Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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Falsas invitaciones.
El sábado por la noche, la Villa Heidelberg se erigía sobre la colina como un altar de cristal y piedra. Idril y Aranza se presentaron ante el imponente portón de hierro forjado, sintiendo que el aire de otoño cortaba más que de costumbre. Aranza vestía un negro sobrio que subrayaba su postura de combate, mientras que Idril había optado por un vestido largo, de líneas severas, que la cubría como una armadura de tela. Se sentía extraña, una impostora envuelta en seda, tratando de ignorar que el cuarteto de cuerdas que resonaba a lo lejos parecía reírse de sus pasos.
Al alcanzar la entrada principal, un portero cuya postura exudaba una disciplina militar las detuvo con una mano enguantada. Su mirada no se posó en sus rostros, sino que las escaneó de arriba abajo con el desprecio de quien detecta una mancha en un cuadro perfecto.
—Identificación e invitación —exigió. Su voz tenía la sequedad del papel viejo.
Idril entregó el sobre perlado con dedos temblorosos. El hombre lo sostuvo apenas unos segundos antes de devolverlo con una lentitud calculada para maximizar la ofensa.
—Lo siento. Estas invitaciones son falsificaciones burdas —declaró. Su tono viró hacia una condescendencia gélida que atrajo las miradas de un grupo de herederos que descendía de un auto deportivo—. El grabado carece del relieve oficial de la universidad, además... —hizo una pausa para mirar una lista que no necesitaba consultar— sus nombres no figuran en el registro de "El Ascenso del Soberano". Retírense de inmediato o llamaré a seguridad para que las escolten fuera de la propiedad.
La palabra "seguridad" restalló como un látigo. Idril sintió que la sangre le subía al rostro, quemándole la piel. A sus espaldas, las risas ligeras de los invitados reales se convirtieron en dagas invisibles. No solo las habían rechazado; las habían exhibido como delincuentes mediocres intentando forzar la entrada a un mundo que las repudiaba por instinto.
—Vámonos, Idril —siseó Aranza. Su furia era lo único que mantenía a Idril en pie. La tomó del brazo y la arrastró lejos de la luz de los faroles, hacia la oscuridad del camino, mientras sentían que mil ojos las observaban desde las ventanas de la villa, celebrando el éxito de su primera gran cacería.
Días después:
El lunes, el campus de Heidelberg no amaneció con el aroma del café, sino con el veneno del chisme. La noticia de las "falsificadoras" se había extendido con una precisión quirúrgica. Las risas estallaban como minas terrestres a cada paso que Idril daba por los pasillos; los murmullos se volvían gritos ahogados de: "¿En serio falsificaron las invitaciones?" "Dicen que se hicieron pasar por apellidos de gran peso" "Que se puede esperar de los becados, ni ellos mismos se sienten cómodos siendo lo que son"
En la cafetería, el núcleo de la Élite presidía su mesa habitual, transformando el lugar en un anfiteatro de burlas.
—¡Tendrías que haber visto la cara de la nerd! —exclamó Samantha, golpeando la mesa con una elegancia cruel—. Parecía un ratón atrapado en una trampa de oro. ¿De verdad pensaron que el papel perlado las hacía iguales a nosotros?
—Fue una jugada maestra, Samantha —concedió Dona , con una sonrisa mínima y letal—. El portero me confesó después que casi siente lástima por ellas. Casi. Pero la basura debe ser clasificada en la entrada, no en el salón.
Holga saboreaba su té con una calma soberana. La broma había sido el preludio perfecto para su venganza. Se volvió hacia Darién, buscando su aprobación. Él permanecía en la cabecera, observando la entrada de la cafetería. Vio aparecer a Idril: pálida, con los hombros hundidos y la mirada fija en el suelo, ocultando su mano vendada como si fuera una prueba de su derrota.
Darién no rió. Sus ojos azules se entrecerraron, analizando la devastación emocional de la becada. Para él, la falta de sutileza de sus aliados era vulgar, pero el resultado era fascinante. El "experimento" había pasado de la observación a la disección.
Idril se hundió en una mesa retirada de la biblioteca, el único lugar donde el silencio no parecía cargado de insultos. Aranza se sentó frente a ella, golpeando la madera con un puño cerrado que hizo vibrar los libros.
—Son unos malditos monstruos —masculló Aranza—. Sabían perfectamente lo que hacían. Nos dieron esas invitaciones solo para vernos ser humilladas en la puerta. Es una ejecución pública.
—Son los dueños del lugar, Aranza —respondió Idril. Su voz era un hilo quebrado, pero sus dedos apretaban el lápiz con una fuerza que hacía palidecer sus nudillos—. Pueden reescribir la realidad si quieren. Nosotras solo somos el entretenimiento de su fin de semana.
—Son solo parásitos con apellidos antiguos —replicó Aranza, tratando de insuflar valor en su amiga—. Tienen poder, sí, pero es un poder heredado, no ganado. Nosotras tenemos algo que sus tarjetas de crédito no pueden comprar: una mente que no necesita pedir permiso para existir.
Aranza levantó la barbilla. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no solo por el llanto contenido, sino por una chispa de odio frío que comenzaba a cristalizarse en su interior. Miró la mano vendada de Idril y luego dirigió su mirada hacia la puerta, donde sabía que el mundo del poder la esperaba para seguir despedazándola. El juego ya no era sobre sobrevivir; ahora, era sobre no dejar que se divirtieran mientras ella caía.