Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
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CAPÍTULO 5: La dueña sube al trono.
El edificio Montero tenía cuarenta pisos de cristal y acero.
Cassidy lo miró desde el auto con la boca entreabierta. Cuarenta pisos. Cuarenta. En Tombstone, el edificio más alto tenía dos y medio, y el medio era un ático donde vivían las ratas.
—Señora, llegamos —dijo el chofer.
—Ya veo —murmuró Cassidy—. Ya veo.
Lucía le abrió la puerta. Cassidy bajó, se alisó la blusa verde esmeralda, levantó la barbilla y caminó hacia la entrada como si lo hubiera hecho mil veces.
Finge hasta que sea verdad, Boone. Siempre funciona.
El vestíbulo era de mármol blanco con el logo GRUPO MONTERO en letras doradas detrás del mostrador de recepción. Dos guardias de seguridad. Tres recepcionistas. Gente en traje cruzando en todas direcciones con sus tablitas brillantes y vasos de café.
Todos se detuvieron cuando ella entró.
No la reconocieron de inmediato. Tardaron unos segundos. Luego los susurros empezaron como un incendio en pasto seco: ¿Esa es la señora Montero? ¿Emilia? ¿La esposa de Duarte? No puede ser. Mírala. Está... diferente.
Cassidy cruzó el vestíbulo sin mirar a nadie. Lucía trotaba a su lado con el teléfono en la mano, lista para lo que hiciera falta.
—Último piso —dijo Cassidy frente al ascensor.
Se agarró del pasamanos cuando la caja subió. Ya le molestaba menos. Progreso.
Las puertas se abrieron al piso cuarenta. Oficina de dirección general. Alfombra gruesa, paredes de cristal con vista a la ciudad, una secretaria detrás de un escritorio que levantó la cabeza y se quedó congelada.
—Señora Montero...
—¿Está mi marido?
—El señor Duarte está en su oficina, pero tiene una reunión priv...
Cassidy ya estaba caminando.
Abrió la puerta sin tocar.
La escena era exactamente lo que esperaba y aun así le revolvió el estómago.
Sebastián estaba sentado en su silla ejecutiva —mi silla, pensó Cassidy— con la corbata floja y la camisa medio abierta. Andrea estaba sentada sobre sus piernas, de espaldas al escritorio, con los brazos alrededor de su cuello y los labios pegados a su garganta.
La oficina olía a perfume caro y a desvergüenza.
Cassidy no gritó. No insultó. No movió un músculo.
Le dio un codazo a Lucía.
—Fotos —susurró—. Todas las que puedas.
Lucía reaccionó en medio segundo. Sacó el teléfono y empezó a disparar. Click. Click. Click. Click.
Sebastián levantó la vista. Sus ojos pasaron de la confusión al horror en una fracción de segundo. Empujó a Andrea de sus piernas con tanta fuerza que la rubia trastabilló hacia atrás y se golpeó la cadera contra el borde del escritorio.
—¡Ay! ¡Sebastián, qué...!
—¡Dame eso! —Sebastián se levantó de un salto, señalando el teléfono de Lucía—. ¡Borra eso ahora mismo!
Lucía miró a Cassidy. Cassidy negó con la cabeza. Lucía guardó el teléfono en el bolsillo trasero y se quedó quieta.
Cassidy caminó hasta la silla frente al escritorio y se sentó. Cruzó las manos sobre el regazo. Sonrió.
—Ponte cómodo, cariño. Tenemos que hablar.
Andrea se recompuso, alisándose el vestido, tocándose el pelo. Miró a Cassidy con odio puro.
—¿Otra vez tú? ¿No te cansas de...?
—Lucía —dijo Cassidy sin mirar a Andrea—. Llama a seguridad.
—¡No puedes hacer eso! —Andrea dio un paso al frente—. ¡Soy directora del área de Finanzas! ¡Trabajo aquí!
—Me importa un culo qué área seas. Es mi empresa. Te largas. Punto. Ve a trabajar y a seducir maridos ajenos a otro lado.
Lucía ya tenía el teléfono en la oreja. Treinta segundos después, dos hombres enormes en traje negro aparecieron en la puerta.
—¿Nos llamó el señor Duarte? —preguntó uno, mirando a Sebastián.
—Yo los llamé —dijo Cassidy—. Saquen a esta mujer del edificio y bloquéenle el acceso.
Los guardias miraron a Sebastián. Luego a Cassidy. Luego a Andrea. Nadie se movió.
—¿Son sordos? —Cassidy ladeó la cabeza—. Les di una orden. ¿Quién es la dueña de este edificio? ¿Quién paga sus sueldos?
Los guardias se miraron entre sí. Uno asintió. Se acercaron a Andrea.
—¡Sebastián! —Andrea giró hacia él con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Haz algo! ¡No puedes dejar que me humille así otra vez!
Sebastián la miró. Miró a Cassidy. Miró a los guardias.
—Vete, Andrea.
—¡¿QUÉ?!
—Vete. Yo te llamo después.
Andrea lo miró como si le hubiera clavado un cuchillo. Apretó los labios, agarró su bolso del escritorio y caminó hacia la puerta esquivando a los guardias antes de que la tocaran. En el umbral se detuvo, giró y miró a Cassidy con una promesa de guerra en los ojos.
Cassidy le guiñó un ojo.
Andrea se fue.
Silencio.
Sebastián se dejó caer en su silla. Se rascó la nuca. Respiró hondo.
—¿Qué es lo que realmente quieres, Emilia?
—Nada complicado. Sacarte de mi vida.
—No puedes...
—Vengo del abogado. Activé la cláusula de divorcio por infidelidad. Estamos en periodo de reconciliación. Doce meses. —Levantó las fotos invisibles en el aire—. Y ahora tengo fotos frescas, por si las anteriores no bastaban.
Sebastián palideció.
—Es sencillo —continuó Cassidy—. Puedes irte por tu cuenta. Renuncias a todo, recoges la poca dignidad que te quede y te largas. O aguantas un año conmigo. Y créeme, queridito, te voy a hacer sufrir tanto que vas a desear haber muerto.
—No te atreverías.
Algo cambió en los ojos de Sebastián. La rabia se suavizó. Se inclinó hacia adelante, bajó la voz, y puso esa cara que Cassidy había visto en cientos de estafadores: la del encanto calculado.
—Emilia... —Le rozó la mano sobre el escritorio—. Podemos arreglar esto. Tú y yo. Como antes. Yo sé que cometí errores, pero...
Cassidy apartó la mano como si quemara.
—Tus trucos ya no funcionan conmigo. El amor y la admiración que te tenía murieron en los cinco días que duré en coma. Ahora te detesto por cada poro de mi cuerpo. ¿Te queda claro?
Sebastián se recostó en la silla. La estudió con esos ojos grises que buscaban a la Emilia vieja y no la encontraban.
—No puedes echarme de la empresa. Tengo acciones. Soy parte de la junta.
—Lo sé. Tienes tus pocas acciones y tu asiento en la junta. Puedes quedártelos. Pero ya no eres el director general. A partir de hoy eres un subordinado más. Lo tomas o te largas. Puedes quedarte en la mansión recibiendo tu salario como accionista, o firmas el divorcio y desapareces.
Sebastián apretó la mandíbula. Un músculo le tembló en la mejilla. La miraba con una mezcla de rabia, incredulidad y algo más que Cassidy no quiso analizar.
—Está bien —dijo, con voz de hielo—. Haz lo que te dé la gana. No me importa.
Agarró su saco de la silla, se lo echó al hombro y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—No vas a durar ni un mes —dijo sin girarse—. No sabes nada de esto.
—Tengo doce meses para aprender.
Portazo.
Cassidy se quedó sola.
Se levantó de la silla de visitas, rodeó el escritorio y se sentó en la silla de Sebastián. La silla del director general. Su silla.
Era de cuero negro, grande, cómoda. Giró una vez. Porque podía.
Luego miró por la pared de cristal.
La ciudad se extendía hasta el horizonte. Edificios, calles, autos diminutos moviéndose como hormigas. Miles de personas viviendo sus vidas allá abajo, sin saber que arriba, en el piso cuarenta, una forajida del Viejo Oeste acababa de tomar el control de un imperio.
—Todo esto me pertenece —murmuró—. Y voy a disfrutarlo.
Se giró hacia Lucía, que seguía en la puerta con los ojos como platos.
—Lucía, dile a la señora de afuera que convoque una junta extraordinaria. Quiero a todas las personas que estén bajo mi mando en una sala en una hora. Directores, gerentes, quien sea. Necesito aprender el manejo de esta empresa lo más rápido posible.
—Sí, señora. Ahora mismo.
Lucía salió disparada.
Cassidy volvió a mirar la ciudad. El sol de la tarde le daba en la cara y las sombras de los edificios se estiraban como dedos largos sobre las calles.
No sé nada de empresas. No sé nada de finanzas. No sé usar un teléfono ni un computador. No sé cómo funciona este mundo.
Pero sé leer personas. Sé cuándo alguien miente. Sé negociar con una pistola o con una sonrisa. Y tengo doce meses, una fortuna y una rabia que podría incendiar esta ciudad entera.
Suficiente.
Se recostó en la silla, puso los pies sobre el escritorio de caoba y esperó.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖