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Juez De Sombras

Juez De Sombras

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Posesivo / Mafia / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?

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Capitulo 7

El regreso a la mansión fue distinto, envuelto en una atmósfera que Lilian no lograba terminar de procesar. Las paredes de piedra y los portones de hierro, que antes se alzaban ante sus ojos como los barrotes de una prisión asfixiante, ahora se sentían como los muros de una fortaleza. Afuera, el mundo se había vuelto un océano de depredadores, y curiosamente, el hombre que la había arrancado de su vida era el único que no le mentía sobre el peligro. El silencio dentro del coche era denso, casi sólido, pero ya no era el silencio incómodo de una víctima y su captor; era la quietud pesada de dos soldados que regresan de una trinchera ensangrentada, compartiendo el peso de lo que acababan de ver.

Killian detuvo el vehículo frente a la entrada principal. El motor se apagó, dejando que el murmullo del bosque nocturno llenara el habitáculo. Por primera vez, él no esperó a que ella bajara sola ni le dio una orden seca desde el asiento del conductor. Rodeó el coche con pasos felinos, abrió la puerta y le ofreció la mano. Lilian la tomó, sintiendo la aspereza de su palma y la firmeza inquebrantable de sus dedos. Ya no había rastro de la duda en su mirada; aquel brillo de ingenuidad que Killian tanto despreciaba se había evaporado, dejando en su lugar un vacío frío y cristalino que él reconoció de inmediato. Era el vacío de quien ya no tiene nada que perder porque lo ha perdido todo en una sola noche.

—Báñate —dijo él mientras cruzaban el vestíbulo, su voz resonando en el mármol frío—. Quítate el olor de ese puerto, el olor a Ramos y a la basura de tu padre. Te espero en el despacho en media hora. Tenemos que diseccionar lo que ese infeliz va a hacer a continuación.

Lilian asintió sin mediar palabra. Sus piernas, que antes temblaban ante la menor provocación, ahora se movían con una determinación autómata. Subió a la habitación y se encerró en el baño. Dejó que el agua hirviendo golpeara su espalda con una violencia necesaria, buscando que el dolor físico acallara el griterío de sus pensamientos. Su piel se puso roja, casi en carne viva, pero por más que frotaba sus brazos, no lograba borrar la imagen mental del detective Ramos aceptando ese sobre negro. Cada gota de agua parecía recordarle que su vida anterior era una farsa construida sobre cadáveres y sobornos. Al salir, evitó los vestidos florales y las sedas claras que Killian le había proporcionado al principio. Buscó en el armario hasta encontrar ropa negra: unos pantalones ajustados y una blusa de seda oscura que la hacía sentir blindada, como si el color del luto fuera ahora su uniforme de guerra.

Bajó las escaleras y se dirigió al despacho de Killian, un santuario que hasta ese momento le había estado vedado. Era una estancia impregnada de un magnetismo pesado, con paredes cubiertas de libros antiguos de lomos gastados, monitores que escupían imágenes en blanco y negro de las cámaras de seguridad y un aroma persistente a whisky caro y cuero viejo. Killian estaba de pie junto al ventanal, una silueta imponente recortada contra la oscuridad del bosque.

—Tu padre no es un hombre que se quede de brazos cruzados, Lilian —dijo él sin girarse, detectando su presencia por el sutil cambio en la corriente de aire—. Ramos ya le habrá contado que estás viva, que estás conmigo y, lo más importante, que viste el intercambio. Para el Juez, ya has dejado de ser su "niña adorada"; ahora eres la prueba viviente de sus crímenes, un cabo suelto con nombre y apellido.

—Él no se atreverá a tocarme aquí —respondió Lilian, sentándose en la silla de cuero frente al escritorio, cruzando las piernas con una elegancia gélida—. No sabe dónde estamos, y su arrogancia le impedirá creer que he sobrevivido tanto tiempo a tu lado.

—Te subestimas a ti misma y, lo que es peor, lo subestimas a él —Killian se giró con una lentitud calculada, su mirada de acero clavada en ella como un puñal—. Tiene recursos que ni siquiera imaginas. Pero aquí... —se acercó al escritorio, su sombra cubriéndola por completo— aquí el único que dicta las sentencias soy yo. Aquí estás bajo mi ley, y mi ley es la única que puede mantenerte respirando.

Él se sentó en el borde del escritorio, invadiendo su espacio personal con una naturalidad que aceleró el pulso de Lilian. Ella no retrocedió. La proximidad de Killian, que semanas atrás la hacía encogerse de miedo, ahora le provocaba una extraña y adictiva descarga de adrenalina. Él extendió una mano y, con una lentitud exasperante, rozó con el dorso de sus dedos la mejilla de ella. Sus dedos estaban fríos, pero su contacto quemaba. Bajó lentamente por la línea de su mandíbula hasta detenerse en el pulso acelerado de su cuello.

—¿Tienes miedo, Lilian? —susurró él. Su voz era una caricia peligrosa, el ronroneo de un depredador que ha decidido no morder, al menos por ahora.

—He pasado tanto tiempo teniendo miedo que creo que el depósito se ha vaciado —respondió ella, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Ahora lo único que ocupa ese espacio son las ganas de ver su rostro cuando se dé cuenta de que su "moneda de cambio" se ha convertido en su verdugo. Quiero que sienta el frío que yo sentí en ese puerto.

Killian sonrió. No fue una sonrisa de alegría, sino una mueca cruel, fascinante y cargada de una oscura satisfacción. Se inclinó hacia ella, sus rostros a apenas unos centímetros, compartiendo el mismo aire cargado de tensión sexual y odio compartido.

—Esa es la actitud que te mantendrá con vida en este nido de víboras. Pero no te confundas —él atrapó su nuca con la mano, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta—. El hecho de que seamos aliados contra él no significa que seas libre. Has salido de su jaula para entrar en mi mundo. Sigues siendo mía, Lilian.

—¿Tuya? —ella soltó una risa seca, desprovista de humor—. Me estás entrenado, me has mostrado la verdad podrida de mi familia y me has salvado la vida esta noche. Pero no soy un objeto de tu inventario, Killian. No soy un cargamento de químicos ni un fajo de billetes en un sobre negro.

—No, no eres un objeto —él apretó ligeramente el agarre en su nuca, sus ojos brillando con una intensidad posesiva—. Eres mi inversión más valiosa. El problema de las inversiones de alto riesgo es que uno se vuelve obsesivo con protegerlas de cualquier daño externo. Y tú, ahora mismo, eres el arma más letal que tengo.

El beso fue el resultado inevitable de una combustión lenta que llevaba días fraguándose. No hubo dulzura, ni ternura, ni promesas de amor. Fue una colisión violenta de rabia, necesidad y una oscuridad que ambos reconocían en el otro. Lilian respondió con la misma ferocidad, enterrando sus dedos en el cabello de Killian, liberando en ese contacto toda la angustia, la traición y la adrenalina acumulada. En los brazos del hombre que la había secuestrado, encontró una verdad que su padre nunca le dio: la honestidad de la ferocidad. No había máscaras allí, solo dos seres rotos tratando de encontrar un equilibrio en el caos.

Killian se separó apenas unos milímetros, su respiración agitada golpeando los labios de ella, que ahora estaban hinchados y encendidos.

—Te voy a convertir en el arma que lo destruya —murmuró contra su boca, como si fuera una promesa de sangre—. Pero cuando el humo se despeje y las cenizas de su imperio caigan, no habrá vuelta atrás hacia tu vida de seda y perlas. Estarás manchada para siempre, Lilian. El color de este mundo no se quita con agua caliente.

—Ya estoy manchada —respondió ella con la voz ronca, una chispa de desafío bailando en sus ojos—. Y, para mi sorpresa, me gusta el color del pecado. Es mucho más real que el blanco hipócrita que vestía antes.

Killian la soltó bruscamente y regresó a su silla tras el escritorio, recuperando su máscara de frialdad profesional en un segundo, como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, sus ojos seguían ardiendo con una llama nueva, una que Lilian sabía que no se apagaría fácilmente.

—Mañana empezaremos con algo más que puntería y combate cuerpo a cuerpo —dijo él, abriendo una carpeta sobre la mesa—. Vamos a empezar a desmantelar sus cuentas bancarias en el extranjero, sus paraísos fiscales y los nombres de los jueces que tiene en nómina. Si quieres herir de verdad a un hombre como tu padre, no vayas por su corazón; ese órgano dejó de funcionar hace mucho. Ve por su dinero, por su reputación y por su legado. Déjalo sin nada, y luego, cuando esté en el suelo, le daremos el golpe de gracia.

Lilian se acercó a la mesa y se inclinó sobre los documentos, dejando atrás definitivamente a la chica que solía ser. Esa noche, en la penumbra del despacho de Killian, no solo planearon una venganza económica. Firmaron un pacto de sangre que no conocía fronteras morales. Ella ya no era la prisionera de la jaula de vidrio; era la cómplice del diablo, y estaba lista para prenderle fuego al mundo entero con tal de ver a su padre arder entre las ruinas de su propia ambición.

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*Soy Tu Dueña*
Escribes muy lindo
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