En medio de una guerra que destruyó mundos, un niño será preparado para proteger un Imperio y una heredera será enviada a la Tierra para sobrevivir.
Mientras que él creció para aceptar su destino, ella creció sin saber quién era realmente ni por qué el universo parecía perseguirla en silencio.
Pero la mayor batalla que librarían ambos no sería por un trono, sería por el amor.
A lo largo de sus vidas, amarán con una intensidad que los llevará a tocar el cielo y a enfrentarse a pérdidas que marcarán su historia para siempre.
Descubrirán que no todo amor basta, que no siempre es suficiente querer quedarse, y que hay destinos que se interponen incluso cuando nadie está dispuesto a rendirse.
Mientras fuerzas antiguas despiertan y el poder que duerme en ellos reclaman su lugar, tendrán que decidir qué significa realmente ser fuerte, porque gobernar un imperio es sencillo comparado con proteger aquello que amas, aun cuando amar también tenga un precio.
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17. Debes olvidarla
Los meses posteriores a la tragedia de Meriselva transformaron Andovia lentamente, como una grieta que al principio parece pequeña y después termina atravesándolo todo.
La guerra todavía no había llegado a las ciudades principales del planeta, ni las estructuras suspendidas se habían convertido en ruinas, ni las personas caminaban por las calles con miedo constante. A simple vista muchas cosas seguían siendo iguales.
Y sin embargo, ya nada lo era realmente. Tanto las conversaciones, las noticias y prioridades cambiaron, incluso las sonrisas parecían distintas.
La Academia Militar tampoco escapó a aquello. Los entrenamientos dejaron de parecer simples ejercicios destinados a perfeccionar habilidades o preparar a futuros guardianes. Los instructores ya no hablaban únicamente de estrategias o teoría militar; ahora hablaban de bajas, de tácticas reales y de supervivencia.
Los estudiantes entrenaban sabiendo que tarde o temprano varios de ellos dejarían de ser alumnos para convertirse en soldados.
Alnair había comenzado a cambiar también. Seguía destacando entre los mejores estudiantes, pero algo en él se había vuelto más silencioso, más distante.
No era algo evidente para cualquiera. Continuaba siendo respetuoso con sus compañeros y mantenía aquella serenidad que siempre lo había caracterizado, pero quienes lo conocían desde hacía años podían notarlo.
Y Aluna lo notaba más que nadie, porque una madre podía reconocer incluso aquellos cambios que nadie más era capaz de ver.
Aquella tarde Alnair había regresado temporalmente al ducado KaoB después de varios días de entrenamiento intensivo.
El sol comenzaba a descender lentamente sobre Andovia y las corrientes luminosas atravesaban los jardines suspendidos de la residencia familiar, reflejándose sobre pequeños canales de agua cristalina que recorrían el lugar.
Aluna se encontraba sentada cerca de uno de ellos, parecía tranquila, pero Alnair llevaba algún tiempo sintiendo que algo en ella era distinto. No sabía explicar exactamente qué era.
Desde la muerta de la reina Anymza, había momentos en los que encontraba a su madre observándolo en silencio, como si quisiera decir algo y terminara cambiando de opinión. Otras veces parecía perderse entre pensamientos que jamás compartía con nadie. El joven no tenía como saber que su madre había recuperado recuerdos, que la lastimaban profundamente.
- “Mamá”, dijo Alnair. Aluna levantó la vista y sonrió suavemente al verlo acercarse.
- “Volviste antes de lo que esperaba”, manifestó Aluna.
- “Nos dieron un día libre”, comentó Alnair.
Él tomó asiento a su lado mientras observaba distraídamente el agua luminosa desplazándose entre las pequeñas estructuras de piedra, permanecieron en silencio unos instantes.
- “¿Aún piensas en ella?”, consultó Alnair.
La pregunta llegó de forma tan inesperada que Alnair giró lentamente el rostro hacia su madre.
No necesitó preguntar a quién se refería, porque lo supo inmediatamente, hablaba de Yamileth.
Sintió una pequeña tensión recorrerle el pecho.
Intentó responder algo, pero las palabras no llegaron. Y aquel silencio terminó respondiendo por él.
Aluna sonrió apenas, había una tristeza extraña en sus ojos.
- “Supuse que sería así”, dijo Aluna.
Alnair bajó lentamente la mirada hacia el agua. Durante un instante recordó el río de Kamloops.
Recordó a Yamileth riéndose mientras corría sin mirar por dónde iba, obligándolo a perseguirla por miedo a que terminara cayéndose otra vez.
Recordó la lluvia, las mariposas de las que ella hablaba. Y la manera en que sonreía cuando creía haberle enseñado algo importante.
Una pequeña sonrisa apareció sin darse cuenta sobre los labios de Alnair, y Aluna la vio demasiado bien. Sintió una ligera presión dentro del pecho, porque durante años había pensado que comprendía perfectamente a su hijo, pero aquella expresión era nueva.
Era la expresión de alguien que había comenzado a amar. Y eso la asustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Su mirada permaneció fija sobre el rostro de Alnair durante algunos segundos mientras algo incómodo se agitaba lentamente dentro de ella.
Después de su matrimonio con Nahor, había creído que el amor era una de las cosas más hermosas que podían existir; sin embargo, también había aprendido que podía convertirse en la forma más cruel de destruir una vida.
Porque el amor había sido capaz de convertirla en alguien que no reconocía, al haberla hecho sentir desesperación, miedo y aquella angustia insoportable de perder a las personas que más amaba.
Y aunque intentó apartar aquellos pensamientos, una imagen apareció involuntariamente en su mente. El rostro de Anymza y luego el de aquella niña de la Tierra, la hija de la reina, de la “amiga” que le había borrado los recuerdos y que los recuperó cuando la Anymza falleció.
Aluna bajó lentamente la mirada, no sabía explicar exactamente por qué aquella idea le producía inquietud. No quería reconocer que en algún lugar muy profundo de sí misma, existía una parte que todavía no lograba separar a Yamileth de la mujer que había cambiado su vida para siempre.
- “Alnair, hay personas que llegan a nuestras vidas y nos dejan cosas importantes, aunque no estén destinadas a permanecer junto a nosotros”, manifestó Aluna.
Él levantó lentamente la mirada, no le gustaba hacia dónde iba aquella conversación, podía sentirlo.
- “Mamá…”, dijo él.
- “No estoy diciendo que lo que sentiste sea algo malo”, interrumpió Aluna.
Su voz seguía siendo tranquila y cariñosa, pero había algo distinto debajo de ella. Algo que Alnair no logró identificar.
- “Sólo digo que algunas personas aparecen para convertirse en recuerdos hermosos. (Guardó silencio un instante antes de terminar aquello que realmente quería decir) Debes olvidarla”, manifestó Aluna.
Alnair sintió que algo dentro de él se detenía, la miró confundido, no entendía por qué aquellas palabras dolían tanto, porque una parte de él ya sabía que su vida sería distinta.
Sabía quién era, las responsabilidades que lo esperaban, que la guerra apenas estaba comenzando y que Yamileth pertenecía a un mundo completamente diferente al suyo.
Siempre lo había sabido, lero escuchar aquellas palabras hizo que algo se sintiera demasiado real.
- “No puedes pedirme eso”, dijo Aluna en voz baja.
- “Te lo pido, porque sabes cuál es tu deber, y también sabes que fuiste comprometido en matrimonio con la princesa Kaleask, pero ella murió al nacer. No pensábamos forzarte, pero en los próximos años también debes ir viendo alternativas con que mujer de Andovia debes comprometerte”, manifestó Aluna.
- “Pero…, ahora no quiero hacer eso”, murmuró Alnair.
- “Esa muchacha es de otro mundo y tú de este, y acá hay reglas que debes cumplir, y es mejor que lo entiendas de una vez, esos sentimientos que no logras superar, solo te traerán debilidad”, expresó Aluna.
Aluna lo observó en silencio y durante unos segundos estuvo a punto de decirle muchas cosas, hablarle de peligros que él todavía desconocía, de destinos que podrían destruir vidas enteras, de personas que sin querer arrastraban a otras hacia la oscuridad, pero no lo hizo, simplemente lo abrazó y Alnair le devolvió el abrazo lentamente.
Apoyó el rostro sobre el hombro de su madre mientras cerraba los ojos, sin embargo, incluso en medio de aquel abrazo, la imagen de Yamileth apareció nuevamente dentro de su mente.
La vio sonriendo, mirándolo bajo la lluvia mientras le pedía que regresara algún día, y comprendió algo que decidió guardar para sí mismo, podía entrenar más duro, convertirse en un gran soldado, dedicar toda su vida a proteger Andovia, incluso comprometerse con una noble de Andovia, pero olvidar a Yamileth sería imposible.
Al día siguiente, durante uno de los entrenamientos de combate, el instructor caminó lentamente frente al grupo observando a cada estudiante antes de detenerse frente a Alnair.
- “Dime, cadete. ¿Por qué deseas ser más fuerte?”, preguntó él instructor.
Tiempo atrás la respuesta habría sido sencilla, habría hablado de proteger personas, de buscar justicia, de cumplir con el deber, pero ahora permaneció en silencio durante algunos segundos.
- “Porque no volveré a permitirme ser débil”, dijo Alnair, levantando la mirada. El instructor asintió sin decir nada.
Y aunque Alnair continuó entrenando como siempre, sin darse cuenta había comenzado a dejar atrás una parte de sí mismo. Aquella parte que una vez corrió junto a una muchacha a la orilla de un río mientras descubría por primera vez lo que significaba enamorarse.