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Esposa Sustituta

Esposa Sustituta

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Mafia / Completas
Popularitas:12.6k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia

NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 5

—Ven —dijo él, señalando la mesa con un gesto que no admitía dudas—. Siéntate. Vamos a desayunar.

Su voz resonó en la cocina con esa autoridad natural que parecía llevar grabada en los huesos. Estaba sentado al frente, con una taza de café humeando entre sus manos y el periódico desplegado a un lado, como si aquella fuera una mañana cualquiera en lugar del día después de una boda falsa con una novia sustituta.

Negué con la cabeza sin dudar.

—No tengo hambre. Con permiso.

Di media vuelta, decidida a poner distancia entre nosotros. No quería sentarme a su mesa. No quería fingir normalidad. No quería que sus ojos oscuros me escudriñaran mientras intentaba tragar algo que se me atragantaría en la garganta.

Su reacción fue inmediata.

Escuché cómo sus manos se tensaban sobre la superficie de la mesa, cómo sus dedos se cerraron en puños con una fuerza apenas contenida. El crujido leve de la madera bajo la presión me heló a medio paso de la salida.

—Es una orden —exclamó.

La frase cayó entre nosotros como un látigo.

Me detuve.

Pero no me di la vuelta. Me quedé allí, de espaldas a él, sintiendo cómo la sangre comenzaba a hervirme en las venas. Una orden. Así que era así como funcionaba en esa casa. Él decía, y los demás obedecían.

Alessandro debió notar algo en mi postura, porque cuando habló de nuevo, su tono había cambiado. Se había suavizado apenas lo suficiente para resultar más inquietante que si hubiera mantenido la dureza inicial.

—Ayer no comiste —dijo, y por un instante casi pareció una preocupación genuina—. No quiero que desmayes en mi casa.

Sonreí. No pude evitarlo. Una sonrisa amarga que me torció los labios mientras giraba lentamente para enfrentarlo.

—Preocupado por tu inversión, ¿señor Moretti? —pregunté con dulzura fingida.

Sus ojos se entrecerraron.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Una leve sonrisa apareció en sus labios. Una que no alcanzaba sus ojos, que no tenía nada de cálida, pero que de alguna manera resultaba más peligrosa que cualquier expresión de enfado.

—Algo así —admitió, recostándose en el respaldo de la silla con una languidez que parecía ensayada—. Sería un desperdicio que te desvanecieras antes de tiempo.

Lo observé con calma, midiendo mis palabras.

—Justo hoy dejé de aceptar órdenes. Con permiso.

No esperé respuesta.

Me giré y me alejé, atravesando la cocina con pasos firmes. Sentía su mirada clavada en mi espalda, un peso físico que me impulsaba a acelerar el paso. Subí las escaleras hacia mi habitación con el corazón latiéndome en las sienes, y cuando por fin crucé el umbral, cerré la puerta con llave.

Me apoyé contra ella, conteniendo la respiración como si esperara escuchar sus pasos siguiéndome.

Pero no ocurrió.

El silencio permaneció intacto.

Exhalé lentamente, dejando que mi frente reposara contra la madera fría. Había sido una estupidez desafiarlo de esa manera. Lo sabía. Pero no pude evitarlo. Había pasado demasiados años obedeciendo, callando, bajando la cabeza. Y si algo había aprendido en las últimas veinticuatro horas, era que jugar a ser Ariana no significaba jugar a ser sumisa.

Con el paso de las horas, la inquietud inicial dio paso a un aburrimiento insoportable.

Me sentía atrapada en un lugar que no me pertenecía, en una vida que no había elegido. La habitación era hermosa, sí. Las sábanas eran de una suavidad que nunca había tenido en mi antiguo cuarto. Pero todo aquello me resultaba ajeno, como un decorado de teatro en el que no conocía mi papel.

Me levanté de la cama una y otra vez. Miré por la ventana. Revisé los cajones vacíos del vestidor. Intenté leer un libro que encontré en la mesita de noche, pero las palabras se mezclaban en mi cabeza sin formar sentido.

Extrañaba mi trabajo.

Ese pequeño restaurante donde atendía mesas doce horas al día, donde las piernas me ardían al final de la jornada y las manos me olían a detergente. Extrañaba la rutina. Incluso el cansancio que antes tanto había detestado.

Me habían obligado a renunciar.

Mi padre había llamado al dueño una semana antes de la boda, con esa voz suya que no admitía objeciones. "Mi hija ya no necesitará trabajar". Como si aquello fuera un favor. Como si me estuviera regalando algo en lugar de arrancarme lo poco que era mío.

Y ahora no sabía qué hacer conmigo misma.

No estaba hecha para la inactividad. Para pasearme por pasillos vacíos mientras el reloj marcaba horas que no sabía cómo llenar. Para ser una señora de la casa cuando ni siquiera era la señora verdadera.

Finalmente, abrí la puerta con cautela.

Asomé la cabeza y recorrí el pasillo con la mirada. No había nadie. Dudaba que Alessandro siguiera en la mansión; seguramente tendría asuntos que atender, negocios que manejar, vidas que controlar. O al menos eso esperaba. Necesitaba que no estuviera. Necesitaba un respiro.

Bajé las escaleras con cuidado, pegándome a la pared como si eso pudiera hacerme más pequeña, más invisible. Me dirigí a la cocina impulsada por una idea tan simple como absurda.

Cocinar.

No era buena en ello.

En realidad, era terrible.

Pero necesitaba hacer algo. Necesitaba ocupar mis manos, distraer mi mente, sentir que aún existía fuera del papel que me habían impuesto.

—Señora, ¿la ayudo en algo?

La voz me sobresaltó. Una joven de aspecto amable, con el cabello recogido en un moño apretado y un delantal blanco atado a la cintura, me observaba desde la entrada de la cocina con una mezcla de curiosidad y respeto.

Negué con una pequeña sonrisa.

—No, quiero intentarlo… aunque no soy muy buena. Estoy aburrida.

La chica dudó un segundo. Sus ojos se desviaron hacia algún punto detrás de mí, como si buscara la aprobación de alguien que no estaba allí. Luego volvió a mirarme y su expresión se relajó.

—Estoy aquí para ayudarla —dijo, y en su voz había una calidez que no esperaba.

—Bien —asentí, sintiendo que por primera vez en horas algo se aflojaba en mi pecho.

Busqué un delantal y me lo até a la cintura. El gesto me resultó extrañamente reconfortante, como si al ponérmelo recuperara algo de mí misma. Tomé otro delantal y se lo alcancé a la joven.

—¿Cómo te llamas?

—Carmina, señora.

—Perfecto, Carmina. Vamos a intentar no incendiar la cocina.

Su sonrisa se amplió apenas lo suficiente para mostrar que había captado el chiste.

Mi plan era sencillo: preparar pasta.

El resultado… fue un desastre de proporciones épicas.

La harina terminó por todas partes. En la mesa, sí, pero también en el suelo, en mis brazos, en mi cabello, en lugares que todavía no alcanzaba a identificar. La masa no tomaba forma, se pegaba a mis dedos como si tuviera vida propia y se resistía con terquedad a cualquier intento de convertirse en algo comestible.

—Señora, creo que necesita más agua —sugirió Carmina con cautela.

—¿Más agua? —repetí, observando la masa que ya parecía una especie de criatura viscosa—. ¿Estás segura?

—No —admitió, y su honestidad me hizo reír.

Fue una risa pequeña al principio. Luego otra, más fuerte. Y de repente, sin poder evitarlo, estaba riendo a carcajadas con la masa pegada a las manos y la harina cayendo de mi cabello como nieve fuera de temporada.

Carmina me miró un instante con los ojos muy abiertos, como si no supiera si estaba permitido reír en presencia de la señora de la casa. Pero luego su propio humor la traicionó, y una risa tímida escapó de sus labios.

—Esto es un desastre —admití entre risas.

—Un desastre muy grande, señora.

De pronto, movida por un impulso que no supe de dónde salió, ella tomó un poco de harina de la mesa y me la lanzó.

El impacto me dejó un instante en shock.

—¡Oye! —exclamé, parpadeando mientras la nube blanca se asentaba sobre mi rostro.

Su expresión cambió de inmediato. La risa se apagó en sus labios como si alguien hubiera cerrado un grifo, y sus ojos se llenaron de pánico.

—Lo siento, señora, yo no…

No la dejé terminar.

Tomé un puñado generoso de harina y se lo devolví con una puntería que no sabía que tenía.

Esta vez, fui yo quien sonrió.

—Ahora estamos iguales.

Carmina se quedó paralizada un segundo, la harina cubriéndole el delantal y parte del rostro. Sus manos temblaban ligeramente, como si esperara un castigo.

Pero luego vio mi expresión.

Y supo que no había peligro.

Una sonrisa tímida volvió a sus labios. Luego más amplia. Y así, sin darme cuenta, comenzamos una pequeña guerra que convirtió la cocina en un campo de batalla de harina y risas.

Carmina lanzaba con timidez al principio, luego con más confianza. Yo contraatacaba sin piedad, escondiéndome detrás de la mesa, usando un colador como escudo improvisado. La cocina se llenó de movimiento, de risas, de una ligereza que no había sentido en mucho tiempo.

Por un momento…

me sentí libre.

Libre de la mentira. Libre del miedo. Libre de ser solo yo, Alma, la que siempre había estado detrás de la puerta, la que nunca nadie veía.

—¡Señora, por favor, va a llegar el jefe y va a encontrar esto! —alcanzó a decir Carmina entre risas, esquivando otro puñado.

—Entonces será mejor que valga la pena —respondí, lanzando un poco más.

—¿Qué es todo este ruido?

La voz de Alessandro resonó en la entrada con la fuerza de un portazo.

Todo se detuvo.

Carmina se quedó inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo, el rostro pálido bajo la capa de harina que ya la cubría. En sus ojos vi el mismo terror que yo llevaba pegado a las costillas desde la noche anterior.

Yo, en cambio…

Yo me giré instintivamente.

Y sin pensar, con la inercia del juego aún en el cuerpo, con la risa aún flotando en mis dedos…

le lancé harina.

El puñado blanco voló por el aire en una parábola perfecta. Tuve tiempo de ver cómo los copos se dispersaban en la luz de la mañana, cómo flotaban un instante suspendidos en el espacio antes de encontrar su destino.

El impacto fue exacto.

Directo en el centro de su pecho.

La harina se expandió sobre su camisa negra como una nebulosa, cubriéndole también parte de la mandíbula, un mechón de cabello que cayó sobre su frente. Permaneció allí, de pie en el umbral, sin pestañear siquiera.

El silencio que siguió fue inmediato. Absoluto. Tan denso que habría podido cortarse con un cuchillo.

La sonrisa se congeló en mis labios.

Mis manos, aún levantadas en el gesto de lanzar, comenzaron a temblar.

Carmina emitió un pequeño gemido ahogado.

Porque acababa de arrojarle harina…

al hombre más peligroso de toda la casa.

Alessandro bajó la mirada hacia su pecho con una lentitud deliberada. Observó el polvo blanco que cubría su ropa, luego alzó la vista hacia la cocina destrozada, hacia Carmina temblando, hacia mí con las manos aún extendidas.

No dijo nada.

Por un instante eterno, simplemente nos observó.

Y entonces…

Entonces, algo cambió en su expresión.

No fue una sonrisa. No fue un gesto amable. Fue algo más sutil. Una tensión que se aflojaba en su mandíbula. Un brillo distinto en sus ojos. Algo que podría haber sido sorpresa, o tal vez curiosidad, o quizás un atisbo de algo que no sabía nombrar.

—Carmina —dijo al fin, con una calma que helaba más que cualquier grito—. Lárgate.

La joven no necesitó que lo repitiera. Salió de la cocina con la rapidez de quien ha visto a la muerte de cerca, dejándonos solos.

Alessandro dio un paso hacia mí.

Luego otro.

Yo no retrocedí. No podía. Mis piernas no respondían, mis manos seguían temblando, pero mis pies permanecieron firmes en el suelo manchado de harina.

Se detuvo a apenas un metro de distancia.

Su camisa estaba arruinada. Su cabello, siempre impecable, tenía un rastro blanco que lo hacía casi humano. Casi.

—¿Sabes una cosa? —dijo, y su voz era baja, demasiado baja.

Tragué saliva. Negué con la cabeza.

—Nadie me había lanzado nada a la cara desde que tenía doce años.

Parpadeé.

—No fue a la cara —corregí sin pensar. La voz me salió más firme de lo que esperaba—. Fue al pecho.

El silencio se tensó de nuevo.

Y entonces, Alessandro Moretti hizo algo que no creía posible.

Sonrió.

No fue una sonrisa amable. Tampoco fue cálida. Pero fue real. Llegó a sus ojos, los iluminó desde dentro, y por un instante vi algo en él que no encajaba con la imagen del verdugo implacable, del hombre frío que todos describían.

Fue solo un segundo.

Luego la sonrisa desapareció, reemplazada por una expresión que no supe descifrar.

—Limpiarás esto —dijo, señalando la cocina con un movimiento de cabeza—. Tú sola.

—Con gusto —respondí, aún con el corazón en la garganta.

Dio media vuelta, pero antes de salir se detuvo. Sonrió y se fue

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Paula
me enavnto ...muy linda historia ....
Paula
hay q angutia
Paula
hay dios mio q salga todo bien
Paula
maldito loco 🥹🥹
Paula
maldito sicopata 😱😱😱
Paula
🥹🥹🥹🥹💔
Paula
hay siiii maldito infeliz
Paula
q hdp geronimo no dice nada ...i feliz .....hay Alessandro por favor q sufra por todo lo q le esta haciendo a Alma
Paula
hay dios 🥹🥹🥹
Nerika Moreno
Caramba las joyas que le regaló no son tan valiosas porque solo le alcanza para andar en autobús de pueblo en pueblo
Nerika Moreno
Mujer termina de desaparecer que nervios
Nerika Moreno
La pobre quedó para tapete
Nerika Moreno
ojalá si logré escapar y irse bien lejos😒
Paula
que bueno q geronin9 no.quiera traisionarlos
Paula
amo q estén tan enamorados ....😍
Nilce montilla
de verdad muy bonita historia, felicidades a la autora y que siga cosechando éxitos 👏👏👏👏
Paula
pero lo conoce tanto Alessandro como no se va dar cuenta qel ya sabe quien es su esposa ...q es alma y no ariana. lonpeor qes q lo va a traicionar a alesandro
Paula
jajaja me muero me imagino la cara del padre...q algo q tendría q ser un secreto todo el mundo lo sabe 🤭🤭🤭🤭
Geral Lj
no entiendo, en algunas ocasiones Alessandro la llama Alma, será que él realmente sabe que es ella?
Paula
el de la fiesta 😱😱😱😱
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