En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 7
Narrado por: Aura
—Llegas tarde —dijo, su voz resonando en el silencio del palacio.
—Estaba intentando no morir de frío en el pasillo —respondí, ajustando los guantes remendados que me había traído desde mi aldea—. ¿A dónde vamos exactamente?
—Abajo —señaló el suelo de hielo puro bajo sus botas—. A las Catacumbas de Escarcha. Es el único lugar de la Fortaleza donde las paredes son lo suficientemente gruesas para contener un estallido accidental de fuego sin que el palacio entero se derrumbe sobre nosotros.
—Qué tranquilizador. ¿Con cuánta frecuencia explota la gente por combustión espontánea?
—Nunca ha pasado, porque ninguna Sacrificada había tocado el ámbar puro antes —Caelum me dio la espalda y caminó hacia un muro sin puertas en el extremo este del salón. Apoyó la palma de su mano desnuda contra el hielo—. Atrás.
El muro crujió violentamente. Una grieta perfecta se formó en el centro y las dos mitades de la pared se deslizaron hacia los lados con un chirrido sordo, revelando un túnel oscuro que descendía en espiral. Un aire antiguo, que olía a hierro oxidado y a polvo de huesos, nos golpeó la cara.
—Camina cerca de mí —ordenó, entrando en la oscuridad. Las paredes del túnel comenzaron a brillar con una tenue luz azulada a medida que él avanzaba—. Si te separas, las sombras ciegas de las catacumbas podrían confundirte con un intruso de la Primera Era y despellejarte.
—Tomaré nota —dije, apresurando el paso para mantener mi hombro a escasos centímetros de su brazo.
Descendimos durante mucho tiempo. El silencio era absoluto, roto solo por el sonido de mis botas contra la piedra helada. Finalmente, el túnel se abrió a una caverna colosal. Me detuve en seco.
Las catacumbas no eran un cementerio de cuerpos, sino de armas. Espadas oxidadas, escudos partidos, lanzas de tres metros y armaduras abolladas estaban incrustadas en el hielo de las paredes, suelo y techo. Eran miles.
—¿Qué es todo esto, Caelum? —pregunté, acercándome a un yelmo coronado de oro que sobresalía de un pilar de escarcha.
—Los restos de los ejércitos que los Primeros Reyes enviaron para matarme después de que les cerré el paso hacia el Norte —respondió él, deteniéndose en el centro de la caverna, donde había un círculo de obsidiana pulida—. Creían que el fuego alquímico básico podría derretir mi dominio. Se equivocaron.
Me coloqué frente a él dentro del círculo negro.
—Bien. Estoy aquí. ¿Cómo enciendo la chispa?
Caelum suspiró, un sonido que formó cristales de nieve en el aire entre nosotros.
—El fuego del solsticio que corre por tus venas no es una herramienta, Aura. Es un parásito. Tienes la resonancia del Ámbar dentro de ti. Si intentas forzarlo a salir como si fuera magia común, hervirá tu sangre, quemará tus órganos y te convertirá en cenizas desde adentro.
—¿Y cómo evito convertirme en cenizas?
Él dio un paso adelante. Estaba tan cerca que tuve que inclinar la cabeza hacia arriba para mirarlo a los ojos, que brillaban como dos zafiros líquidos.
—Con esto —Caelum se quitó los guantes oscuros y los dejó caer al suelo. Sus manos eran largas, pálidas, y desprendían un frío que me erizó el vello de la nuca—. Quítate los guantes.
Lo hice, arrojándolos a un lado.
—Dame las manos —pidió.
Dudé un segundo, recordando la quemadura de hielo la primera vez que lo toqué en el patio, pero extendí los brazos. Él envolvió mis manos con las suyas. El impacto térmico me robó el aliento. Fue como sumergir los brazos en un lago congelado. Gemí, intentando retroceder.
—No te sueltes —ordenó, apretando su agarre—. Mi temperatura base evitará que te consumas. Seré tu regulador. Ahora, cierra los ojos.
Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes contra el dolor del frío.
—No busques la llama —su voz bajó de tono, convirtiéndose en un susurro áspero muy cerca de mi rostro—. Busca la herida. La chispa se activó con la ira y el terror que sentiste en el Ala Norte. Busca ese calor en la base de tu garganta y empújalo hacia tus manos.
Busqué. Ignoré el hielo de sus dedos y buceé en mi propio pecho. Recordé la estatua de la Diosa del Verano. Recordé a Elianne llorando en la plaza. Recordé el frasco roto de Maeve. Un nudo de calor intenso floreció detrás de mis costillas.
—Lo siento —susurré, jadeando—. Quema.
—No dejes que se quede en tu pecho. Empújalo, Aura. Haz que baje por tus brazos.
Empujé. El calor descendió como lava por mis hombros, codos y muñecas. En el instante en que el fuego interno chocó con el hielo absoluto de las manos de Caelum, un estallido de vapor siseó en la habitación.
Abrí los ojos. Una luz dorada y verde vibraba entre nuestras manos entrelazadas. No era fuego normal; parecía luz solar líquida. La temperatura de la caverna entera subió de golpe. El hielo de las paredes comenzó a gotear.
Caelum apretó la mandíbula. Su piel pálida estaba teñida por el resplandor de mi luz.
—Mantén el flujo constante —dijo él, con la voz tensa—. No lo sueltes de golpe.
—No puedo... —jadé, sintiendo que la energía empujaba contra mis límites—. ¡Es demasiado! ¡Me estás congelando y quemando al mismo tiempo!
—¡Puedes! —me gritó—. ¡Mírame, Aura! ¡Mírame a los ojos y no mires la luz!
Clavé mi mirada en sus ojos azules. El contraste era brutal. Estábamos conectados por una corriente de poder que amenazaba con destrozarnos a ambos. El vapor nos envolvía en una nube densa. Podía sentir la fuerza de su esencia tratando de aplastar mi fuego, y mi fuego luchando por derretirlo.
De repente, un sonido desgarrador resonó en la caverna. No fuimos nosotros.
Un crujido profundo, como el de un glaciar partiéndose a la mitad, hizo temblar el suelo bajo nuestras botas.
—¡Suéltalo! —ordenó Caelum.
—¡No sé cómo apagarlo!
Él tiró de mis manos hacia arriba y me soltó con violencia. La energía acumulada estalló hacia el techo en una columna de luz dorada. El impacto contra la bóveda de hielo desató una lluvia de esquirlas y agua hirviendo. Caelum me agarró por la cintura y me arrojó fuera del círculo de obsidiana, lanzándose sobre mí justo cuando un bloque de hielo del tamaño de un carruaje se estrellaba donde habíamos estado parados.
Caímos rodando sobre la escarcha. Él quedó encima de mí, protegiéndome de los escombros. Estábamos empapados, respirando agitadamente, nuestras caras a escasos centímetros.
—¿Estás entera? —preguntó, su respiración golpeando mis labios.
—Sí —tosí, empujando su hombro—. ¿Qué fue eso? ¿Hice estallar el techo?
—No fuiste tú —Caelum se levantó rápidamente, sus ojos fijos en la oscuridad más allá del montón de escombros de hielo—. Fue tu calor. Despertó algo.
Un rugido gutural y profundo rebotó en las paredes de la catacumba, haciendo vibrar las espadas oxidadas incrustadas en el hielo. Dos luces rojas, del tamaño de escudos de batalla, se encendieron en la penumbra.
—¿Qué es eso, Caelum? —me puse de pie, retrocediendo instintivamente.
—Un Engendro de la Primera Era —dijo él, extendiendo una mano hacia el vacío. Una lanza de hielo negro y aserrado se materializó en su agarre, solidificándose a partir de la humedad del aire—. Las armas de las paredes no son solo trofeos. Esta caverna era una prisión para las bestias que los Primeros Reyes trajeron para matarme. El hielo las mantenía dormidas.
La criatura avanzó hacia la luz. Era una monstruosidad pesadillesca. Parecía un lobo esquelético mezclado con una araña, compuesto enteramente de huesos petrificados, armaduras fundidas y hielo corrupto. Medía al menos cuatro metros de alto. Su aliento era una nube de gas venenoso y escarcha.
—¡Quédate detrás de mí! —gritó Caelum, girando la lanza con una habilidad letal.
—¡No me traigas a un entrenamiento si me vas a usar de adorno! —le grité de vuelta, intentando convocar de nuevo el fuego en mis manos. Solo logré producir un par de chispas verdes.
El Engendro saltó. La velocidad de la bestia era antinatural para su tamaño. Caelum interpuso la lanza de hielo negro, chocando contra las fauces de la criatura con una fuerza que desató una onda expansiva. El sonido del choque metálico me obligó a taparme los oídos.
—¡Su coraza está hecha de acero oscuro y magia de los Reyes! —bramó Caelum, deslizando sus botas hacia atrás por el peso del monstruo—. ¡Mi hielo no puede penetrarla por sí solo! ¡Necesito que fundas las uniones de su armadura!
—¡Acabas de decirme que si uso el fuego sola me mataré!
—¡Si no lo usas, esta cosa nos devorará a los dos! ¡Hazlo, Aura! ¡Solo canalízalo hacia afuera de golpe, como un latigazo!
El Engendro soltó un zarpazo que destrozó el hielo a centímetros del hombro de Caelum. El Dios del Invierno gruñó, empujando a la bestia hacia atrás con una ráfaga de viento helado, pero la criatura apenas retrocedió. Se preparaba para embestir de nuevo.
Corrí hacia el flanco del monstruo. El miedo latía en mis sienes, pero la furia lo ahogaba. Cerré los puños. No pienses en la llama, piensa en la herida.
—¡Oye, engendro! —grité.
La bestia giró su cabeza de cráneo y luces rojas hacia mí.
Empujé la energía desde mi pecho directamente hacia mis palmas. No intenté retenerla esta vez. La dejé salir como un grito. Un torrente de fuego verde y dorado estalló de mis manos, golpeando el costado del monstruo.
La criatura emitió un chillido agudo. El calor brutal de la chispa del solsticio chocó contra la vieja armadura de acero oscuro. El metal se al rojo vivo al instante, siseando y derritiéndose en las uniones de las patas y las costillas esqueléticas. El fuego me quemaba las palmas, un dolor agudo e insoportable subía por mis antebrazos, pero no dejé de empujar.
—¡Ahora, Caelum! —grité, sintiendo que la visión se me nublaba.
Caelum no perdió el segundo. Saltó impulsado por una plataforma de escarcha que creó bajo sus pies, elevándose por encima de la bestia. Con un grito que sonó como una avalancha furiosa, clavó su lanza de hielo negro directamente en el metal derretido que yo acababa de exponer en el lomo del monstruo.
La lanza atravesó la coraza ablandada y se hundió profundamente en el núcleo de la criatura.
Caelum soltó el arma y chasqueó los dedos.
El interior de la bestia se congeló de golpe. El Engendro se detuvo en seco, convertido en una estatua de hielo y metal fundido. Un segundo después, explotó en miles de pedazos de escarcha negra y chatarra, lloviendo por toda la caverna.
Caí de rodillas, tosiendo y abrazando mis brazos humeantes. Mis manos estaban enrojecidas, la piel sensible y palpitante por el sobreesfuerzo mágico.
Caelum aterrizó pesadamente frente a mí. Su respiración era errática. Se arrodilló a mi lado y tomó mis muñecas, no con la fuerza brutal de antes, sino con una suavidad inesperada. Su contacto helado fue el mejor analgésico del mundo.
—Mírate las manos —dijo él, sin soltarme.
Abrí los ojos, aún parpadeando por el sudor. Esperaba ver carne quemada, pero mis palmas estaban intactas. Tenían un leve brillo dorado bajo la piel que se estaba desvaneciendo lentamente.
—No me quemé por dentro —susurré, incrédula.
—Sobreviviste a la combustión —Caelum me miró a los ojos. En la penumbra de la catacumba iluminada solo por el hielo azul, su mirada ya no era la de un carcelero distante—. Tienes el fuego de la Diosa y la resistencia de una guerrera, Aura de Aethelgard.
—Hicimos un buen equipo —sonreí levemente, a pesar del agotamiento—. Hielo y fuego. El torniquete y la llama.
Él no apartó la mirada ni me soltó las manos.
—El Príncipe de la Primavera no sabe a lo que se enfrenta —murmuró él, y por primera vez, no sentí el frío absoluto en su voz, sino la promesa de una tormenta de la que yo formaba parte.