Qué hacer cuando se supone que el día más feliz de tu vida se convierte en un infierno?
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Lo que empieza a doler
La luna de miel en las Bahamas llegó a su fin, dejando tras de sí un rastro de botellas vacías y un silencio que cortaba más que el aire acondicionado del jet privado de regreso a Florida. Para el mundo exterior, para los empleados del hotel y los turistas que poblaban las redes sociales, Samira Johnson y su enigmático esposo habían vivido un idilio apasionado.
Sin embargo, la realidad era una coreografía de humillación y vigilancia.
Samira se había dedicado a castigarse a sí misma a través de los demás. Había bebido hasta perder la cuenta de las horas, había bailado sobre mesas de madera húmeda por el mar y, en un intento desesperado por sentir algo que no fuera vacío, se había dejado besar por extraños en las sombras de los clubes nocturnos. Cada beso ajeno era un dardo lanzado hacia la sombra que siempre la acechaba; quería que Dominic reaccionara, que la tomara del brazo, que reclamara su "propiedad".
Pero Dominic no le dio el gusto.
Él se había convertido en un experto en la invisibilidad protectora. Mientras Samira se desmoronaba en la pista de baile, él permanecía en la periferia, silencioso y letalmente atractivo, interviniendo solo lo justo para que las manos de otros hombres no pasaran de lo permitido o para que los paparazzi no obtuvieran la fotografía que destruiría el apellido Johnson.
—Es el hombre más increíble que he visto —susurraban las huéspedes del hotel cuando los veían cruzar el vestíbulo al amanecer—. Míralo, ella apenas puede sostenerse y él la lleva con esa paciencia... es un caballero.
Dominic siempre estaba un paso detrás de ella. Cuando Samira llegaba pasada de copas, con el rímel corrido y el orgullo hecho pedazos, él no la regañaba. Simplemente la sostenía por la cintura con una firmeza que no permitía discusión, pagaba las cuentas que ella dejaba abiertas y la conducía hasta el ascensor.
Para las chicas que suspiraban al verlo pasar, Dominic Williams —o "Antuan", como todos lo llamaban— era el epítome de la devoción. Veían a un hombre atractivo, de mandíbula marcada y ojos color miel que, a pesar de los insultos que Samira le lanzaba en voz baja en el elevador, nunca perdía la compostura. No sabían que esa atención no nacía del romance, sino de un sentido del deber tan rígido como el acero de los Schmeichel.
—¿Por qué lo haces? —le preguntó ella una de esas noches, con la voz pastosa, mientras él la ayudaba a sentarse en el borde de la cama para quitarle los zapatos—. ¿Por qué dejas que te trate así frente a todos? Me he besado con otros, Dominic. Me han tocado. ¿No te molesta?
Dominic se arrodilló frente a ella, desabrochando con calma las correas de sus sandalias. No la miró a los ojos.
—Mi enojo o mi orgullo no están en el contrato, Samira —respondió él con una voz tan plana que helaba la sangre—. Mi trabajo es que llegues entera a Orlando. Lo que hagas con tu boca o con tu cuerpo mientras no destruyas la farsa frente a las cámaras, es tu problema.
—Eres una máquina —escupió ella, intentando apartar el pie de un tirón—. No tienes sangre en las venas.
—Tengo la suficiente para saber que, de los dos, yo no soy el que está rogando por atención en brazos de desconocidos —replicó él, levantándose y dejando los zapatos perfectamente ordenados—. Mañana sale el vuelo a las nueve. Intenta no estar ebria para la prensa en el aeropuerto.
Dominic salió de la habitación sin mirar atrás. Samira se quedó sola, rodeada del lujo que tanto odiaba, escuchando el eco de las risas de las mujeres en el pasillo que deseaban tener a un marido como el suyo.
Qué ironía. Todo el mundo envidiaba su matrimonio, sin saber que ella estaba casada con un hombre que la cuidaba como a un objeto valioso, pero que la miraba como si fuera un error que estaba obligado a corregir.
La luna de miel terminó, y con ella, la ilusión de que el Caribe lavaría sus pecados. Regresaban a Orlando, al ojo del huracán, donde la farsa tendría que ser aún más perfecta, y donde el silencio entre ellos prometía volverse una tormenta mucho más destructiva que cualquier huracán del Atlántico.