Dieciocho años han pasado desde que un collar de luna y un león de ónix sellaron un destino en la terraza de la Torre Vane. Lo que comenzó como una conexión infantil en medio de una guerra de mafias, se ha transformado en algo mucho más oscuro y complejo.
Aria Vane ya no es la bebé que buscaba refugio en los brazos de Eithan Smirnov. Ahora es una mujer con la inteligencia gélida de su padre, Killian, y la belleza indomable de su madre, Elara. Pero para Eithan, el heredero de la Bratva italiana, ella sigue siendo su única prioridad, su "Luna". Y el León está listo para reclamar su trono.
Tercera parte de:
__Mis hijos hackearon al CEO
__Heredero del pecado
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Capítulo 22: El Ala de Seguridad Máxima y el Síndrome del Abuelo Loco
El despertar de Killian Vane no fue poético. No hubo música suave ni un despertar lento. Abrió los ojos de golpe en el sofá del salón principal, rodeado de toda la familia que lo observaba con una mezcla de diversión y lástima. Elara le pasaba un pañuelo con alcohol por la nariz, mientras Damián Smirnov se servía un coñac con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.
—¿Sigue vivo el abuelito? —preguntó Vera, asomándose por encima del hombro de su padre con un balde de palomitas.
—¿Dónde está? —fue lo primero que rugió Killian, sentándose de un salto y apartando la mano de Elara—. ¡¿Dónde está el responsable de esta duplicación ilícita de personal?! ¡Smirnov! ¡Ven aquí ahora mismo!
Ethan, que estaba sentado junto a Aria en el otro sofá, acariciándole el cabello con una devoción que solo hacía enfurecer más a Killian, levantó la mano como si estuviera en clase.
—Aquí estoy, Killian. Y antes de que saques el arma, recuerda que Aria necesita que yo esté vivo para que le traiga el helado de pistacho con aceitunas que acaba de pedir.
Killian se pasó las manos por la cara, tratando de procesar la realidad.
—Dos. No uno. Dos. ¡Aria, hija mía, vas a tener dos pequeñas bestias rusas corriendo por mis pasillos! —Killian se puso de pie y empezó a caminar en círculos, gesticulando de forma frenética—. ¡Esto es un complot de la Bratva para invadir mi casa desde dentro! ¡Damián, tú planeaste esto! ¡Sabías que el gen de los gemelos Smirnov era contagioso!
—¡Killian, por Dios, es genética, no una conspiración internacional! —rió Damián, chocando su copa contra la de un Mijail que también disfrutaba del espectáculo—. Además, mira el lado bueno: uno puede ser el jefe de la Bratva y el otro el jefe de los Vane. Problema resuelto.
—¡Sobre mi cadáver! —exclamó Killian—. ¡Edans! ¡Evans! ¡Traigan los planos de la mansión! ¡AHORA!
Lo que siguió en las siguientes tres horas fue la demostración más clara de que Killian Vane había perdido el juicio. Los gemelos Vane, obligados por su padre, desplegaron planos holográficos en la mesa del comedor. Killian, con un marcador rojo en la mano, empezó a trazar líneas divisorias por toda la propiedad.
—A ver, pongan atención —dijo Killian, señalando el ala este—. Esta sección de la casa será declarada "Zona Neutral de los Vane". Aquí vivirán los bebés. El acceso de Ethan Smirnov estará restringido a tres horas diarias, previa cita y bajo supervisión de francotiradores.
—¿Francotiradores para ver a mis propios hijos? —preguntó Ethan, cruzándose de brazos—. Killian, ¿no crees que te estás pasando un poco?
—¡Es por seguridad nacional, Smirnov! —respondió Killian sin mirarlo—. Y aquí, en el pasillo que conecta con tu habitación, vamos a instalar una esclusa de desinfección. No quiero que el olor a mafia rusa contamine el aire puro de mis nietos. ¡Evans! ¿Podemos poner un escáner de retina que solo se active si la persona no tiene apellido Smirnov?
—Papá, técnicamente los bebés van a ser Smirnov —dijo Evans, tratando de no reírse mientras tecleaba en su tablet—. El sistema se bloquearía a sí mismo.
—¡Entonces cambia el algoritmo! —gritó Killian—. ¡Ponles el apellido de su abuelo! ¡Vane-Smirnov! ¡O mejor, solo Vane y que Ethan pague la pensión alimenticia desde el sótano!
Mientras Killian diseñaba su fortaleza, Aria empezó a experimentar el poder de las hormonas multiplicadas por dos. De un momento a otro, pasó de la risa al llanto desconsolado.
—¡Es que nadie me entiende! —sollozó Aria, tapándose la cara con un cojín—. ¡Mi papá quiere poner a mis hijos en una cárcel de cristal y Ethan solo se queda ahí sentado pareciendo un modelo de revista!
—¡Luna, no llores! —Ethan saltó del sofá, entrando en pánico—. Haré lo que quieras. ¿Quieres que queme los planos de tu padre? ¿Quieres que le dispare al holograma? Solo dime qué necesitas.
—¡Quiero el queso! —gritó Aria entre sollozos—. ¡El queso francés de la bodega que mi papá me prometió! ¡Y quiero que Killian me lo traiga en un plato de oro mientras me pide perdón por ser tan dramático!
Killian se detuvo en seco, con el marcador rojo a medio camino de dibujar una torre de vigilancia en el jardín. Miró a su hija llorando y su corazón de hierro se derritió instantáneamente.
—¡Ya voy, mi vida! ¡Ya voy! —Killian tiró el marcador y salió corriendo hacia la bodega, tropezando con una alfombra en el camino—. ¡Evans, cancela la torre de vigilancia! ¡Traigan el oro! ¡Traigan las galletas! ¡Aria, no llores que se me rompe el alma.
Una vez que Aria fue calmada con el queso (servido por un Killian que todavía tenía la cara manchada de lodo de su aventura en la selva, porque se negaba a bañarse hasta que la seguridad estuviera lista), la competencia de los abuelos se intensificó.
Damián Smirnov regresó de su auto cargando dos cajas enormes envueltas en papel de seda negro con escudos dorados.
—Como son dos —dijo Damián, mirando a Killian con suficiencia—, he decidido que necesitan su primer transporte.
Damián abrió las cajas. Eran dos réplicas exactas en miniatura de un Lamborghini Aventador, pero con una modificación: los asientos eran de cuero de lobo siberiano y tenían pequeños compartimentos ocultos para "biberones tácticos".
—¡¿Coches?! —bufó Killian—. ¡Damián, son fetos! ¡Ni siquiera tienen orejas formadas y ya quieres que conduzcan!
—Es para que se acostumbren a la velocidad de la Bratva —respondió Damián—. Además, tienen control remoto. Ethan puede conducirlos desde su teléfono mientras Aria descansa.
—¡Pues yo les compré esto! —Killian sacó una caja de madera de roble—. Son dos dagas ceremoniales con empuñadura de esmeralda. Una para cada uno. Para que aprendan a defenderse de los pretendientes antes de que aprendan a caminar.
—¡Killian! —exclamó Elara—. ¡Son bebés, no gladiadores!
En la esquina del salón, Vera, Nadia, Evans y Edans estaban en su propio mundo. Habían formado un círculo secreto y estaban revisando una tablet.
—A ver —susurró Nadia—. Si son dos, significa que uno se parecerá a Ethan y el otro a Aria. Tenemos que empezar a programar los drones de vigilancia de la guardería para que diferencien entre el "Leoncito" y la "Lunita".
—Yo ya estoy diseñando una inteligencia artificial que aprenda sus llantos —añadió Evans—. Si el Bebé A llora, el sistema suelta música clásica. Si el Bebé B llora, suena el himno nacional de Rusia para ver si Ethan se pone firme por instinto.
—Y yo —dijo Vera con una sonrisa maliciosa— ya hice una apuesta en el mercado negro de la mafia. Las apuestas están 3 a 1 a que Killian termina siendo el que le cambia los pañales mientras les cuenta historias de cómo mató a los Forrest, mientras los bebés le tiran del pelo.
—¡Acepto esa apuesta! —dijo Edans—. Yo digo que Killian se desmaya de nuevo cuando vea el primer pañal sucio. Dice que la sangre no le da asco, pero los bebés son "sustancias biológicas impredecibles".
Finalmente, la noche cayó sobre la mansión. Killian se había quedado dormido en un sillón, con los planos de la "sección de seguridad" sobre el pecho. Damián y los demás se habían retirado a sus respectivas alas de la casa, dejando a la pareja a solas.
Ethan llevó a Aria a la cama, ayudándola a acomodarse entre una montaña de almohadas que Killian había insistido en comprar porque "el colchón normal es demasiado duro para herederos gemelos".
—¿Estás asustado? —preguntó Aria, tomando la mano de Ethan y poniéndola sobre su vientre, donde apenas se sentía un ligero calor.
Ethan la miró a los ojos, y por un momento, toda la arrogancia del líder de la Bratva desapareció.
—Estoy aterrorizado, Aria —confesó él con sinceridad—. Puedo enfrentarme a un ejército, puedo desactivar una bomba, pero... ¿dos versiones pequeñas de ti y de mí? Eso es un poder que no sé si puedo manejar.
—Lo haremos juntos —sonrió Aria—. Y con mi papá vigilando desde el techo con un rifle, estoy segura de que nadie se atreverá a hacernos daño.
Ethan se rió, besando la frente de su esposa.
—Eso es seguro. Solo espero que los niños no hereden el mal genio de Killian... o terminaremos viviendo en una zona de guerra permanente.
Justo en ese momento, desde el pasillo, se escuchó un ruido metálico.
—"¡Smirnov! ¡Te escuché! ¡Aleja tu mano de la barriga, que el calor corporal excesivo puede alterar el sueño de mis nietos! ¡Usa un termómetro!" —gritó Killian desde su habitación, demostrando que incluso dormido, su instinto de suegro psicópata seguía activo.
Ethan suspiró, apagó la luz y abrazó a Aria. La aventura de la paternidad en la Dinastía no iba a ser tranquila, pero sin duda, iba a ser la historia más salvaje jamás contada.