Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 6: Frío que no perdona
- No se rían… que la próxima puedes ser tú.
Esa voz no era de ellos.
Era mía.
Y ahora… también era de ellos.
Camino por el pasillo arrastrando el trapeador, lento, como siempre, pero por dentro todo va más rápido. Ya no soy la misma que bajaba la cabeza. Ya no soy la que se escondía. Ahora soy la que observa… la que espera… la que decide.
La quinta.
Mariana.
La veo desde lejos en la cafetería, riéndose con la boca llena, hablando sin parar, como si el mundo no pudiera tocarla.
- Mira cómo traga… por eso está así.
Su voz vuelve a mi cabeza.
Cierro los ojos un segundo.
Y me veo.
Sentada sola.
Comiendo en silencio.
Escuchando.
Soportando.
Abro los ojos.
Y todo cambia.
- Hoy, sí va a importar.
No me acerco de inmediato.
Aprendí.
Siempre tiene que estar sola.
Siempre.
La observo todo el día. En clase. En el patio. En la fila. Siempre rodeada, siempre protegida, siempre confiada.
Pero nadie está protegido todo el tiempo.
Nadie.
El sol empieza a bajar.
Las sombras se alargan.
Y entonces…
La veo.
Sola.
Camina hacia la cocina de la escuela, distraída, como si nada pasara, como si no hubiera cinco nombres ya enterrados en el aire.
Perfecto.
Dejo de arrastrar el trapeador.
Ahora solo camino.
Silencioso.
Sigo sus pasos.
La cocina está vacía.
Fría.
Callada.
Los refrigeradores grandes están al fondo, como bocas cerradas esperando abrirse.
Entro.
Ella no me ve al principio.
- Niña.
Se gira de golpe.
Su expresión cambia.
Ya no es la misma seguridad.
- ¿Ahora qué quieres?
Se cruza de brazos.
Pero su mirada… duda.
- Siempre apareces de la nada.
Sonrío apenas.
- Solo vine a ayudarte.
Se ríe.
Pero no como antes.
- ¿Tú? ¿Ayudarme?
Da un paso.
Error.
- ¿Con qué?
Señalo el refrigerador grande.
- Hay comida dañada.
Frunce el ceño.
- ¿Y?
- Necesito que revises.
Suspira.
- Qué flojera.
Se acerca.
Abre la puerta.
El aire frío sale de golpe.
Se estremece.
- Está helado.
Yo no me muevo.
- Entra un momento.
Niega.
- No.
Mi voz baja.
Más firme.
- Solo un momento.
Algo cambia.
Ella lo siente.
Lo sé.
Pero ya es tarde.
- Rápido.
Entra.
Da dos pasos.
Mira alrededor.
Y en ese instante…
Cierro la puerta.
El sonido retumba en todo el lugar.
Seco.
Final.
- ¡Oye!
Golpea de inmediato.
- ¡Ábreme!
Me quedo ahí.
Escuchando.
- ¡No juegues!
Los golpes aumentan.
- ¡Hace frío!
Apoyo la mano en la puerta.
Siento la vibración de sus golpes.
Su desesperación.
- ¿Te acuerdas de mí?
Silencio.
Luego.
- ¿Qué dices?
Me acerco más.
- Mírame bien.
Respira agitada.
- ¿Quién eres?
Cierro los ojos un segundo.
Y luego…
- Soy Daniela.
El silencio se rompe.
- No…
Su voz cambia.
- Tú… tú estás muerta…
- Sí.
Aprieto la puerta.
- Pero volví.
Empieza a golpear más fuerte.
- ¡Sácame!
Su respiración se corta.
- ¡No puedo!
El frío ya la está atrapando.
- ¡Por favor!
La escucho temblar.
Su voz ya no es la misma.
- Perdón…
Abro los ojos.
- Yo también pedí ayuda.
Se desliza contra la puerta.
Lo sé.
Lo siento.
- Tengo frío…
Sus golpes se vuelven débiles.
- Ayúdame…
Pero no hay nadie.
Nunca hubo nadie.
El tiempo pasa lento.
Muy lento.
Hasta que…
Nada.
Silencio.
Retiro la mano.
Respiro.
- Cinco.
Me alejo.
Tomo el trapeador.
Y salgo.
Como siempre.
Invisible.
Horas después…
El grito.
- ¡Aquí!
Corren.
Abren la puerta.
El cuerpo cae.
Frío.
Duro.
Sin vida.
La escuela vuelve a romperse.
Gritos.
Llanto.
Desorden.
Todo mezclado.
Yo estoy ahí.
Mirando.
Callado.
Como siempre.
Pero esta vez...
Alguien me ve.
- Usted.
Levanto la mirada.
La psicóloga.
Licenciada Herrera.
Sus ojos no se apartan de mí.
No parpadea.
No duda.
- Necesito hablar con usted.
Asiento.
Tranquilo.
Caminamos.
Un pasillo vacío.
Silencio.
Ella se detiene.
Cruza los brazos.
- Usted ha estado cerca de todos.
La miro.
- Trabajo aquí.
- Siempre cerca.
Su voz no tiembla.
- ¿Vio algo extraño?
Niego.
- No.
Se acerca.
Un paso.
- ¿Está seguro?
La miro a los ojos.
- Sí.
Pero ella no se mueve.
No se convence.
Lo veo.
Lo siento.
Ella piensa.
Ella une cosas.
- Esto no es normal.
Silencio.
- Cinco estudiantes del mismo grupo.
Pausa.
- Y usted… siempre presente.
Aprieto el trapeador.
- Alguien tiene que limpiar.
Sus ojos siguen fijos.
- Sí.
Pausa.
- Eso mismo pensé.
Se gira.
Pero antes de irse…
- Voy a seguir investigando.
La veo alejarse.
Y por dentro.
Algo cambia.
Ya no es solo venganza.
Ahora.
Es juego.
Esa noche no duermo.
No por miedo.
Eso ya no existe.
Sino porque ahora debo pensar.
Debo calcular.
Estoy levantando sospechas.
Y no puedo fallar.
- Tengo que ser más cuidadosa.
Tres días.
Espero tres días.
Sin hacer nada.
Sin mirar.
Sin actuar.
Como si todo hubiera terminado.
Pero no.
Nunca termina.
El tercer día.
Vuelvo.
El pasillo está tranquilo.
Saco el papel.
Lo miro.
Lo aprieto.
Y lo dejo caer.
Justo donde ella pasará.
La sexta.
Ella camina distraída.
No me ve.
Nadie me ve.
Hasta que se detiene.
Mira el papel.
Duda.
Se agacha.
Lo toma.
Lo abre.
Sus ojos se mueven rápido.
Lee.
Su respiración cambia.
Traga saliva.
Mira alrededor.
Pero no ve nada.
No ve a nadie.
Solo el mensaje.
Sube al segundo piso.
Después de la salida.
Sola.
Desde el fondo del pasillo.
La observo.
Y sonrío.
- Nos vemos pronto.