mi posición en la empresa y la herencia de mi abuelo quedarían en la cuerda floja. El tiempo de la caballerosidad se había agotado; no podía permitirme el lujo de "jugar a la casita" ni de esperar a que Daniela se sintiera cómoda. El patrimonio de los Villegas dependía de lo que ocurriera en esa cabaña, y lo quería ahora.
[Perspectiva de Daniela]
Me quedé en el comedor, sola con el sonido de mis propios latidos que amenazaban con salirse de mi pecho. Arturo se había marchado con una determinación que me dejó helada. Estaba aterrada, pero en el fondo de mi angustia, una chispa de resignación me golpeó con fuerza. Sabía que no podía seguir dándole largas a este asunto.
Él había cumplido su parte: el dinero estaba ahí, el contrato estaba firmado y mi madre seguía recibiendo tratamiento gracias a él, aunque él no lo sabia. Yo era la que estaba fallando a mi palabra. Miré hacia las escaleras que llevaban a la habitación, sintiendo que cada peldaño era un paso hacia el fin de mi vida tal como la conocía. No tenía escapatoria. Si quería salvar a mi madre, tenía que entregarle al demonio lo único que me quedaba: mi cuerpo.
Con las piernas temblando, me puse de pie. Mis dedos se enterraron en el borde de la mesa mientras intentaba reunir el valor necesario. Subiría esas escaleras, entraría en esa habitación y dejaría que Arturo Villegas sellara mi destino de una vez por todas.
Subí los peldaños sintiendo mis pies pesados, como si estuvieran hechos de plomo. Cada paso que daba me alejaba de la Daniela que alguna vez soñó con el amor y me acercaba más a lo que sería el último vestigio de mi dignidad. Cuando estuve frente a la puerta, me detuve. El silencio del pasillo era interrumpido únicamente por el rugido de mi propia sangre en los oídos.
Respiré profundo, llenando mis pulmones de un aire que se sentía gélido, intentando invocar la fuerza necesaria para dar este paso y, sobre todo, para controlar la traición de mi cuerpo, que se negaba a avanzar. Pensé en mi madre, en su rostro pálido, y eso fue el ancla que me impidió salir corriendo.
Giré el pomo con una lentitud tortuosa. Al entrar, la luz de la mañana bañaba la habitación, pero para mí todo se sentía oscuro. Arturo estaba allí, de pie junto a la ventana, con la mandíbula tensa y la mirada perdida en el horizonte, como un general esperando el informe de una batalla. Al escuchar la puerta, giró lentamente. Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo, reconociendo mi rendición.
—Has tardado —dijo con una voz que no dejaba espacio para las dudas.
—Estoy aquí —respondí, y aunque mi voz fue apenas un hilo, no flaqueó—. Cumpliré con mi parte del trato.
No hubo romance, ni palabras dulces, ni la calidez que se espera de una luna de miel. Solo estaba la cruda realidad de un contrato que exigía ser pagado con piel y sangre. Arturo caminó hacia mí, acortando el espacio hasta que su sombra me cubrió por completo. Sabía que, a partir de este minuto, ya nada volvería a ser igual.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades