Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."
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Capítulo 5: La Fragilidad del Oro (Corregido)
La luz del sol se filtraba por los ventanales blindados de la suite principal en la cima de la Torre Ra, iluminando la Ciudad de Oro que se extendía hasta el horizonte. Pero para Amara, esa claridad era cruel; solo servía para mostrar los restos de la noche anterior. El aire acondicionado zumbaba con un ritmo monótono, enfriando el aroma a incienso y rosas que ahora se sentía rancio.
Amara despertó con una sensación de pesadez que le oprimía el pecho. Cuando intentó moverse, un dolor agudo y punzante recorrió su cuerpo, naciendo en su vientre y extendiéndose hacia sus piernas. Soltó un gemido ahogado y volvió a cerrar los ojos, deseando que todo fuera una pesadilla. Pero el tacto de las sábanas de seda de mil hilos, ahora arrugadas y manchadas, le recordaba la realidad: ya no era la niña que soñaba con escapar. Era la esposa del Faraón, y el precio de su corona había sido su inocencia y su espíritu.
Tenía la mejilla inflamada, un recordatorio palpitante de la bofetada de Maximilian. Pero lo que más le dolía no era la piel, sino la humillación de haber sido tomada como una propiedad, como un objeto que se reclama tras una subasta exitosa.
Escuchó el siseo suave de las puertas automáticas. Tres sirvientas, vestidas con uniformes de lino gris y con la mirada baja, entraron en la habitación. No hablaban. Se movían como sombras, llevando palanganas de plata con agua tibia, esencias de loto y toallas de algodón egipcio.
—Señora… —susurró la más joven, una chica llamada Layla que apenas se atrevía a mirarla—. El señor Al-Mansur nos ha ordenado asistirla. Él… él dice que necesita reposo absoluto.
Amara no respondió. Se quedó inmóvil mientras las mujeres, con una delicadeza que rayaba en la piedad, la ayudaban a incorporarse. El dolor la hizo jadear de nuevo. Layla la sostuvo con suavidad, ayudándola a llegar al baño de mármol negro. Cada paso era un suplicio; sus músculos estaban rígidos, adoloridos por la fuerza bruta de un hombre que no supo medir su propia potencia.
En la bañera, el agua tibia con sales calmantes le devolvió un poco de aliento, pero las lágrimas empezaron a caer en silencio, mezclándose con el agua. Las sirvientas lavaron su cuerpo con esponjas naturales, tratando de no tocar las marcas que los dedos de Maximilian habían dejado en sus hombros y muñecas. No había palabras de consuelo que pudieran borrar el rastro de esa noche.
—El médico ha dicho que debe permanecer en cama al menos tres o cuatro días —dijo Layla mientras la ayudaba a ponerse un camisón de seda blanca, ligero como una nube—. Sus heridas… necesitan tiempo para sanar.
Cuando la recostaron de nuevo en la cama, que ahora tenía sábanas limpias y frescas, Amara se sintió como una muñeca de porcelana rota que habían pegado con pegamento de oro.
Maximilian no entró en la habitación esa mañana. Se quedó al otro lado de la puerta de madera tallada, escuchando los sollozos ahogados de su esposa. Estaba vestido con una túnica de seda gris, con su barba perfectamente marcada y su cabello despeinado, pero sus ojos café estaban nublados por una culpa que no sabía cómo procesar. En su mano, sostenía un brazalete de oro macizo con un escarabajo de esmeralda, otro regalo, otra joya para intentar comprar un perdón que sabía que no merecía.
Él, que había construido ciudades y dominado mercados, se sentía ahora como un mendigo frente a la puerta de su propia habitación. La revelación de la virginidad de Amara lo había golpeado como un rayo. Él esperaba encontrar a una mujer que lo había traicionado con otro, pero encontró a una niña que solo buscaba amor y que él había reclamado con violencia.
—¿Cómo está ella? —preguntó Maximilian cuando las sirvientas salieron.
—Está muy adolorida, señor —respondió la jefa de servicio, con una seriedad que lo hizo flaquear—. Tiene fiebre y apenas puede moverse. Necesitará cuidados constantes y mucho descanso. El alma también está herida, señor Al-Mansur.
Maximilian apretó el brazalete hasta que el metal se hundió en su palma.
—Díganle que no la molestaré. Que descanse. Que pida lo que quiera… cualquier cosa en el mundo.
—Ella no pide nada, señor. Solo guarda silencio.
Ese silencio fue el castigo más grande para Maximilian. Durante los siguientes tres días, la Torre Ra se convirtió en un mausoleo. El CEO no viajó, no fue a su oficina, no atendió llamadas. Se quedó en la suite contigua, vigilando desde las sombras, enviando las comidas más exquisitas que Amara apenas probaba.
Al cuarto día, cuando Amara pudo finalmente sentarse en un diván cerca del ventanal, Maximilian se atrevió a entrar. Caminó con paso lento, perdiendo por un momento esa seguridad de rey. Amara no se giró. Seguía mirando el horizonte, donde el sol se reflejaba en los cristales de la ciudad que ahora era su cárcel.
—Amara… —su voz sonó ronca, cargada de una emoción que ella no quería reconocer.
—Dario —fue lo único que ella dijo, sin mirarlo—. ¿Dónde está? ¿Lo mataste?
Maximilian se tensó. El nombre del empleado seguía siendo una espina en su orgullo, pero la fragilidad de Amara en ese momento lo obligó a ser sincero.
—Está vivo. Lo envié a una de mis plataformas petroleras en el Mar del Norte. Tiene prohibido regresar a este continente. Si intenta contactarte, o si tú intentas buscarlo, entonces sí me aseguraré de que desaparezca para siempre.
Amara cerró los ojos y una sola lágrima rodó por su mejilla canela.
—Me quitaste todo, Maximilian. Mi libertad, mi amor, mi cuerpo… ¿Qué más quieres de mí? ¿Mi alma? Esa ya está muerta.
Maximilian se acercó y dejó el brazalete de esmeralda sobre la mesa de cristal al lado de ella.
—Quiero que entiendas que el mundo es un lugar peligroso, Amara. Yo soy el único que puede mantenerte a salvo, incluso de ti misma.
—Me siento más en peligro en tus brazos que en cualquier otro lugar del mundo —respondió ella con una voz gélida.
Maximilian quiso tocar su cabello, quiso pedirle perdón, pero sus manos grandes se quedaron en el aire, temblando ligeramente. Se dio cuenta de que podía comprarle todas las esmeraldas del mundo, podía darle ciudades enteras, pero mientras ella lo mirara con ese vacío en los ojos, él seguiría siendo el hombre más pobre del imperio.
Salió de la habitación sin decir nada más, dejando a su reina de cristal sola con su dolor, mientras abajo, en la ciudad, los preparativos para su primera aparición pública como esposos ya habían comenzado. Maximilian estaba decidido a que el mundo viera una pareja perfecta, aunque por dentro, su palacio estuviera en ruinas.