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La Promesa Del Brujo

La Promesa Del Brujo

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Reencarnación(época moderna) / Pareja destinada / Brujas / Amor en la guerra / Familias enemistadas / Completas
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Estefaniavv

Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?

NovelToon tiene autorización de Estefaniavv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5:El frío que no quema

Los días siguientes se convirtieron en un bucle de normalidad aparente. La universidad, el aroma a café tostado, el estudio bajo la luz tenue de mi lámpara y, por supuesto, la presencia silenciosa de Dagmar. Se había vuelto parte del mobiliario del café; llegaba siempre a la misma hora, ocupaba la misma mesa y pedía la misma agua que apenas probaba. Sin embargo, no volvió a dirigirme la palabra. Se limitaba a observarme con una fijeza que me hacía cometer errores torpes, como confundir un pedido o derramar leche sobre el mostrador.

Hoy, por fin, era mi día libre. Pero la paz duró poco.

—Rose, ni se te ocurra decir que no —Leslie me acorraló contra los casilleros al terminar la última clase de Historia—. Nos vamos todos al pie de la montaña. Hay una reunión de la facultad y no voy a aceptar otra de tus excusas existencialistas.

Llevo conociéndote cuatro años y nunca has salido conmigo a divertirte como una persona normal de veinticinco años. Ya es hora.

—¿A la montaña? Leslie, sabes que el clima está horrible hoy. ¿Y a qué hora pensamos volver? No me gusta andar por las calles de noche, y mis tías se ponen... intensas cuando no llego a la hora —argumenté, aunque sentía que mis propias excusas sonaban gastadas.

—¿Acaso piensas vivir encerrada para siempre? —Leslie rodó los ojos, ajustándose la bufanda—. Volveremos a las seis, lo prometo. Es solo un rato para ver el atardecer y estar con la gente. Por favor, hazlo por mí.

Ceder fue más fácil de lo que esperaba. En el fondo, la atmósfera pesada de mi casa, con los susurros constantes de Egle y Clarisa, me estaba asfixiando. Si regresaba a las seis, coincidiría con mi horario habitual del café, así que mis tías no notarían la diferencia.

Llegamos a la falda de la montaña cuando el sol empezaba a esconderse tras los picos nevados de Vancouver. El frío allí arriba era cortante, un viento que se filtraba por las costuras de mi abrigo de lana. Los estudiantes ya habían encendido una fogata enorme cuyas llamas anaranjadas bailaban furiosas contra el cielo gris. Había música baja, risas y el olor metálico de las latas de cerveza abriéndose.

Leslie, como era de esperar, desapareció a los pocos minutos. Su "enamorado" —un chico de arquitectura con el que mantenía un juego de miradas eterno— la había interceptado cerca del fuego. Los vi desde lejos: estaban sumergidos en una conversación tan intensa que el resto del mundo parecía haber desaparecido para ellos. Me sentí feliz por ella, pero una punzada de soledad me recorrió al quedarme sola, observando cómo las chispas de la hoguera se elevaban hacia la oscuridad.

—Rose.

El nombre no fue un grito, sino una nota baja que vibró en el aire frío. No necesité girarme para saber quién era. El vello de mis brazos se erizó antes de que mis ojos encontraran los suyos.

Dagmar estaba allí, de pie a mi lado. Parecía una aparición surgida de las sombras del bosque. No llevaba ropa de montaña, ni bufanda, ni gorro. Solo su traje oscuro de corte impecable, como si acabara de salir de una reunión de negocios en otro siglo.

—Hola... —dije, tratando de ocultar mi sorpresa—. No sabía que frecuentaras las reuniones universitarias. No pareces el clásico estudiante que disfruta de beber cerveza junto a una fogata.

—No lo soy —respondió él, mirando hacia las llamas con una expresión indescifrable.

—¿Siempre eres así de lacónico e inexpresivo? —pregunté, un tanto irritada por sus cortas respuestas .

Se hizo un silencio largo, roto solo por el crujido de la madera quemándose. Dagmar exhaló un suspiro hasta decir;

—Sí... —hizo una pausa, y por primera vez en toda la tarde, me miró de reojo—. Me cuestan las relaciones sociales. El lenguaje moderno a veces me resulta... ajeno.

—¿Y qué haces en un lugar como este, entonces?

—me atreví a preguntar. La libertad de la montaña y la distancia de mis tías me daban un valor inusual.

—Tú estás aquí —dijo él, simplemente.

Sentí que el corazón me daba un vuelco

—¿Eso qué significa? ¿Me estás siguiendo, Dagmar? ¿Eres realmente mi acosador, como bromea Leslie?

Él no respondió directamente. En lugar de eso, clavó su mirada en la mía, ignorando mi acusación con una elegancia que me desarmó.

—¿Qué haces tú aquí, Rose? Pareces incómoda. Este ambiente de ruido y excesos no encaja con la calma que sueles proyectar.

Me quedé callada un segundo. Tenía razón.

—Mi amiga insistió. A veces siento que debo intentar ser la persona que todos esperan que sea.

—Ya veo —murmuró él.

Me fijé en su atuendo. Yo llevaba tres capas de ropa y aun así sentía que se me congelaban las puntas de los dedos. Él, en cambio, parecía no notar los grados bajo cero.

—Traes poca ropa. ¿No tienes frío?

—No —respondió con una seguridad que me dejó helada—. El frío no es algo que me afecte desde hace mucho tiempo.

—Eres un enigma —susurré, abrazándome a mí misma para entrar en calor—. ¿Eres de Vancouver? ¿De Canadá, al menos?

—No. He vivido en muchos lugares, pero ninguno es mi hogar.

—Mira, Dagmar, no te conozco —dije, girándome por completo hacia él—, pero el hecho de que te acerques a hablar conmigo supone que quieres comunicarte. Sin embargo, tus respuestas son evasivas, casi defensivas. ¿Quieres hablar conmigo o solo quieres observarme como si fuera una pieza de museo?

Una chispa de algo parecido a la diversión, o quizás al dolor, cruzó sus ojos plateados.

—Hace un momento me describiste bien: soy inexpresivo. Solo es eso. No significa que me incomode hablar contigo. Al contrario.

—Vale... —acepté, bajando un poco la guardia—. Entonces, ¿qué haces en esta ciudad? No pareces alguien que esté aquí por turismo.

—Vine a verificar algo —dijo, y su voz se volvió más sombría—. Y he demorado más de lo esperado en hacerlo. Digamos que estoy esperando el momento adecuado para tomar una decisión importante.

—Entiendo. Bueno, espero que encuentres lo que buscas.

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Laura Diaz
excelente historia
Estefaniavv: Qué bueno que le gustó 🩵🩵
total 1 replies
Estefaniavv
♥️
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