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AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

Status: En proceso
Genre:Terror / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 11

El zumbido del aire acondicionado era lo único que me recordaba que seguía viva, aunque me sentía como un cadáver envuelto en lino egipcio. Me levanté de la cama y el frío del suelo de mármol me subió por las piernas hasta instalarse en el pecho. Eran las tres de la mañana del noveno día. Ya no contaba el tiempo en horas, sino en pequeñas dosis de terror que se administraban con la precisión de un gotero hospitalario.

Me acerqué al espejo del baño y no me reconocí. Elena, la mujer que controlaba juntas de accionistas y devoraba competidores en el desayuno, tenía ahora ojeras que parecían hematomas y las manos le temblaban tanto que tuvo que entrelazarlas para no ver el desastre. La nota que encontré ayer, junto al reloj de arena negro, seguía quemándome en el bolsillo del albornoz. "El cristal ya ha empezado a agrietarse". Maldito fuera el anfitrión y su poesía de tortura.

Salí al pasillo de la segunda planta. La mansión estaba sumida en una oscuridad artificial, rota solo por las luces de cortesía integradas en el rodapié que proyectaban sombras alargadas y deformes sobre las paredes. Caminé en silencio, evitando que el roce de mis pies descalzos alertara a los demás. O a "Él". En Aethelgard, la privacidad era una ilusión más cara que el caviar que nos servían.

Al llegar a la barandilla que asomaba al gran salón, vi a Marcus. Estaba sentado en la penumbra, frente al piano de cola, pero no tocaba. Solo miraba las teclas blancas y negras como si fueran los dientes de un depredador. Tenía un vaso de whisky en la mano, el hielo ya derretido, y su respiración era pesada, cargada de una derrota que empezaba a ser contagiosa. Me quedé allí, observándolo, preguntándome si él también había recibido una invitación privada para el salón de música o si su insomnio era simplemente el peso de la culpa.

Diez años. Habíamos pasado tres mil seiscientos cincuenta días fingiendo que esa carretera no existía, que la lluvia no era tan fuerte y que el golpe seco contra el metal no había significado el fin de una vida. Y ahora, en esta isla perdida, el pasado se había vuelto presente con una nitidez insoportable.

Bajé las escaleras sin hacer ruido. Marcus no se inmutó hasta que estuve a un par de metros de él.

—Tú tampoco puedes dormir —dijo él, sin mirarme. Su voz era un rastro de ceniza—. Julián no se va de mi cabeza. Sigo viendo la bola de fuego cada vez que cierro los ojos.

—Julián cometió el error de creer que podía escapar de las reglas —respondí, sentándome en el taburete del piano, al otro extremo del teclado—. Aquí no hay reglas, Marcus. Hay un guion. Y nosotros solo somos los actores que todavía no han leído el final.

Él soltó una carcajada amarga y dio un trago largo a su vaso de agua con sabor a alcohol.

—Tú siempre tan analítica, Elena. Por eso te pusimos al volante aquella noche, ¿verdad? Porque sabíamos que tu pulso no temblaría. Pero mira esto —señaló sus propias manos, que vibraban como cuerdas de violín—. Estamos rotos. El anfitrión solo está esperando a que nos hagamos añicos para barrer los pedazos.

—¿Te ha contactado? —pregunté, bajando el tono.

Marcus se tensó. Cerró los ojos un instante y apretó el vaso con tanta fuerza que temí que estallara.

—Me envió un archivo de audio a la tablet de la habitación. Era la voz de mi madre. La última vez que hablé con ella antes de que... bueno, antes de que lo perdiera todo en la bolsa. Él sabe cómo empezó mi fortuna, Elena. Sabe que el dinero que usé para el fondo de inversión no era mío. Si eso sale a la luz, no solo iré a la cárcel; mi familia no podrá volver a mostrar la cara en público.

Me estremecí. El anfitrión no estaba usando armas, estaba usando espejos. Nos obligaba a mirar las partes más feas de nosotros mismos hasta que el asco nos impidiera seguir respirando.

—A mí me mostró el accidente —confesé, y decir las palabras en voz alta fue como quitarme un tapón de la garganta—. Tiene una grabación, Marcus. Desde fuera. Como si alguien nos hubiera estado esperando en aquella curva con una cámara preparada.

Marcus se giró bruscamente, el whisky salpicando el suelo de mármol.

—¿Una grabación? Eso es imposible. No había nadie. Era una carretera de mierda en mitad de la nada.

—En Aethelgard lo imposible es el pan de cada día —dije, sintiendo cómo la paranoia me apretaba el cuello—. Él no es un justiciero, Marcus. Es un coleccionista. Colecciona nuestras miserias para hacerse un collar.

Me levanté y caminé hacia los grandes ventanales. El mar estaba en calma, una llanura de obsidiana bajo la luna menguante. A lo lejos, la verja de la "Zona Prohibida" emitía un leve resplandor azulado. ¿Qué había allí detrás? ¿El centro de mando? ¿O el verdadero motivo por el que estábamos allí?

De repente, una melodía suave empezó a sonar por los altavoces ocultos de la casa. Era una pieza de piano clásica, triste, que se filtraba por las paredes como si la mansión estuviera llorando. Marcus se puso de pie, dejando caer el vaso, que se hizo mil pedazos contra el suelo.

—Es la canción —susurró, con el rostro desencajado—. La canción que sonaba en la radio del coche.

Mi corazón dio un vuelco. Era cierto. Aquella sonata de Chopin, la que se mezclaba con el ruido de los limpiaparabrisas y nuestros gritos. El anfitrión estaba empezando a jugar con el ambiente, afinando el escenario para el clímax del primer acto.

—Vuelve a tu habitación, Marcus —le ordené, aunque yo misma no quería moverme—. No le des el gusto de verte así.

Él no me escuchó. Empezó a caminar hacia el pasillo que llevaba a la cocina, tropezando con sus propios pies, murmurando algo sobre Julián y el fuego. Lo dejé ir. En esta isla, salvarse uno mismo ya era una tarea titánica; intentar salvar a los demás era una sentencia de muerte.

Regresé a mi cuarto, pero no me acosté. Me puse ropa cómoda, unas mallas y una sudadera oscura. Si la mansión era una prisión, yo necesitaba conocer los límites de mis barrotes. Salí por la ventana de la terraza, usando la hiedra artificial que trepaba por la fachada para bajar hasta el jardín. El aire nocturno estaba cargado de humedad y de un olor extraño, químico, que ya había notado en el bosque.

Caminé pegada a la pared de piedra, evitando las zonas iluminadas por los focos automáticos. Mi objetivo era el sótano. Durante estos nueve días, había notado que el servicio desaparecía siempre por una pequeña puerta camuflada bajo la escalera de servicio de la piscina. Si había un secreto técnico, tenía que estar allí abajo.

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