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EL LEGADO DE LA AMBICIÓN

EL LEGADO DE LA AMBICIÓN

Status: En proceso
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Paulina Yolanda Olivares Carrasco

El Legado de la Ambición En la cúspide del éxito corporativo, los apellidos no son solo nombres; son sentencias. Samantha San Lorenzo ha pasado su vida bajo el escrutinio de una familia que valora la perfección por encima de la libertad. Su mundo de porcelana se agrieta cuando colisiona con Vladimir Musk, un hombre cuya visión del futuro es tan audaz como peligrosa. Lo que comienza como una rivalidad por el control de un imperio se transforma en una atracción prohibida que desafía toda lógica. Entre juntas de accionistas y secretos que podrían hundir industrias enteras, Samantha y Vladimir descubrirán que, en el juego del poder, el corazón es el único activo que no pueden permitirse perder. Una historia de redención, deseo y la lucha por escribir su propio destino.

NovelToon tiene autorización de Paulina Yolanda Olivares Carrasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

La Cena de los Lobos

POV: Samantha San Lorenzo

Me di una ducha larga, tratando de frotar la sensación de Vladimir Musk de mi piel. La habitación que me habían asignado era espectacular y aterradora al mismo tiempo: tres paredes de vidrio que me hacían sentir como si estuviera flotando sobre el océano. No había cortinas, solo un sistema inteligente que oscurecía el cristal con un comando de voz. Privacidad tecnológica.

Me puse un vestido sencillo de lino blanco, algo que no gritara "esclava de la moda", y bajé al comedor principal.

La mesa era una pieza de madera de deriva pulida, lo suficientemente larga para veinte personas, pero solo había dos servicios puestos, uno en cada extremo. Vladimir ya estaba allí, leyendo unos informes en su tablet mientras bebía agua mineral. Se había cambiado por una camiseta de algodón negro que marcaba sus hombros anchos. Odiaba lo bien que se veía sin el disfraz de empresario.

La cena fue servida en silencio por un chef que parecía un fantasma. Carpaccio de pulpo, risotto de trufa blanca, vinos que costaban más que el salario anual de un obrero. Cada bocado se sentía como ceniza en mi boca.

—¿Vas a ignorarme toda la cena o vas a decirme qué planeas hacer con la división de energías renovables de mi familia? —pregunté, dejando los cubiertos con un sonido metálico que resonó en la sala.

Vladimir levantó la vista, sus ojos grises brillando bajo la luz LED.

—Voy a cerrarla —dijo con una naturalidad insultante.

—¿Qué? —me puse de pie, la silla raspando el suelo—. Esa división es el legado de mi madre. Es el futuro de la sostenibilidad.

—Es un sumidero de dinero, Samantha. Tecnología obsoleta de hace diez años. Musk-Energy tiene patentes que hacen que tu división parezca un proyecto escolar de ciencias. Mantenerla abierta es sentimentalismo, y el sentimentalismo es lo que casi lleva a tu padre a la cárcel.

Caminé hacia su extremo de la mesa, la rabia dándome una fuerza que no sabía que tenía.

—No todo es rentabilidad, Vladimir. Hay personas trabajando allí desde hace décadas. Familias que dependen de esos empleos.

—Entonces dales una indemnización generosa. Yo ya lo he presupuestado. Pero no me pidas que mantenga vivo un cadáver solo porque te trae recuerdos de tu infancia. Si quieres ser mi socia, empieza a pensar como una.

Me detuve frente a él. Él no se movió, solo me observó con esa calma desesperante. Sin pensarlo, mi mano voló hacia su rostro, pero él fue más rápido. Atrapó mi muñeca en el aire con una fuerza firme pero que no llegaba a lastimar. El contacto me quemó.

—No vuelvas a intentarlo —advirtió, su voz era un susurro peligroso—. No soy tu padre, Samantha. No me rompo. Y no acepto berrinches aristocráticos.

—Y yo no acepto ser un "activo" que puedes optimizar —respondí, tratando de liberar mi mano, pero él me atrajo hacia él, obligándome a inclinarme sobre su silla.

Estábamos tan cerca que podía ver el reflejo de mi propia furia en sus ojos. Su olor, esa mezcla de sándalo y mar, me nubló el juicio por un segundo. La tensión entre nosotros ya no era solo por los negocios; era algo primario, una fuerza de la naturaleza que ambos estábamos tratando de ignorar bajo capas de lógica y desprecio.

—¿Sabes qué creo? —dijo él, su mirada bajando a mis labios—. Creo que me odias tanto porque soy el único que te ve de verdad. No como a la "Princesa San Lorenzo", sino como a la mujer que está muriendo por dejar de fingir.

—No tienes idea de quién soy —siseé.

—Tengo todos tus datos, Samantha. Pero lo que no tengo en los informes es esto... —sus dedos se cerraron un poco más sobre mi muñeca, y por un instante eterno, pensé que me besaría para silenciar mi protesta.

Pero no lo hizo. Me soltó bruscamente, como si yo fuera la que le estuviera quemando a él.

—Vete a dormir —dijo, volviendo su atención a la tablet, aunque noté que su mano temblaba imperceptiblemente—. Mañana tenemos mucho que discutir sobre la reestructuración.

Me di la vuelta y salí del comedor casi corriendo. Mi corazón martilleaba contra mis costillas. Lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de mi ser. Pero mientras subía a mi habitación de cristal, no podía dejar de pensar en la presión de sus dedos sobre mi piel y en la aterradora sospecha de que, tal vez, el monstruo tenía razón.

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