Kendra Barreto es la joya de la familia Barreto, para satisfacer la ambición de su madre, traicionó a su hermana menor Keila y aceptó un matrimonio vacío, sin embargo, el destino le impuso a un guardián que no puede ser comprado: Axel García, un exmilitar con un pasado oscuro y que no puede doblegarlo a su antojo.
Lo que comenzó como una noche de debilidad entre la heredera y el guardaespaldas se convirtió en su ruina y, a la vez, en su salvación, con el nacimiento de su hijo Bennet, se descubre el fraude: el niño no es hijo del esposo de Kendra sino de Axel.
Repudiada por todos y perseguida por una madre dispuesta a todo para ocultar el escándalo, abandonará su mundo y huirá, y en su carrera desesperada por la supervivencia, descubrirá que el hombre que la mira con desconfianza es el único capaz de salvarla, y que, para proteger a su hijo, tendrá que aprender a luchar con uñas y dientes, lejos de los lujos que una vez la definieron.
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Capítulo VII: El precio de ser la favorita
Kendra maldecía internamente a Axel porque sus palabras la hacían flaquear su voluntad, sus dedos temblaban mientras desbloqueaba su teléfono para leer la respuesta de Ángel, y el mensaje era breve, pero revelaba lo que ella sospechaba la semilla de la duda se había sembrado en su cuñado:
“¿A qué te refieres con que las cosas habrían sido diferentes si yo hubiera sido más valiente?, necesito que me des una explicación Kendra, ¿Podemos vernos a solas?”
Kendra cerró los ojos sintiendo asco de su propio triunfo, y en ese instante, la voz de Keila la trajo de vuelta a la realidad.
—¿Todo está bien Kendra? —preguntó Keila con amabilidad.
Kendra asintió, su hermana estaba revisando presupuestos, y fotos de muestras de centros de mesa, y se veía tan radiante en ese momento que una parte de ella le provocaba decirle que su prometido no era lo que ella pensaba, pero la sombra de Ifigenia se interpuso, transformando su culpa en una sonrisa gélida.
—Sí, todo está bien —respondió Kendra tomando una de las fotos.
Kendra se sorprendió al ver la selección de su hermana: una paleta de grises, blancos, negros y un rojo intenso, a pesar de que era una combinación arriesgada, a la vez también era elegante y dramática, algo muy acorde a la personalidad culta y profunda de Keila.
—Me parece una selección excelente —admitió Kendra con honestidad— No sé cómo lo haces … pero realmente funciona.
—¿De verdad te parece? —preguntó Keila con asombro.
—Aunque no lo creas si me parece hermoso —dijo Kendra con honestidad.
Aunque nunca escogería una decoración como esta, debía admitir que tenía la elegancia de una Barreto.
—Si necesitas ayuda con los preparativos, no dudes en decirme —soltó Kendra en un descuido.
A veces Kendra solo quería tener una relación “normal” con su hermana, porque no le desagradaba, por el contrario, Keila era encantadora, culta y divertida, pero ese deseo de tener una buena relación con su hermana, era un lujo que su madre nunca le permitía.
—Estás muy ocupada hermana, pero gracias por ofrecerte —dijo Keila con honestidad.
Kendra dudaba si responder o no, pero al final más pudo la presión de Ifigenia que su propia brújula moral.
“Me parece bien que nos reunamos” le escribió a Ángel, sellando así el destino de todos.
Dos días después Kendra entró a un restaurante de moda, un lugar donde la decoración reflejaba la opulencia de su mundo, y allí la esperaba Ángel con su costoso traje ejecutivo a la medida, su corte perfecto, su reloj de marca y esa sonrisa falsa de abogado.
Kendra lo escaneó con frialdad, Ángel era un hombre atractivo de eso no había duda, pero comparado con la profundidad intelectual de René … o incluso con la presencia imponente y cruda de Axel, resultaba un hombre muy simple.
Se maldijo internamente por recordar a su chofer diciéndose que era “muy pobre y viejo” como si con eso borrara todo lo que Axel le hacía sentir.
—Me alegro de que pudiéramos reunirnos —dijo Ángel, y su mirada recorrió el cuerpo de Kendra con una lascivia que apenas se molestaba en ocultar.
Kendra sonrió disimulando su asco pensando en que la mayoría de los hombres eran tan predecibles, frente a ella estaba su cuñado y era evidente que sus intenciones hacia ella estaban cargadas de un deseo barato y traicionero a pesar de tener como novia a una mujer tan encantadora como su hermana.
De algo estaba convencida y es que jamás se enamoraría de un hombre como Ángel que con un par de palabras podía ser seducido.
Ángel sonrió y dejó su copa de vino luego se inclinó hacia ella con un toque de arrogancia invadiendo el espacio personal de Kendra.
—Debo admitir que ese mensaje tuyo me tomó por sorpresa—dijo él bajando la voz—Aunque siendo honestos siempre sentí que había una … tensión no resuelta entre nosotros.
Kendra no estuvo de acuerdo porque él siempre le pareció arrogante, y jugueteaba con el tallo de su copa, evitando mirarlo a los ojos, el problema era que esas molestas palabras de Axel resonaban en su cabeza como un tambor “no debería decir que si cuando su corazón grita que no”.
—Ángel solo fue un momento de debilidad—mintió ella, forzando una sonrisa—Creo que no debí escribirte, porque mi hermana está muy feliz contigo.
Ángel no mostró ninguna reacción al escuchar el nombre de Keila, sorprendiéndola porque supuso que su hermana era importante para él, después de todo se había enfrentado a la familia Pérez, para casarse con ella.
—Keila es una mujer maravillosa—respondió Ángel.
Kendra para su asombro notó como el nombre de su hermana sonaba vacío en la boca de su prometido y sintió deseos de darle una bofetada.
—Pero, tú y yo hablamos el mismo idioma Kendra, somos ambiciosos, sabemos lo que queremos … mientras que ella es más espiritual, y a veces siento que está a mi altura.
Kendra bebió un sorbo de su copa y una sensación de asco subió por su garganta, al darse cuenta de que Ángel ya estaba justificando su futura traición antes de cometerla, rebajando a Keila para sentirse menos culpable.
—¿Y qué es lo que quieres, Ángel? —preguntó Kendra, lanzándole un anzuelo.
Ángel sonrió con lujuria, bebió un sorbo de su copa y la miró con complicidad porque siempre deseó a Kendra, solo que ella nunca le había prestado atención, por eso salió con la segunda opción su hermana menor, estiró la mano por encima de la mesa y rozó los dedos de Kendra.
Ese contacto a Kendra le resultó frío y carente de la química que sentía cuando Axel simplemente la ayudaba a bajar del auto.
—Quiero lo que siempre debió ser mío—susurró él con seguridad—Quiero la explicación que me prometiste y si ese “valiente” que mencionaste se refiere a que yo debí elegirte a ti antes que a ella.
Kendra sintió un nudo en el estómago y vio como ya no había vuelta atrás porque la red fue tendida y Ángel cayó solo, aunque estaba a tiempo de echarse atrás, recordó las palabras de su madre de esa mañana: “hazlo o deja de ser mi hija”.
—Tal vez este no sea el lugar para hablar de “valentía” —dijo Kendra retirando su mano con elegancia—Hay demasiados ojos aquí observándonos.
—Conozco un lugar más privado—respondió Ángel de inmediato.
Ángel hizo un gesto para llamar al camarero y pedir la cuenta, pero Kendra seguía teniendo dudas, y a pesar de que sabía que había ganado, no estaba preparada para dar el paso final, por suerte su teléfono sonó y se trataba de un problema de la empresa.
—Me temo que deberemos dejarlo para otro día —dijo acercándose y dándole un beso en la mejilla rozando la comisura de sus labios.
Kendra salió del restaurante casi huyendo, ignorando la mirada lasciva de Ángel y subió al auto donde la esperaba Axel con una actitud muy profesional, ella hiperventilaba, con su corazón acelerado, y sin mediar palabras, Axel se estiró y le entregó una bolsa de papel.
—Ya sabe lo que tiene que hacer —dijo Axel con una frialdad que calaba los huesos—Evite ensuciar el auto o su padre se va a enojar.
Kendra lo miró humillada, sabía que podía detenerse en cualquier momento, que podía bloquear a Ángel y contarle la verdad a su padre, pero no lo hizo, porque el temor a decepcionar a su madre era algo que no se atrevía a hacer.
Desde ese momento le enviaba mensajes a Ángel totalmente inapropiados, y él no era indiferente porque le respondía con la misma intensidad y lascivia, se sentía poderosa, pero a la vez sucia.
Entre tanto su relación con René comenzaba a enfriarse, porque ella se volvió distante, irritable y fría, sin darse cuenta de que él planeaba proponerle matrimonio, y que creía que su silencio era solo estrés laboral y no el preludio de una traición que lo dejaría marcado de por vida.