El Ducado de Valerius es conocido como la tierra del invierno eterno, y su gobernante, el gran Duque Cédric, como un hombre despiadado que combate a los monstruos de las fronteras con magia de hielo. Tras la muerte de su esposa, el ducado se volvió aún más frío, y su pequeño hijo, Theo, crece imitando la severidad de su padre, privado de toda infancia.
Por un antiguo pacto de sangre y gratitud, el Conde Kalen ofrece la mano de su amada hija, Alissa, una joven tímida pero rebosante de alegría y una sutil bendición de luz. Cédric acepta: él necesita una madre perfecta para su heredero, y ella desea proteger a su padre.
Alissa llega a un palacio gris decidida a cumplir una misión: devolverle la sonrisa al pequeño Theo y demostrarle que la calidez puede derretir incluso el hielo más grueso.
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CAPÍTULO 12: El refugio del norte y promesas bajo el balcón
El viaje de regreso al norte se sintió mucho más corto, impulsado por la firme determinación que ahora guiaba cada pensamiento de Alissa. En cuanto el carruaje cruzó los portones de hierro del ducado de Valerius, ella no esperó a que los sirvientes prepararan la recepción formal. Se quitó la pesada capa de viaje, se la entregó a una de las doncellas y caminó a paso rápido directamente hacia los jardines traseros, guiada por un sonido que hasta hace unos días era inexistente en ese lugar: una risa infantil, limpia y sonora.
Al asomarse al gran jardín, la estampa le caló hondo en el alma. Theo estaba corriendo sobre el césped, persiguiendo a uno de los cachorros de los guardias fronterizos. No llevaba el rígido jubón de cuero ni sostenía la pesada espada de madera; vestía una camisa cómoda de lino y sus mejillas estaban coloradas por el aire fresco y el esfuerzo del juego. El nuevo horario que Alissa había impuesto estaba dando sus frutos: el niño finalmente respiraba, finalmente vivía su infancia.
Al ver la absoluta pureza en la mirada de Theo y escuchar su risa resonar contra las paredes de piedra, Alissa apretó los puños ocultos entre los pliegues de su vestido. En su mente volvieron a resonar las crudas palabras del príncipe Christopher advirtiéndole sobre Elene. Un juramento silencioso y feroz nació en su pecho: esa mujer astuta y manipuladora de la capital jamás pondría un pie en este ducado para romper la paz de su hijo. Alissa no permitiría que nadie apagara la luz que tanto le había costado encender en los ojos del pequeño.
—¡Mamá! —el grito de Theo interrumpió sus pensamientos.
El niño la había visto desde el centro del jardín. Sus ojitos azules se iluminaron por completo y, olvidándose de cualquier protocolo o postura militar, corrió con todas sus fuerzas hacia ella. Alissa se agachó de inmediato, abriendo los brazos justo a tiempo para recibir el tierno impacto del cuerpo de Theo, quien se aferró a su cuello con una confianza ciega.
—Te extrañé mucho —susurró el pequeño contra su oído, escondiendo el rostro en su hombro.
—Y yo a ti, mi cielo —respondió Alissa, abrazándolo con una ternura infinita, sintiendo que ese abrazo justificaba cada mirada venenosa que había tenido que soportar en la capital.
Al separarse un poco, Theo metió la mano en el bolsillo de su pantalón con un brillo de expectación nerviosa en el rostro. Sacó un trozo de pergamino arrugado y doblado con mucho cuidado, extendiéndoselo como si fuera el tesoro más valioso del imperio.
—Lo hice esta mañana... en mi tiempo libre —dijo el niño, desviando la mirada con timidez, sus mejillas un poco coloradas—. El tutor me ayudó a conseguir las pinturas.
Alissa desdobló el papel con delicadeza. Era un dibujo hecho con trazos infantiles pero llenos de color. En él se veían tres figuras tomadas de la mano frente a un enorme castillo: un guerrero alto con armadura azul, un pequeño niño sonriente y, en el centro, sosteniendo la mano de ambos, una mujer con un vestido brillante y destellos dorados a su alrededor. En la parte inferior, con una caligrafía un poco torpe pero clara, se leía: *Nuestra familia*.
A Alissa se le inundaron los ojos de lágrimas. El pecho se le llenó de una calidez tan intensa que el frío del norte pareció desaparecer por completo.
Desde el balcón del segundo piso, que daba directamente a los jardines, Cédric observaba la escena en absoluto silencio. Había estado parado allí desde que escuchó llegar el carruaje, esperando el regreso de su esposa con una ansiedad que nunca antes había experimentado por nadie. Al ver a Alissa arrodillada en la hierba, sosteniendo el dibujo de su hijo contra su pecho mientras Theo sonreía, el Gran Duque sintió que la última barrera de hielo en su interior terminaba de desplomarse.
Cédric bajó las escaleras de piedra del balcón con paso firme pero pausado. Alissa levantó la vista al escuchar las pisadas y lo vio acercarse. El duque se detuvo frente a ellos, mirando el dibujo en las manos de ella y luego la expresión de felicidad pura en el rostro de Theo.
Sin decir una sola palabra, Cédric se agachó, quedando a la altura de ambos. Extendió sus largos y fuertes brazos y, por primera vez desde que se conocieron, rodeó a Alissa y a Theo en un abrazo firme, protector y profundamente cálido. Theo se acomodó felizmente en medio de ambos, y Alissa apoyó su cabeza en el hombro de su esposo, sintiendo la seguridad de su agarre.
En ese instante, bajo el cielo gris del norte, Alissa se consolidó como el pilar indispensable e inamovible de sus vidas. Ya no era una invitada, ni una novia sustituta, ni un contrato temporal; era el corazón del ducado. Y Cédric, al estrecharla contra su pecho, supo internamente que no importaba la tormenta que Elene o la capital intentaran desatar contra ellos: defendería a la mujer que les había devuelto la vida con cada gota de su sangre.
me gustó porque tuvo de todo y también un dicho más vale muy corto y hermoso que largo y frustrarte
👏