Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...
NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Pentagrama de Carne
El Mapa de Piel humana en el fondo del pozo parecía latir con una luz púrpura moribunda, una red de venas negras y trazos heréticos que Matteo había restaurado con la precisión de un cirujano y la culpa de un condenado. Lucciana, con la mano izquierda aún humeante por el fuego azul que había purgado al poseído, se descolgó por la vieja escalera de hierro del pozo sin dudar un segundo. El dolor de sus costillas era un eco sordo; la adrenalina y la esencia helada de su pecho la empujaban hacia abajo.
Luca Ferro descendió tras ella, pero no usó la escalera. Su silueta simplemente se disolvió en la penumbra superior y se materializó a su lado, sus zapatos de alta costura pisando el suelo de tierra sin levantar una sola mota de polvo.
El taller subterráneo de la Cofradía era un reflejo retorcido del propio espacio de trabajo de Lucciana. Había frascos de bilis de Ghul, disolventes hechos a base de agua bendita corrompida y pinceles con cerdas de cabello humano. Pero los ojos de Lucciana se clavaron en el gran mapa extendido sobre la mesa central.
—Míralo —susurró Lucciana, pasando sus dedos enguantados a milímetros de la superficie curtida—. Matteo no solo limpiaba los pergaminos de la Hermandad. Estaba intentando sabotearlos desde dentro.
—¿Ah, sí? —Luca se inclinó sobre el mapa, entrelazando los dedos de sus manos sobre la empuñadura de su bastón—. Ilumíname, mi querida experta. A mis ojos, esto parece un plano perfecto para un golpe de Estado espiritual.
Lucciana señaló las inscripciones en latín medieval que Matteo había añadido sutilmente entre las líneas de los distritos florentinos. Como restauradora, sabía reconocer cuando alguien añadía pigmento nuevo para alterar el significado original de una obra.
—Los cinco puntos del pentagrama. La Catedral, la Santa Croce, el Palazzo Vance, la Iglesia de la Santísima Anunciación y San Miniato al Monte. La Hermandad cree que al sacrificar el alma de Matteo en la Santa Croce activarían el eje central. Pero Matteo alteró las runas de conducción en este mapa. Añadió una cláusula de estancamiento. Si ellos intentaban usar su alma, el mapa no se abriría; se sobrecargaría, destruyendo a los nigromantes en el proceso.
Luca Ferro dejó escapar una risa suave, un sonido aterciopelado que resonó en las paredes de la cripta.
—Un mecanismo de autodestrucción. Tu prometido tenía más espinas de las que pensaba. Lástima que Leonora se diera cuenta de la trampa antes de que él pudiera completarla. Al matarlo en la carretera, extrajeron su alma antes de que él pudiera activar el sabotaje de forma voluntaria. Ahora, el mapa está a medio camino. Es inestable.
En ese instante, la caja de ébano en el bolsillo de Lucciana comenzó a quemar. Un calor abrasador atravesó la tela de su abrigo. Lucciana la sacó rápidamente y la abrió. El frasco de plata de los Vance en su interior ya no brillaba con una luz dorada y pacífica; la pulsación se había vuelto errática, de un tono violáceo intermitente.
El alma de Matteo estaba reaccionando a la proximidad del mapa. Las líneas de piel humana sobre la mesa comenzaron a brillar con más fuerza, respondiendo magnéticamente a la presencia de su restaurador.
—Está llamándolo —dijo Lucciana, con el pánico amenazando su gélida compostura—. El mapa reclama la llave. Si no sacamos a Matteo de aquí, el tejido subterráneo de Florencia va a colapsar.
—No podemos sacarlo, Lucciana —sentenció el Diablo, y su tono perdió toda la ligereza. Sus ojos pálidos se fijaron en los túneles que conectaban con el taller inferior—. Escucha.
Un temblor sordo sacudió los cimientos de la cripta. El polvo de los siglos cayó del techo abovedado, nublando la luz mística. Desde la oscuridad de los pasadizos subterráneos, no llegaron tres o cuatro poseídos; llegó el sonido de una procesión. El eco de cánticos monótonos y arrastrados en un latín corrupto avanzaba hacia ellos.
La Hermandad de la Ceniza no se había disuelto con la huida de Leonora. Los miembros restantes, los aristócratas que habían vendido sus linajes al pozo profundo, sabían que era su última oportunidad. Si no completaban el pentagrama esa noche, el poder que les quedaba se evaporaría y las deudas con las deidades menores del abismo los consumirían vivos.
De las sombras del túnel principal emergieron una docena de figuras vestidas con las túnicas rojas de la Cofradía. Al frente de ellos, con el cabello empapado, la ropa destrozada y la piel cubierta de algas y lodo del Arno, caminaba Leonora Vance.
Había sobrevivido a la caída del balcón. O, mejor dicho, algo la había devuelto a la vida. Su rostro estaba semichamuscado por el agua y la magia rota, sus ojos eran dos cuencas de puro fuego púrpura y en sus manos sostenía un puñal ceremonial de bronce oxidado.
—Traidora... Bianchi... —la voz de Leonora ya no era humana; era el crujido de la tierra al abrirse, una distorsión sónica que hizo que a Lucciana le sangraran levemente los oídos—. Entregas la llave o nos alimentaremos de tu carne mientras tu alma arde en el pozo que tu nuevo amo no podrá cerrar.
Los doce nigromantes rodearon la mesa del mapa, bloqueando las salidas. El aire del taller inferior se volvió tan denso que la lámpara de gas de Lucciana explotó, dejando el lugar iluminado únicamente por el choque de luces: el púrpura de los poseídos y el azul de la marca de Lucciana.
Lucciana cerró la caja de ébano con fuerza y dio un paso atrás, colocándose de espaldas a la mesa, protegiendo el mapa y el alma de Matteo con su propio cuerpo. Miró de reojo a Luca Ferro. El Diablo no se movía, pero las sombras a sus pies se agitaban como lobos hambrientos esperando la orden de soltar la cadena.
—Esta es tu última lección de derecho contractual, Lucciana —dijo Luca en un susurro gélido, sus ojos fijos en Leonora—. Cuando el deudor intenta destruir las oficinas del cobrador, el cobrador ya no usa papel. Usa la fuerza ejecutiva. Muéstrales qué pasa cuando interrumpen mi monopolio.
Leonora Vance rugió y levantó el puñal de bronce.
—¡Por la Ceniza! ¡Consuman el pentagrama! —bramó.
Los doce poseídos se abalanzaron al unísono, trepando por las mesas y derribando los estantes de pociones. El aire se llenó de ráfagas de energía púrpura que cortaban la piedra como cuchillas.
Lucciana no esperó. Se arrancó el guante de la mano izquierda por completo, dejando al descubierto la runa del pacto que ahora brillaba con la intensidad de una estrella azul. Extendió ambos brazos hacia el frente. Esta vez no sopló ceniza, ni usó el bisturí. Dejó que el metrónomo helado de su pecho se detuviera por completo por un segundo, entregando todo su control al poder de Lucifer.
—¡Abite a me, damnati! —gritó Lucciana.
Una marea de fuego azul zafiro brotó de su cuerpo en una onda expansiva de trescientos sesenta grados. Las llamas infernales chocaron contra la primera línea de atacantes. El impacto fue brutal; los nigromantes que fueron alcanzados de lleno salieron despedidos contra las paredes de la cripta, sus túnicas rojas encendiéndose en un fuego que no consumía la carne, sino que evaporaba la posesión nigromántica de sus cuerpos con un sonido similar al hierro incandescente sumergido en agua fría.
Sin embargo, Leonora Vance, impulsada por un odio que superaba cualquier límite mortal, esquivó la marea saltando sobre los caballetes. Cayó directamente sobre la mesa de trabajo, destrozando el mapa de piel humana con sus botas pesadas. Con una velocidad espantosa, descargó el puñal de bronce directo hacia el corazón de Lucciana.
Lucciana reaccionó por puro instinto de restauradora: esquivó el golpe moviendo el torso hacia atrás, pero el puñal de Leonora rasgó el abrigo de terciopelo, golpeando la caja de ébano que llevaba en el bolsillo.
El impacto partió la madera de ébano en dos. El frasco de plata de los Vance salió despedido por el aire, girando bajo la luz púrpura y azul del taller subterráneo.
—¡No! —gritó Lucciana.
Leonora, con una sonrisa grotesca y deformada, estiró su mano izquierda hacia el frasco en el aire. Si sus dedos rozaban la plata, el alma de Matteo sería absorbida por el pentagrama roto y Florencia entera pagaría el precio.
En ese milisegundo que pareció durar una eternidad, Lucciana Bianchi dejó de ser la defensora. Se convirtió en la cazadora. Corrió sobre la mesa, saltando por encima de los restos del mapa en llamas, y se arrojó al vacío interceptando a Leonora en el aire.
Ambas mujeres cayeron al suelo de tierra en una melé de golpes, uñas y magia. El puñal de bronce de Leonora cortó el hombro de Lucciana, pero Lucciana, imbuida de la fuerza del pacto, ignoró el dolor. Agarró el rostro deformado de su suegra con su mano izquierda descubierta, la mano de la runa de sangre.
El fuego azul brotó directamente de sus dedos, penetrando por los ojos púrpuras de Leonora Vance.
—Este es... mi contrato... Leonora —siseó Lucciana entre dientes, mientras la energía de Lucifer disolvía los últimos lazos que mantenían el cadáver de la matriarca en pie.
Leonora emitió un grito ahogado que sacudió la cripta entera, antes de que sus ojos se apagaran por completo. Su cuerpo se volvió ceniza negra entre las manos de Lucciana, desparramándose sobre el suelo subterráneo como el hollín de una chimenea apagada.
Lucciana rodó hacia un lado, jadeando, con el hombro sangrando y el cuerpo al límite del colapso. Miró a su alrededor a través de la niebla de humo azul. Los miembros restantes de la Hermandad yacían inconscientes o huían despavoridos por los túneles, desprovistos de su líder y de su magia.
En el centro del taller, justo donde el mapa de piel humana se consumía en llamas azules, el frasco de plata de los Vance descansaba intacto en el suelo. Su pulsación había vuelto a ser de un oro puro, brillante y tranquilo. Matteo estaba a salvo.
Luca Ferro caminó entre las cenizas de Leonora, deteniéndose junto a Lucciana. Se agachó con una elegancia aristocrática y recogió el frasco de plata, sopesándolo en su mano enguantada antes de extendérselo a la joven.
—Un final digno de una ópera de Verdi, Signorina Bianchi —dijo el Diablo, y su sonrisa regresó, brillante y peligrosa—. La Hermandad de la Ceniza ha sido cancelada del registro. El mapa está destruido. Has cumplido tu parte con creces.
Lucciana tomó el frasco con dedos temblorosos, sintiendo el calor místico de Matteo reconfortarla. Se puso de pie a tropezones, mirándose las manos cubiertas de ceniza y sangre.
—¿Y ahora qué, Luca? —preguntó, con la voz rota pero los ojos firmes—. El mapa ya no existe. La Hermandad está destruida. Mi venganza está completa. ¿Qué pasa con nosotros?
Luca Ferro se enderezó, apoyándose en su bastón de serpiente. Miró hacia la escalera de caracol que conducía de regreso a la superficie, a la Florencia de los vivos que comenzaba a despertar con las primeras luces del alba.
—Tu venganza en la Tierra ha terminado, Lucciana —dijo el Príncipe de los Pactos, y sus ojos pálidos brillaron con una luz eterna y fascinante—. Pero tu contrato conmigo no tenía fecha de caducidad. Has demostrado ser la mejor cobradora de deudas que he tenido en tres siglos. Hay muchas más almas en Europa que creen que pueden romper sus tratos conmigo... Y tú y yo tenemos mucho trabajo que hacer.
Lucciana Bianchi miró el frasco de plata donde descansaba el hombre que la había amado, y luego miró al Diablo. Sabía que su vida anterior nunca regresaría, pero al dar el primer paso hacia la escalera, se dio cuenta de que ya no le importaba. La novia abandonada había muerto; la Emperatriz de las Sombras de Florencia acababa de nacer.
gracias autora por esta joya 👏👏👏