La lluvia caía suavemente sobre los ventanales de la mansión Torres.
Liliana Pérez estaba sentada en la sala principal, con las manos entrelazadas sobre su regazo. La luz tenue de la lámpara iluminaba su rostro tranquilo, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.
Habían pasado cinco años desde que se convirtió en Liliana Torre..
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La casa de mi esposo por contrato...
Liliana estaba sentada en el asiento del pasajero, mirando por la ventana mientras las calles pasaban lentamente frente a sus ojos.
En su mano aún sostenía las llaves.
Pequeñas.
Frías.
Pero extrañamente pesadas.
Porque no eran solo unas llaves.
Eran la prueba de que su vida acababa de cambiar.
Dominic conducía con tranquilidad, como si todo fuera normal.
Como si no acabara de casarse con una mujer con la que apenas tenía una relación cordial.
Liliana finalmente habló.
—¿Siempre haces esto?
Dominic no apartó la vista del camino.
—¿Esto qué?
—Casarte como si fuera una reunión de negocios.
Dominic respondió con calma.
—Es más eficiente.
Liliana lo miró con incredulidad.
—Definitivamente eres el hombre menos romántico del mundo.
Dominic soltó una pequeña risa.
—No contrataste romanticismo.
—No te contraté.
—Firmaste el contrato.
Liliana cruzó los brazos.
—Eso fue un error.
Dominic estacionó el auto frente a un enorme portón negro.
—Todavía puedes arrepentirte.
Liliana frunció el ceño.
—¿Hablas en serio?
Dominic presionó un botón.
El portón comenzó a abrirse lentamente.
—Siempre hablo en serio.
El auto avanzó.
Y Liliana se quedó completamente en silencio.
Porque lo que vio frente a ella no era una casa.
Era una mansión.
Enorme.
Elegante.
De paredes blancas y grandes ventanales que reflejaban la luz del atardecer.
Un jardín perfectamente cuidado rodeaba la propiedad.
El camino de entrada parecía interminable.
Liliana miró a Dominic.
—¿Vives aquí… solo?
Dominic respondió con total naturalidad.
—Sí.
—¿Solo?
—Sí.
Liliana negó con la cabeza.
—Esto es ridículo.
Dominic estacionó frente a la entrada principal.
—¿Por qué?
—Porque esta casa parece hecha para veinte personas.
Dominic salió del auto.
—Solo vive una.
Liliana también bajó.
Miró la mansión otra vez.
—Ahora dos.
Dominic caminó hacia la puerta principal.
—Ahora dos.
Cuando entraron, Liliana sintió que sus pasos resonaban en el enorme vestíbulo.
El interior era elegante.
Minimalista.
Todo estaba perfectamente ordenado.
Demasiado perfecto.
Demasiado silencioso.
Parecía una casa donde nadie realmente vivía.
Liliana caminó lentamente.
—No hay fotos.
Dominic dejó las llaves sobre una mesa.
—No me gustan.
—No hay decoración personal.
—No la necesito.
Liliana lo miró.
—Tu casa parece un hotel.
Dominic se quitó el saco.
—Eso la hace práctica.
Liliana suspiró.
—Eres imposible.
Dominic caminó hacia una escalera amplia.
—Te mostraré tu habitación.
Liliana levantó una ceja.
—¿Mi habitación?
Dominic se detuvo.
—Sí.
—Pensé que era tu esposa.
Dominic la miró.
—Lo eres.
Liliana cruzó los brazos.
—Entonces debería dormir contigo.
Dominic la observó en silencio unos segundos.
Liliana sintió que el ambiente cambiaba.
Dominic bajó lentamente un escalón.
Se acercó.
Quedaron a poca distancia.
Muy poca.
—Liliana.
—¿Sí?
—Nuestro contrato no incluye eso.
Liliana levantó el mentón.
—Lo sé.
Dominic bajó la voz.
—Entonces no provoques algo que no estás dispuesta a manejar.
El corazón de Liliana dio un pequeño salto.
—No te tengo miedo.
Dominic sonrió apenas.
—No dije que debieras tenerlo.
Luego se alejó y siguió subiendo las escaleras.
Liliana se quedó unos segundos en el lugar.
Su corazón latía un poco más rápido.
—Este hombre… —murmuró.
Luego lo siguió.
Dominic abrió una puerta.
La habitación era grande.
Elegante.
Con una enorme ventana que daba al jardín.
—Puedes usar esta.
Liliana entró.
—Es más grande que mi apartamento.
Dominic se apoyó en el marco de la puerta.
—Puedes redecorarla si quieres.
Liliana se giró hacia él.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Sin pedir permiso?
Dominic respondió con calma.
—Esta casa ahora también es tuya.
Liliana se quedó en silencio.
Esa frase fue inesperada.
Dominic se dio la vuelta.
—Hay una cena familiar en tres semanas.
Liliana frunció el ceño.
Dominic se dio la vuelta para irse, pero Liliana habló antes.
Dominic se detuvo en la puerta.
—Habla.
Liliana dudó un segundo.
Pero la pregunta salió de todos modos.
—¿Miguel estará allí?
El silencio cayó en la habitación.
Dominic no respondió de inmediato.
Primero cerró lentamente la puerta detrás de él.
Luego caminó hacia ella.
Despacio.
Demasiado despacio.
Cada paso parecía calculado.
Liliana sintió algo extraño en el aire.
Algo tenso.
Algo peligroso.
Dominic se detuvo frente a ella.
La miró fijamente.
Sus ojos ya no tenían la calma indiferente de antes.
Había algo más oscuro.
Más intenso.
—Ni siquiera llevamos dos horas casados… —dijo con voz baja.
Liliana frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué?
Dominic dio un paso más.
Ahora estaba demasiado cerca.
—Y ya estás preguntando por otro hombre.
Liliana sintió que su respiración se detenía un segundo.
—Yo solo pregunté si—
Dominic levantó una mano y la apoyó contra la pared, justo al lado de su cabeza.
El movimiento fue rápido.
Instintivo.
Ahora Liliana estaba acorralada entre la pared… y él.
Sus ojos se abrieron un poco más.
No esperaba eso.
—Dominic…
Pero él no se movió.
Se inclinó apenas hacia ella.
Lo suficiente para que su voz sonara más baja.
Más peligrosa.
—Entiende algo, Liliana.
Su mirada bajó un segundo hacia sus labios… y volvió a sus ojos.
—Miguel es mi hermano.
Una pausa.
—Y ahora tú eres mi esposa.
Liliana sintió que su corazón empezaba a latir más rápido.
—Esto solo es un contrato —dijo intentando mantener la calma.
Dominic sonrió apenas.
Pero esa sonrisa no era amable.
Era peligrosa.
—Lo sé.
Su voz bajó aún más.
—Pero incluso en un contrato… hay límites.
Liliana sostuvo su mirada.
—¿Y cuál es ese límite?
Dominic no respondió de inmediato.
Sus ojos la recorrieron un segundo.
Luego volvió a mirarla fijamente.
—No me gusta compartir lo que es mío.
Las palabras la dejaron completamente inmóvil.
Dominic se apartó finalmente.
Como si nada hubiera pasado.
Caminó hacia la puerta y la abrió.
—Descansa.
Liliana seguía apoyada contra la pared.
Impactada.
Dominic salió de la habitación.
Pero antes de cerrar la puerta dijo algo más.
—Y sí.
Hizo una pausa.
—Miguel estará en la cena.
La puerta se cerró.
Liliana soltó lentamente el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Qué fue eso…? —susurró.
Porque Dominic acababa de mostrar algo que ella no había visto antes.
No era solo frío.
No era solo calculador.
También podía ser peligrosamente dominante.
Y por primera vez desde que firmó aquel contrato…
Liliana empezó a preguntarse si realmente entendía con quién se había casado.