Anna despierta en el cuerpo de Adalia Mordrith, una noble comprometida con el hermano menor del emperador tirano.
En la historia original, Adalia estaba destinada a morir traicionada y ejecutada por su propio esposo, manipulado por su ambiciosa concubina.
Decidida a cambiar su destino, Anna solo quiere una cosa: romper el compromiso y escapar antes de que la tragedia vuelva a alcanzarla.
Pero el imperio no es tan fácil de burlar.
El emperador Azrael Thorne es frío, implacable y temido por todos. Un hombre cuya sola mirada puede condenar a cualquiera. Exactamente el tipo de persona al que Adalia debería evitar.
Y, sin embargo, por una razón que nadie puede explicar… él puede escuchar sus pensamientos.
En un imperio donde una sola palabra del emperador decide la vida o la muerte,
él escucha lo que nadie más puede oír.
Cuando ella entra a su vida, no imagina que su mente es un libro abierto para el tirano más temido del imperio.
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Capítulo 8
En el marquesado, mientras la música y las conversaciones llenaban el gran salón del palacio imperial, el ambiente era muy distinto.
Beatriz caminaba de un lado a otro de la sala del carruaje con el rostro rojo de ira, apretando su abanico con tanta fuerza que parecía a punto de romperlo.
—¡Esa niña insolente! —exclamó con rabia—. ¿Cómo se atreve a irse antes que nosotros?
Silas estaba de pie cerca de la ventana, con el ceño profundamente fruncido.
—No solo eso —gruñó—. Se llevó el carruaje familiar.
Casper, recostado con pereza contra la pared, soltó una risa burlona.
—Nunca pensé que la estúpida tuviera tanto coraje.
Beatriz lo miró indignada.
—¡Nos obligó a usar el carruaje del servicio! ¿Tienes idea de lo humillante que es eso?
Silas golpeó la mesa con el puño.
—Cuando lleguemos al palacio, hablaré con ella.
Beatriz apretó los labios.
—No. Esta vez no se irá tan fácil.
El trayecto al palacio estuvo lleno de maldiciones, reproches y quejas. Ninguno de los tres dejó de culpar a Adalia ni un solo momento.
Cuando finalmente llegaron al gran salón del banquete, apenas bajaron del carruaje comenzaron a buscarla entre la multitud.
No tardaron mucho en encontrarla.
Adalia destacaba incluso entre la nobleza. El vestido carmesí oscuro abrazaba su figura con elegancia, y su postura segura hacía que pareciera completamente diferente a la joven tímida que todos recordaban.
Beatriz frunció el ceño.
—Ahí está.
Los tres caminaron hacia ella con paso rápido.
Adalia los vio venir desde lejos. Sus rostros llenos de furia eran tan evidentes que casi resultaban cómicos.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
Casper fue el primero en llegar. Sin ninguna delicadeza le agarró el brazo con fuerza.
—Tú—
Pero no pudo terminar.
En ese mismo instante, la voz del vocero resonó con fuerza en todo el salón.
—¡Su Majestad Imperial, Azrael Thorne, emperador de Valthorne!
La música se detuvo.
Las conversaciones murieron.
Toda la nobleza se inclinó inmediatamente en una profunda reverencia.
Las enormes puertas del salón se abrieron.
El emperador entró.
Su presencia era imponente. Alto, elegante, con una aura fría que parecía llenar el salón entero. Caminó con calma hacia el trono elevado al fondo de la sala, como si todo aquello le resultara completamente indiferente.
Cuando llegó, se sentó con naturalidad, cruzando una pierna sobre la otra mientras observaba a todos con una mirada tranquila… pero intimidante.
—Pueden levantarse.
La voz grave recorrió el salón con autoridad absoluta.
Adalia se levantó junto con todos los demás.
Aprovechó ese momento para intentar alejarse de sus tíos.
Pero su suerte no estaba de su lado.
Silas la vio.
La agarró del brazo con fuerza.
—¿A dónde crees que vas?
Antes de que pudiera responder, la arrastró hacia otro grupo cercano.
Allí estaba Godric.
Y, como siempre, Morgana estaba colgada de su brazo como una sanguijuela elegante.
Silas adoptó inmediatamente una expresión servil.
Hizo una reverencia exagerada.
—Alteza.
Adalia ya tenía una expresión de evidente fastidio.
Morgana la miraba con una mezcla de irritación y desprecio.
Mientras tanto, algunos nobles seguían acercándose al trono para presentar sus respetos al emperador.
Adalia apenas había podido verlo cuando entró.
Godric la agarró del brazo con brusquedad.
—Compórtate —murmuró con frialdad—. No vayas a decir alguna estupidez delante de mi hermano.
Morgana sonrió con burla.
—Sí… sería terrible que tartamudearas frente a su majestad.
Adalia respiró profundamente.
Ya sentía que su paciencia estaba al borde del colapso.
Silas los condujo hacia el trono.
Todos hicieron una reverencia profunda ante el emperador Azrael Thorne, soberano absoluto del Imperio de Valthorne.
Cuando Adalia levantó la cabeza…
Se quedó sin palabras.
Ante ella estaba, sin exagerar, el hombre más atractivo que había visto en su vida.
Alto.
Elegante.
Con una presencia que imponía silencio incluso sin hablar.
Sus ojos ambar eran fríos, penetrantes… peligrosos.
Y en su mente apareció un pensamiento inmediato.
"Por todos los cielos…
Este hombre está como el médico lo recetó."
Azrael, que hasta ese momento había estado completamente aburrido desde que comenzó el banquete, frunció ligeramente el ceño.
Acababa de escuchar algo.
Una voz.
Pero nadie había hablado.
"No, espera… ¿qué demonios estás pensando? Ese es el tirano sangriento del imperio."
Azrael entrecerró los ojos.
¿Tirano sangriento?
La voz seguía ahí.
Pero igual… maldito sea… qué cara, qué cuerpo…
"¿Quién diseñó a este hombre?"
El emperador giró lentamente la mirada hacia el pequeño grupo frente a él.
Godric habló primero.
—Saludos, hermano.
Morgana inclinó la cabeza con una sonrisa perfectamente calculada.
—Saludos, su majestad. Es un honor contar con su solemne presencia esta noche.
La voz en su cabeza volvió.
"Ugh… qué empalagosa"
Azrael levantó ligeramente una ceja.
Ahora estaba seguro.
La voz venía de la joven que estaba al lado de su hermano.
Godric empujó ligeramente a Adalia hacia adelante.
—Habla.
Adalia hizo una reverencia impecable.
—Es un honor saludar a su majestad imperial. Que su reinado continúe trayendo prosperidad al imperio.
Su voz fue perfecta.
Elegante.
Educada.
Pero en su mente…
"La descripción de la novela se quedó cortísima.
Este hombre debería venir con advertencia."
Azrael parpadeó lentamente.
¿Qué demonios estaba pasando?
¿La prometida de su hermano… estaba pensando esas cosas sobre él?
"Dios… si sigue frunciendo el ceño así se va a arrugar antes de los cuarenta."
Azrael frunció el ceño más fuerte.
El emperador se quedó completamente quieto.
Por primera vez en toda la noche…
el banquete dejó de ser aburrido.
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