Me llamo Ren, soy un chico de 17 años, y tras un accidente inexplicable desperté en un mundo completamente ajeno al mío. Un lugar regido por reglas que apenas logro comprender, donde lo más importante no es la fuerza ni la inteligencia… sino la reproducción.
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CAPÍTULO 23
Zeon movió su mano con rapidez mientras se deslizaba conmigo en brazos, su cuerpo aún en forma de serpiente. Apenas hizo ese gesto, una densa neblina comenzó a expandirse por todo el bosque, cubriéndolo todo en cuestión de segundos. Los árboles, el suelo, incluso el cielo… todo quedó envuelto en un manto blanco que confundía la vista y distorsionaba los sonidos.
Gracias a eso… logramos escapar.
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La noche cayó sin que me diera cuenta.
Seguimos avanzando entre los árboles, pero ahora todo se sentía más pesado. El aire era frío, húmedo… y mi cuerpo ya no respondía igual. Me dolía todo. Tenía hambre. Tenía frío. Y el cansancio me arrastraba poco a poco, como si cada paso que Zeon daba se sintiera también dentro de mí.
No dije nada.
Pero él lo notó.
Podía sentirlo… aunque no estuviera viendo su rostro.
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Narración de Zeon:
No ha comido en todo el día.
Su respiración es débil… su cuerpo está más ligero de lo normal.
Una hembra debe alimentarse bien.
Debo cazar algo.
Pero es de noche… y este bosque no es seguro para alguien como ella. No puedo dejarla sola… ni un segundo.
Entonces tendría que llevarla conmigo… pero en su estado…
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—Estoy bien, Zeon… —murmuré con dificultad—. No te preocupes por mí…
Ni yo mismo creí mis palabras.
Sentí su mano acariciar suavemente mi rostro… y en ese instante supe que algo no estaba bien.
Su mano se detuvo apenas un segundo más de lo normal.
Mi piel… ardía.
Fiebre.
No necesitó decirlo.
Zeon tensó ligeramente su cuerpo, y pude sentir cómo su ritmo cambiaba.
—…
No dijo nada, pero su velocidad aumentó.
Después de unos momentos, percibí un leve cambio en el entorno. El aire… era distinto. Más denso. Más… contenido.
Zeon pensaba.
Estamos en la zona tres… ellos difícilmente podrán alcanzarnos aquí…
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—EN LA ZONA CUATRO—
—¡Rápido! ¡Si llueve perderemos el rastro!
Las voces quedaban atrás.
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—ZONA TRES—
No pasó mucho tiempo hasta que Zeon se detuvo.
Frente a nosotros… había una aldea.
Pero no era como las otras que había visto.
Había algo… extraño en ella.
Una especie de barrera invisible rodeaba todo el lugar. Podía sentirla, como una presión en el aire. Y antes de que pudiera reaccionar, varias figuras aparecieron frente a nosotros.
Hombres bestia.
Murciélagos.
Sus ojos brillaban en la oscuridad, y sus lanzas ya estaban apuntándonos.
Todo pasó muy rápido.
—¡Alto!
—¡No den un paso más!
Sus voces eran firmes, tensas. Nos rodearon sin dudarlo, colocándose en posiciones defensivas.
Zeon no retrocedió.
Me sostuvo con más firmeza, pero sin lastimarme.
—No estoy buscando problemas —dijo con voz baja pero firme—. Solo quiero que le den atención médica a mi hembra.
Los aldeanos no bajaron sus armas.
Al contrario… se tensaron más.
El ambiente se volvió pesado.
Peligroso.
Y entonces…
Zeon perdió la paciencia.
—¡¡SOLO QUIERO QUE LA ATIENDAN!! —rugió, su voz resonando con fuerza en toda la aldea—. ¡¡NO ES MUCHO PEDIR!!
El silencio que siguió fue tenso.
Su grito atravesó todo el lugar… hasta llegar al centro de la aldea.
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Desde una cabaña más grande, dos figuras salieron.
Un hombre… y una mujer embarazada.
Detrás de ellos, dos hombres se acercaron rápidamente.
Uno de los hombres tenía la apariencia de un aldeano soldado, mientras que el otro vestía ropas más sofisticadas que reflejaban un estatus superior.
El primero dio un paso al frente y, sin perder tiempo, presentó su informe con firmeza.
—¡Mi señor, allá afuera hay un hombre reptil que quiere entrar a nuestras tierras!
Acto seguido, se arrodilló con respeto.
—¡Deme la orden y junto con los demás lo alejaremos!
El líder no respondió enseguida.
Observó a lo lejos.
Pensando.
Entonces, el otro hombre dio un paso al frente, inclinándose ligeramente:
—Padre… —dijo con seriedad—. El hombre reptil… trae consigo a una hembra.
El líder levantó la mirada de golpe.
—¿Qué…?
Por un instante, el silencio se rompió con la sorpresa… pero rápidamente fue reemplazado por una sonrisa.
—¡Rápido! ¡Quiero verla!
La hembra embarazada que se encontraba a su lado intentó intervenir.
—Mi señor…
—¡Cállate y quédate aquí! —la interrumpió con brusquedad.
Luego, volviendo a sonreír con evidente interés, añadió:
—Vamos, soldado. Guíame.
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Ren ardía en fiebre, su respiración era irregular y su cuerpo temblaba débilmente entre los brazos de Zeon. Él, por su parte, sabía tratar venenos, heridas externas, incluso toxinas complejas… pero aquello era distinto. No comprendía qué le ocurría realmente, y esa incertidumbre comenzaba a inquietarlo más de lo que mostraba.
Mientras tanto, el líder murciélago se elevó en el aire con agilidad, sus alas extendiéndose mientras avanzaba hasta la formación defensiva que protegía la entrada de la tribu. Aquella barrera invisible reaccionaba ante cualquier intruso, preparada tanto para repeler como para atacar.
Desde lo alto, observó a Zeon… y a la figura que sostenía.
—¿Qué es lo que buscan en mi tribu? —preguntó con autoridad.
Zeon no vaciló.
—Quiero tratamiento médico para mi hembra… y hospedaje.
El líder lo miró con arrogancia al principio, evaluándolo como una amenaza potencial. Sin embargo, cuando su mirada descendió hacia Ren, su expresión cambió por completo.
Sus ojos se abrieron apenas… y luego se entrecerraron con interés.
—Qué hermosa hembra…—pensó—. Es de mi gusto… la dejaré pasar.
Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en su rostro.
—Bien… —dijo finalmente—, pero solo entrará la hembra.
Con un gesto de la mano, dio la orden. La formación se abrió ligeramente… lo suficiente para permitir el paso de una sola persona.
Pero no de ambos.
Desde atrás, el hijo del líder observaba la escena en silencio, comprendiendo perfectamente las intenciones de su padre.
—Al parecer… quiere agregarla a su colección… —pensó con cierta resignación—. Pero no puedo culparlo… es la primera vez que veo a una hembra tan hermosa.
El ambiente se tensó.
La decisión estaba tomada.
El ceño de Zeon se frunció con una intensidad contenida, mientras sus colmillos rechinaban levemente, evidenciando la furia que apenas lograba mantener bajo control.
Sabía perfectamente lo que aquellos hombres murciélago estaban tramando, podía percibirlo en sus miradas, en la forma en que observaban a Ren como si fuera un objeto de deseo y no una vida en peligro.
Sin embargo, por más que el impulso de arrasarlos a todos cruzara su mente, la condición de Ren lo ataba, lo obligaba a tragarse su orgullo una vez más.
El líder murciélago, con una sonrisa cargada de malicia, dio un paso al frente, extendiendo ligeramente las alas detrás de él.