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Mariana

Mariana

Status: Terminada
Genre:Terror / Completas
Popularitas:73
Nilai: 5
nombre de autor: Campos Fernando

Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa

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El REGRESO

El aire en Tuxla Gutiérrez era denso, impregnado de un aroma terroso que evocaba recuerdos de la infancia de Sara. A medida que el sol se ocultaba detrás de las montañas, el cielo se tiñó de tonos anaranjados y violetas. Ella miraba a través de la ventana del coche, sintiendo que cada kilómetro la acercaba a su hogar, y a la vez, a la angustia por la enfermedad de su madre. Alejandro, a su lado, le tomó la mano y le sonrió con ternura. “Todo estará bien, mi amor. Estamos aquí para apoyarte”, le dijo, su voz suave como un susurro.

Cuando finalmente llegaron a la granja de su padre, el ambiente se sentía impregnado de nostalgia. La casa, con su fachada de adobe y techos de teja, parecía abrazarlos al llegar. El sonido de las risas de su padre y su madre se escuchaba desde el interior, llenando el aire con una calidez familiar. “¡Sara! ¡Alejandro!”, exclamó su madre, abrazándolos con fuerza. La preocupación en su rostro se mezclaba con la alegría de ver a su hija. “Te he extrañado tanto”, dijo, mientras las lágrimas brillaban en sus ojos.

Nazario, el capataz de la hacienda y amigo de la infancia de Sara, apareció en la puerta. “¡Sara! ¡Qué alegría verte de nuevo!”, gritó, corriendo hacia ella. Su abrazo fue fuerte y reconfortante, un recordatorio de los días despreocupados de su niñez. Julieta, la madre de Nazario y ama de llaves de la hacienda, se unió al grupo, trayendo consigo el aroma de su famosa sopa de calabaza. “He preparado tu favorita, mija”, dijo con una sonrisa maternal.

La cena fue un festín de sabores y risas, con historias del pasado que llenaban la mesa. Sara se sentía en casa, pero una sombra de preocupación se cernía sobre ella. La enfermedad de su madre era un recordatorio constante de que la vida no siempre era perfecta. Después de la cena, se retiraron a su habitación, donde la luna iluminaba suavemente el espacio. “¿Estás bien, Sara?” preguntó Alejandro, mientras ella se acomodaba en la cama. “Solo un poco cansada”, respondió, aunque sabía que había algo más profundo en su mente.

Mientras la noche avanzaba, Sara se sumió en un sueño inquieto. En su mente, se encontraba en un cuarto oscuro, donde una niña jugaba sola. La pequeña reía y giraba, su risa resonando en el aire como un eco lejano. Sara intentó acercarse, pero la niña desapareció en un susurro de sombras. “¿Quién eres?”, preguntó Sara, pero su voz se desvaneció. La atmósfera era opresiva, y el miedo comenzó a apoderarse de ella. De repente, se despertó, el corazón latiendo con fuerza. Se encontró en una mecedora en el porche, la luz del amanecer filtrándose a través de las hojas de los árboles.

Confundida, miró a su alrededor. ¿Cómo había llegado allí? La brisa de la mañana era fresca, y el canto de los pájaros llenaba el aire. Se levantó de la mecedora, sintiendo la suavidad de la madera bajo sus dedos. “Alejandro”, murmuró, buscando su esposo en la casa. Entró en la habitación, donde él aún dormía, ajeno a sus pensamientos. La inquietud la envolvía, y una sensación de desasosiego la acompañaba. ¿Había sido todo un sueño?

Se acercó a la ventana y observó el paisaje familiar. El campo se extendía ante ella, con el sol elevándose lentamente en el horizonte. “Sara, ¿estás bien?”, preguntó Alejandro, despertando de su sueño. Su voz la sacó de su trance. “Tuve un sueño extraño… o tal vez no fue un sueño”, respondió, sintiendo que la confusión la envolvía. La mirada de Alejandro era de preocupación, pero también de curiosidad. “¿Qué viste?”, inquirió, sentándose en la cama, mientras la luz del sol iluminaba su rostro.

“Vi a una niña jugando en un cuarto oscuro”, explicó Sara, su voz temblando. “No podía acercarme a ella, y luego me desperté aquí, en la mecedora. No recuerdo haberme movido”. Alejandro se acercó a ella, tomando su mano con suavidad. “Quizás solo fue un sueño provocado por el estrés. Tu madre está enferma, y esto es un cambio grande”, sugirió con suavidad. Sin embargo, en su interior, Sara no podía sacudirse la sensación de que había algo más en esa experiencia.

El día avanzó, y la familia se reunió para el desayuno. La conversación giraba en torno a la salud de su madre, pero Sara seguía con la mente en la niña del sueño. “¿Recuerdas a la niña que solía jugar en el granero?”, preguntó Nazario, rompiendo su ensimismamiento. “Sí, era la hija de don Manuel. Se perdió hace años”, dijo Julieta, su voz llena de tristeza. La revelación hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Sara. ¿Podría haber sido ella?

Mientras el día se deslizaba hacia la tarde, la inquietud se intensificaba en su interior. La imagen de la niña seguía apareciendo en su mente, y la conexión con su pasado parecía más fuerte que nunca. “Voy a dar una vuelta por el campo”, anunció, intentando despejar su mente. Alejandro la miró con preocupación, pero asintió. “Te acompaño”, dijo, levantándose de la mesa. Juntos, salieron hacia el campo, donde los recuerdos y las sombras del pasado esperaban.

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