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Forjado En Cadenas

Forjado En Cadenas

Status: En proceso
Genre:Edad media / Fantasía épica / Mundo mágico
Popularitas:202
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.

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LAZOS

...Reino de Norvak....

Los esclavistas discutían cerca de las carretas. No era una conversación. Era una pelea a punto de estallar.

—Dame mi maldito pago —gruñó uno.

El otro aventó la bolsa provocando las monedas chocarán entre sí con un tintineo seco.

—Ahí está.

El rufián la abrió mirando dentro, pero su rostro se torció en una mueca de insatisfacción.

—¿Esto? ¿Te estás burlando de mí? —escupió—. Venimos desde la capital Zayon. Si nos atrapaban, yo perdía la cabeza. Dijiste que sería más.

—Es lo que acordamos —respondió el otro, sin paciencia—. Deja de llorar, rata ambiciosa.

El rufián que reclamaba, empujó al otro, pero su empujón fue torpe.

El líder bárbaro reaccionó más rápido aún.

Saco una daga en un movimiento veloz, y su otra mano lo tomó del cuello. El metal frío contra la piel..

—Esta es tu paga —dijo, acercando el filo a su cara—. Ahora cállate.

Le abrió la boca de un jalón, dejando ver los dientes amarillos y su aliento rancio. La daga se movió de su mejilla descendiendo hasta su lengua y le realizó un ligero corte.

—¿Entendido? — preguntó el líder con tono amenazante.

El rufián asintió, rígido, tragándose el coraje y el sabor a hierro.

Cuando el líder lo soltó y se fue, el rufián miro a tods lados buscando con quien descargar su rabia.

Kael se encontraba cerca, observando la escena,. No es que quisiera estara ahí, pero las cadenas no le permitían estar en otro lado.

—¿Qué me ves, escuincle? —gruñó.

Kael retrocedió. Las cadenas tiraron de él.

—¿No me escuchaste? —cuationó aún más irritado.

Levantó la mano para golpearlo.

Y entonces—

—¡Déjalo!

La voz de la pelirroja cortó el aire.

Se interpuso como pudo. Las cadenas la jalaban hacia atrás, pero no se movió.

—No está haciendo nada —dijo, jadeando.

—Quítate.— gruñó furioso el hombre.

No lo hizo.

Lo miró directo.

—¿Que qué te ve? —escupió—. Eres horrible. ¿Nunca te has visto?

El silencio duró un segundo callado sin creer lo que escuchaba.

El rostro se le puso rojo.

A unos metros, Erian lo veia todo.

El rufián volvio a levantar la mano para golpear a la mujer.

El rostro de Kael refleja miedo, pero la mujer estaba erguída frente al rufián, dispuesta a recibir aquel golpe.

Erian Estaba lejos. Tenía los pies amarrados, no iba a llegar aunque lo intentara.

Pero podía distraerlo. No lo pensó dos veces y soltó el costal que llevaba en los brazos, provocando que una pila de costales que ya habían apilado cayeran en avalancha.

El estruendo sacudió el campamento provocando que el polvo se levantara y los gritos se escucharan.

—¡¿Qué haces, inútil?! —rugió el rufián desde donde estaba.

Erian hizo como que quería acomodar los costales.

El rufián lo miró de inmediato.

—¡¿Otra vez tú?! — se acercó todavía molesto.

Sin pensarlo le propinó una patada a Erian. Le explotó en las costillas. El aire se le fue. Otra en la espalda. Esta provoco que Erian cayera al suelo. Encontrándose con la nieve fría.

—¿Quieres morirte o que?

Erian quedó hecho ovillo, respirando a golpes. Recibiendo cada uno sin protestar.

Cuando el rufián se cansó, apenas y podia levantarse.

Cuando levantó la vista, Kael lo estaba mirando.

Y la pelirroja también.

Erian solo hacía lo que le prometió a su padre, cuidar se su hermano, y tal vez cuidando de aquellos esclavos cuidaba de sus reino.

...****************...

...Reino de Zayon. ...

Los pasillos del ala mágica estaban vacíos a esa hora. Siempre lo estaban.

Enzo caminaba despacio, demasiado consciente del eco de sus propios pasos. Las paredes devolvían recuerdos que no había pedido.

Justo ahí.

Erian había entrenado su primer control de viento.

Más allá, Kael se había caído intentando imitarlo, riendo antes de tocar el suelo.

Enzo apretó la mandíbula.

No debía haber vuelto a ese corredor.

Pero sus pies lo habían traído solos.

Al llegar al salón principal, escuchó voces.

—Concéntrate, Amaia —decía el maestro—. No fuerces el aire. Déjalo moverse.

Ella emitió una corriente de aire que salió disparada de golpe provocando que libros volaran golpeando el suelo y que ella cayera de espalda en el piso frío.

Amaia soltó un quejido frustrado.

—No puedo —dijo levantándose, sin disimular el enojo—. Usted me está diciendo mal.

Digna hija de Sorak.

—Estoy diciendo lo mismo de siempre —respondió el maestro, cansado—. No tiene sentido continuar si sigues bloqueada.

Silencio.

El hombre se frotó la frente, recogió sus cosas y caminó hacia la puerta. Al abrirla, se detuvo al ver a Enzo.

—Excelencia… —saludó con rigidez.

Enzo asintió apenas.

—Maestro Arden.

El hombre no se quedó. Pasó rápido, como si el aire se hubiera vuelto incómodo de pronto.

Enzo miró al interior del salón.

Amaia estaba tirada boca arriba en el piso, respirando con dificultad. La magia la había drenado por completo. Cuando lo vio, intentó incorporarse de inmediato.

—No —dijo Enzo rápido, levantando una mano—. No se levante. Después del entrenamiento es normal quedar así.

Ella dudó. Luego se dejó caer otra vez.

—Eso dijo él también —murmuró, molesta… avergonzada.

Enzo avanzó solo un poco. No quería invadir su espacio.

—¿Fue muy difícil? —preguntó.

Amaia miró el techo, el ceño fruncido.

—No sé qué me pasa —dijo al fin—. No logro conectar con la magia. Es como si… —se quedó en silencio un segundo— …como si no perteneciera a este cuerpo.

La frase le golpeó directo al pecho. No esa magia no le pertenecía a Amaia.

Enzo tragó saliva.

Sabía que esos ojos celestes que ahora la miraban habían sido antes de sus sobrinos. Sabía demasiado.

Al menos le quedo de consuelo que sus sobrinos no llegaron a sentir la ausencia de la magia, ya que la agonía descrita por quien la ha padecido, la describe tormentosa.

—Quizá —dijo despacio— está intentando obligarla a funcionar como quiere… en lugar de escuchar cómo quiere funcionar ella.

Amaia giró el rostro para mirarlo.

—Eso suena a consejo de alguien que sí tiene magia.

—No —respondió él, con una leve sonrisa—. Solo vi muchos entrenamientos aquí… antes.

No dijo más.

Ella se incorporó un poco, apoyándose en los codos.

—¿De sus sobrinos?

Enzo asintió.

Amaia no preguntó más. No hacía falta. Sabía que si ese hombre seguía ahí, después de que toda su familia desapareció y el trono fue arrebatado, era porque a alguien le convenía que así fuera. Pero no lo juzgo.

—¿Cómo la escucho? —preguntó, cambiando el tema.

Enzo señaló su mano.

—No la apriete. No la jale. —Pausa—. Piensa en algo pequeño. No en controlarlo todo. Solo una parte. Algo que no dé miedo fallar.

Amaia miró su palma. Cerró los ojos.

Asintió la magia recorrerle el cuerpo.

Suave. Apenas perceptible.

Hizo un movimiento con su mano.

Una chispa de viento levantó un mechón de su cabello.

Enzo la observaba.

Amaia abrió los ojos de golpe.

—¿Lo hice? —preguntó, sin aliento.

— Si lo que usted quería era mover un mechón de su cabello, así fue. — respondió Enzo—. Es un inicio.

Ella sonrió, sin creer que había controlado algo, aunque pequeño.

—Gracias.

Enzo retrocedió hacia la puerta.

—Siga practicando lo pequeño —dijo—. Lo grande llega solo.

Amaia lo observó mientras salía.

—Mañana… —dijo antes de que la puerta se cerrara—. ¿Volverá?

Enzo dudó solo un segundo.

—Si usted quiere.

La puerta se cerró.

Enzo respiró hondo.

El peso de sus recuerdos seguía ahí.

Pero por primera vez en mucho tiempo… no se sentía completamente inútil.

****************

Amaia entró al salón del trono con pasos pequeños, medidos. Cada sonido le parecía demasiado. Sabía que a su padre le irritaba el ruido, incluso el de su propia hija respirando.

Cerró la puerta con cuidado.

Sorak estaba en el trono, le fascinaba estara ahí.

—Padre… —dijo. La voz le tembló apenas. Hizo una reverencia—. Le ruego que me permita ver a Leyanna. Solo unos minutos.

Sorak soltó un suspiro lento, cargado de fastidio.

—Ya hablamos de esto, Amaia. Está castigada.

Amaia apretó los dedos.

—Pero ya lleva días —insistió—. Días sin luz… sin agua suficiente…

Se detuvo tragándose saliva ante la miradaada de su padre, Pero tomó valor de nuevo.

—Padre, se lo suplico.

Sorak se levantó, clavándo sus ojos, ahora azules en su hija.

—No voy a repetirlo.

El aire se tensó.

Amaia dio un paso al frente. El corazón le golpeaba las costillas, pero no retrocedió.

—¿Qué te hizo? —preguntó—. Dime qué hizo mi hermana para que la trates así.

El silencio cayó como una losa.

Enzo, de pie detrás del rey, no se movió. Su postura seguía siendo impecable. Pero sus ojos se desviaron hacia Amaia. Sabía lo que ese atrevimiento podía costar.

Sorak también.

El rey camino a hacia su hija despacio. Demasiado despacio.

—Ten cuidado, Amaia.

Ella tragó saliva. No bajó la mirada.

—Es mi hermana —susurró.

—¡Y YO SOY TU REY!

La bofetada sonó seca.

El golpe le giró el rostro. El cabello se le desordenó. Le ardió la cara de forma brutal. Las lágrimas le brotaron de los ojos sin permiso. No solo por el dolor. Por la humillación.

Sorak se inclinó un poco hacia ella.

—Tendrás prohibido mencionar a Leyanna de nuevo —dijo con voz helada—. Ni verla. Ni preguntar por ella.

Amaia apretó los labios.

Asintió.

—Retírate —ordenó Sorak, dándole la espalda—. Antes de que olvides tu lugar.

Amaia inclinó la cabeza en una reverencia. Las manos le temblaban mientras caminaba hacia la salida sin mirar a nadie.

Pero al pasar junto a Enzo…

Él sí la miró.

No dijo nada.

Pero sus ojos la siguieron hasta que la puerta se cerró por completo.

Solo entonces apretó los puños detrás de la espalda, con tanta fuerza que los nudillos le ardieron.

Esto no iba a quedarse así.

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