Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
NovelToon tiene autorización de Ariane Salvatore Falcó para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capítulo 18
El cielo sobre el Mar de Barents era un lienzo de grafito y presagios. A treinta mil pies de altura, la temperatura exterior era de cuarenta grados bajo cero, pero dentro de las cabinas de los tres Su-35, el aire quemaba. La formación "Tridente" volaba en un silencio radiofónico que vibraba con el odio acumulado de las últimas semanas. Mikhail lideraba la punta, con Susana a su derecha y Viktor Morozov cerrando el flanco izquierdo.
—Bravo-1 a formación. Contacto visual con los intrusos en diez segundos. Son interceptores de alta maniobrabilidad. Mantengan la calma y sigan mi estela —la voz de Mikhail era un bloque de hielo seco, profesional hasta la médula, como si las noches de traición y los gritos en su oficina nunca hubieran ocurrido.
—Copia, Bravo-1 —respondió Susana, sus dedos enguantados apretando la palanca de mando con una fuerza que le blanqueaba los nudillos.
—No necesito que me guíes, Volkov. Sé exactamente dónde está el enemigo —espetó Viktor. Su voz por el intercomunicador sonaba cargada de una arrogancia peligrosa, la de un hombre que cree que su reciente victoria en la cama se traduce en invencibilidad en el aire.
De repente, el radar de Susana estalló en una sinfonía de alertas. Dos misiles aire-aire habían sido disparados desde la capa de nubes inferior.
—¡Baleout! ¡Maniobras evasivas! —gritó Mikhail.
La Danza de la Muerte
El combate se convirtió instantáneamente en un caos de postcombustión y bengalas térmicas. Susana realizó un giro de 9G que le comprimió los pulmones, viendo cómo las trazas de humo de los misiles pasaban a escasos metros de su carlinga. Mikhail se movía con la fluidez de un fantasma, ejecutando una "Cobra de Pugachev" que dejó al enemigo sobrepasándolo, listo para ser derribado.
Pero Viktor... Viktor estaba fuera de sí. Quería demostrarle a Susana que él era el verdadero Alfa del escuadrón. En lugar de mantener la formación de cobertura, rompió el patrón para perseguir a un tercer contacto que huía hacia el norte.
—¡Morozov, regresa a la formación! ¡Es una trampa de pinza! —ordenó Mikhail, su tono perdiendo por un momento su frialdad mecánica.
—¡Cierra la boca, Volkov! ¡Mira cómo se hace! —rugió Viktor.
Susana vio, con horror, cómo dos firmas térmicas más aparecían detrás del avión de Viktor. Él estaba tan obsesionado con el derribo que había ignorado su retaguardia.
—¡Viktor, a las seis! ¡Tienes dos encima! —gritó Susana, inclinando su avión para intentar cubrirlo.
El Accidente
Lo que sucedió después fue una fracción de segundo que se grabó en la mente de Susana como un tatuaje de fuego. Viktor, en un intento desesperado por evadir los misiles que ya estaban sobre él, realizó una maniobra de ascenso vertical demasiado agresiva. Su motor izquierdo, castigado por la sobrecarga de postcombustión, sufrió un "compressor stall" seguido de una explosión masiva.
El ala izquierda del Sukhoi de Viktor se desprendió como si fuera de papel. El avión entró en una barrena plana incontrolable, envuelto en una bola de fuego naranja que contrastaba violentamente con el gris del cielo ruso.
—¡Eyecta, Viktor! ¡Eyecta ahora! —chilló Susana por la radio, sus ojos fijos en la estela de destrucción.
—¡El sistema de eyección está dañado! ¡Maldita sea... Mikhail... Susana...! —la voz de Viktor se cortó con un siseo estático de interferencias.
Mikhail realizó un picado suicida, intentando colocarse debajo del avión de Viktor para usar la estela de su propio motor y estabilizarlo, una maniobra de manual que solo un loco o un genio intentaría. Pero era demasiado tarde. El Su-35 de Morozov impactó contra la superficie helada del mar con una fuerza que desintegró el metal en millones de fragmentos.
No hubo paracaídas. No hubo señal de baliza. Solo una mancha de fuego sobre el agua negra que se extinguió en segundos bajo la inclemencia del Ártico.
El Regreso de las Sombras
El vuelo de regreso a la base fue el viaje más largo de la vida de Susana. El espacio a la izquierda de la formación estaba vacío, un hueco que gritaba el nombre de un hombre que, hasta hace unas horas, planeaba poseerla de nuevo. Mikhail volaba en silencio absoluto. Ya no había órdenes, ni correcciones, ni sarcasmo. Solo el zumbido de los motores y el peso de la muerte.
Al aterrizar, la pista estaba iluminada por las luces de emergencia y las ambulancias que no tendrían a quién atender. El General esperaba al pie de la pista, con el rostro sombrío.
Susana bajó de la cabina con las piernas temblando. Se quitó el casco y dejó que el viento helado le azotara el rostro, tratando de asimilar que el hombre con el que había pasado la noche anterior, el hombre que había usado para herir a Mikhail, ya no existía.
Mikhail bajó de su avión y caminó directamente hacia ella. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos... sus ojos estaban llenos de una tormenta de emociones que no podía clasificar. Se detuvo frente a ella, ignorando a los oficiales y a los mecánicos que corrían de un lado a otro.
—Se ha ido —dijo Susana, su voz apenas un susurro quebrado por el llanto contenido—. Viktor ha muerto por mi culpa, Mikhail. Si no lo hubiera provocado... si no lo hubiera usado...
Mikhail la tomó por los hombros. No hubo violencia esta vez, ni arrogancia. Fue un agarre firme, casi protector.
—Murió por su propia soberbia, Susana. En el aire no hay espacio para el ego —dijo Mikhail. Su voz era profunda, despojada de su habitual veneno—. Pero no te equivoques. Esto cambia todo. El General va a buscar un culpable, y la investigación va a desenterrar cada secreto de esta base.
Susana lo miró a los ojos y, por primera vez, vio miedo en el hombre de granito. No miedo a la muerte, sino miedo a perder la única cosa que le recordaba que aún era humano: ella.
El Velorio de las Mentiras
Esa noche, la base guardó un luto pesado. El nombre de Viktor Morozov fue borrado de las pizarras de vuelo, pero su sombra permanecía en cada rincón. Susana se encerró en su habitación, pero no pudo evitar que Mikhail entrara. Esta vez, él no pidió permiso ni forzó la entrada; simplemente apareció, como una extensión de su propia soledad.
—¿Estás satisfecha, Reyes? —preguntó Mikhail, apoyado en la puerta, observando cómo ella se abrazaba a sí misma en la oscuridad—. El "ojo por ojo" ha terminado con un cadáver en el fondo del mar.
Susana levantó la vista, con los ojos rojos y el alma agotada.
—No quería esto, Mikhail. Quería herirte a ti, no matarlo a él.
Mikhail se acercó lentamente y se sentó a su lado en la cama. no hubo juegos de poder. Él tomó su mano y la apretó con una suavidad que Susana no creía que él poseyera.
—Lo sé —susurró él—. Pero ahora somos los únicos que quedan en este juego. Larisa está fuera de control, el General sospecha de una falla técnica sabotada y Washington va a pedir explicaciones por tu participación en el accidente.
Mikhail se inclinó y apoyó su frente contra la de ella. El calor de su piel era lo único que mantenía a Susana anclada a la realidad.
—Tenemos que terminar la misión y salir de aquí antes de que el hielo nos trague a nosotros también —continuó Mikhail—. Ya no hay espacio para la venganza, Susana. Solo para la supervivencia.
En el silencio de la noche, el eco del accidente de Viktor seguía resonando. La muerte del Mayor Morozov había destruido el triángulo amoroso, pero había dejado al descubierto las raíces de una conspiración que amenazaba con destruirlos a ambos. Mientras Mikhail la estrechaba entre sus brazos, Susana comprendió que el precio de su "ojo por ojo" había sido la pérdida de su última pizca de inocencia, y que ahora, más que nunca, su destino estaba ligado irremediablemente al hombre que juró odiar.