En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19 (+17)
La penumbra de la alcoba era un manto espeso, apenas rasgado por la luz mortecina de las brasas que agonizaban en la chimenea de mármol negro. El silencio que siguió a la tempestad de la noche anterior no era pacífico; era el silencio cargado de una tregua incómoda entre dos depredadores que, por un breve instante, habían olvidado por qué se temían el uno al otro.
Atraeus estaba apoyado contra el marco del ventanal, desnudo de cintura para arriba. Las cicatrices de su espalda, recuerdos de los látigos de los captores de su juventud y del incendio de Astrael, parecían grabados de plata bajo la luz de la luna menguante. En su mano sostenía una pequeña daga de obsidiana, dándole vueltas con una agilidad hipnótica.
Detrás de él, entre las sábanas revueltas que aún conservaban el calor de sus cuerpos, Thera lo observaba. No dormía. Los espías nunca dormían del todo, y menos cuando el hombre al que servían —y al que deseaban con una intensidad destructiva— parecía estar a punto de romperse o de estallar.
—Sigues buscándola en el horizonte —dijo Thera, su voz ronca y baja, rompiendo el cristal del silencio—. A la niña de las violetas. A la prometida que dejaste en el solar de té con el corazón hecho pedazos.
Atraeus no se giró. Sus hombros se tensaron, los músculos marcándose bajo la piel pálida.
—Selene es un cabo suelto, Thera. Nada más. En mi mundo, los cabos sueltos se cortan o se queman.
—Mientes —ella se deslizó fuera de la cama con la gracia de una pantera, envolviéndose en una fina bata de seda que no ocultaba nada y lo revelaba todo—. Mientes porque necesitas creer que eres de piedra. Pero anoche, cuando gritaste... no fue mi nombre el que estuvo a punto de escapar de tus labios.
Atraeus se giró entonces, con una rapidez que habría hecho retroceder a cualquier otro hombre. Sus ojos eran dos pozos de sombra, fríos y despiadados. En un parpadeo, estaba frente a ella, rodeando su garganta con la mano que no sostenía la daga. No apretaba para asfixiar, sino para reclamar.
—¿Crees que sabes lo que hay en mi cabeza, Thera? —susurró, inclinándose hasta que sus alientos se mezclaron—. Crees que porque compartimos el lecho y las conspiraciones, tienes el derecho de hurgar en mis fantasmas.
—No necesito derecho —respondió ella, sosteniéndole la mirada con un desafío que era, en sí mismo, una declaración de amor retorcida—. Soy el único espejo que te devuelve la verdad, Atraeus. Selene te mira y ve lo que podrías haber sido. Yo te miro y veo lo que eres. Y lo que eres es mío.
Atraeus la soltó bruscamente, pero no se alejó. La vulnerabilidad que tanto intentaba ocultar se filtró por las grietas de su máscara. Su mano descendió desde su garganta hasta su mejilla, rozando la piel con una suavidad que resultaba más aterradora que su violencia.
—Besos robados —murmuró él, casi para sí mismo—. Eso es lo que somos. Ladrones de momentos que no nos pertenecen.
Él la besó entonces. Pero no fue el beso hambriento de la noche anterior, nacido del triunfo y la adrenalina. Fue un beso lento, cargado de una tristeza antigua y de una necesidad tan profunda que dolía. Era un beso robado al destino, una súplica silenciosa de alguien que sabía que su final estaba escrito en sangre.
Thera se estremeció. Estaba acostumbrada al Atraeus que la dominaba, al estratega que la usaba como una extensión de su voluntad. Pero este Atraeus, el que la besaba como si ella fuera su único ancla en un mar de cenizas, la aterraba y la fascinaba a partes iguales. Sus manos subieron al pecho de él, sintiendo el latido errático de su corazón.
—No me pidas que sea tu redención —susurró ella entre sus labios—. No sé cómo hacer eso. Solo sé cómo ser tu cómplice.
—No quiero redención —respondió él, su voz vibrando contra su boca—. Quiero que me sostengas cuando el peso de lo que he hecho sea demasiado grande para soportarlo solo.
Él la alzó, sus piernas rodeando su cintura con una familiaridad desesperada. La llevó de vuelta a la cama, pero esta vez el movimiento fue casi tierno, un contraste violento con la frialdad de su carácter. La depositó sobre las sábanas y se situó entre sus muslos, observándola con una intensidad que parecía querer grabarla en su retina.
—Dime que no me traicionarás, Thera —pidió él, y fue la primera vez que ella escuchó miedo en su voz—. Dime que cuando el resto del mundo se dé cuenta de quién soy realmente, no te unirás a ellos para darme el golpe de gracia.
Thera le tomó el rostro entre las manos. Sus dedos se hundieron en su cabello oscuro.
—Si el mundo se vuelve contra ti, Atraeus, quemaremos el mundo juntos. Mi lealtad no es a una corona, ni a una causa. Mi lealtad es al hombre que me hizo sentir que mi propia oscuridad tenía un propósito.
Él la penetró entonces, muy lentamente, buscando no solo el placer físico, sino una unión que borrara las fronteras entre sus almas heridas. Thera soltó un suspiro largo, cerrando los ojos mientras se fundía con él. No había prisa esta vez. Cada empuje de Atraeus era una promesa, un sello puesto en un contrato que ninguno de los dos podía romper.
El placer se expandió por sus cuerpos como un veneno dulce. Atraeus se movía con una delicadeza punzante, besando sus hombros, sus clavículas, el espacio entre sus pechos donde su pulso latía con fuerza. Thera arqueaba la espalda, sus manos recorriendo las cicatrices de Atraeus, reconociendo cada marca de dolor como si fuera suya.
—Eres... mi castigo y mi premio —jadeó él, su frente apoyada contra la de ella—. No puedo dejarte ir, aunque sé que eres la única que realmente puede destruirme.
—Entonces destrúyeme tú primero —respondió ella, sus ojos abriéndose, brillando con una mezcla de lujuria y devoción absoluta—. Hazme desaparecer en ti.
El ritmo aumentó, volviéndose más urgente, más exigente. El aire en la habitación parecía haberse agotado, reemplazado por el calor sofocante de su deseo mutuo. Atraeus la poseía con una intensidad que trascendía lo carnal; era una reclamación de territorio, una forma de marcarla como suya antes de que las sombras del mañana los reclamaran.
Cuando el clímax llegó, no fue un estallido de júbilo, sino un colapso compartido. Atraeus se hundió en ella, su cuerpo temblando mientras liberaba no solo su simiente, sino meses de tensión acumulada. Thera lo abrazó con todas sus fuerzas, sus piernas apretando su espalda, queriendo retenerlo dentro de ella para siempre.
Se quedaron entrelazados durante lo que parecieron horas, sus respiraciones sincronizándose poco a poco. La luz del sol comenzaba a teñir de gris el horizonte de Vesperia, anunciando un nuevo día de intrigas y peligros.
Atraeus se separó ligeramente, observando a Thera. Ella tenía los labios hinchados y los ojos empañados, pero había una nueva determinación en su mirada. La vulnerabilidad que habían compartido no los había debilitado; había cementado su alianza de una manera que ningún tratado firmado con sangre podría igualar.
—Hoy —dijo Atraeus, recuperando su tono de mando, aunque con una suavidad que solo ella conocía—, la Maza del Justicia caerá sobre el Barón Valerius. Ha estado desviando fondos de la guardia y cree que sus conexiones con los Voran lo protegen.
Thera se incorporó, dejando que la sábana cayera para revelar su pecho marcado por los besos de él. Una sonrisa depredadora curvó sus labios.
—Le daremos una lección sobre quién dicta realmente la justicia en esta ciudad.
Atraeus se inclinó y le dio un último beso, un beso corto, casi casto, pero que contenía todo el peso de su dependencia mutua.
—Vístete, Thera. Tenemos un reino que purgar.
Mientras él se alejaba para prepararse, Thera se quedó un momento más en la cama. Sabía que los "besos robados" de esa noche habían cambiado algo de forma irreversible. Ya no eran solo un señor y su espía, ni dos amantes ocasionales. Eran una entidad única, dos mitades de una misma oscuridad que se alimentaban el uno del otro.
Atraeus creía que estaba usando a Thera para su venganza, y Thera creía que estaba usando a Atraeus para su supervivencia. Pero en la luz gris del amanecer, ambos sabían la verdad: se habían vuelto tan necesarios el uno para el otro como el aire para respirar, y esa dependencia era, a la vez, su mayor fortaleza y su punto más débil.
La guerra por el trono de las sombras continuaba, pero ahora, Atraeus ya no caminaba solo por el laberinto. Y esa, pensó él mientras se ajustaba su jubón negro, era la táctica más peligrosa de todas.