En un mundo donde la traición y el deseo son moneda corriente, una mujer se alza entre las sombras para reclamar su lugar en el trono del poder, desatando una tormenta de venganza y seducción.
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Capítulo 06
El ático de Clara era un santuario de mármol y cristal, suspendido sobre una ciudad que bullía ajena a la violencia que acababa de ocurrir en la periferia. Al entrar, el silencio la envolvió como una mortaja, solo roto por el sonido metálico de las llaves que Gabriel arrojó sobre la encimera de la cocina. El aire aún olía a pólvora, a adrenalina y a esa lluvia ácida que empezaba a caer sobre el asfalto.
Clara se quitó la chaqueta de cuero, dejando al descubierto sus hombros tensos. Sus manos, aunque firmes al sostener el arma hace una hora, ahora vibraban con una frecuencia imperceptible. No era miedo. Era el residuo de la caza, la culminación de semanas de contención emocional estallando en su sistema.
Gabriel se acercó al bar y vertió dos dedos de whisky en un vaso de cristal tallado. No preguntó. Sabía exactamente lo que ella necesitaba. Se acercó a ella con la parsimonia de un lobo que ya no necesita mostrar los colmillos porque ha ganado el territorio.
—Bebe —dijo él, su voz era un rugido bajo que vibró en el espacio entre ambos—. Necesitas bajar las revoluciones antes de que te rompas.
Clara tomó el vaso, sus dedos rozando los de él. El contacto fue como una descarga eléctrica. Bebió el líquido de un trago, sintiendo cómo el fuego del alcohol le quemaba la garganta, bajando por su pecho hasta calentar el vacío gélido que Julián había dejado.
—No me voy a romper, Gabriel —respondió ella, clavando sus ojos oscuros en los de él. Su mirada era un desafío—. He sobrevivido a cosas peores que un amante traidor y un par de sicarios de segunda.
Gabriel dejó su propio vaso a un lado y dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con una arrogancia que en cualquier otro hombre habría resultado ofensiva, pero que en él era magnética.
—Eso es lo que le dices al mundo, "Sombra" —susurró él, acortando la distancia hasta que Clara pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Pero yo te vi la cara cuando viste a Julián de rodillas. No era odio lo que sentías. Era asco por haber permitido que alguien tan pequeño te hiciera sentir tan humana.
Clara dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. La rabia, mezclada con una atracción que ya no podía sofocar, la hizo dar un paso al frente, quedando a escasos centímetros de su pecho.
—¿Y tú qué sabes de mis sentimientos? Eres un mercenario, un hombre que vive entre cadáveres y deudas de juego. No finjas que me entiendes.
—Te entiendo mejor de lo que te entiendes tú misma —replicó Gabriel. Extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, recorrió el contorno de la mandíbula de Clara con el pulgar. Su piel era rugosa, marcada por años de peleas, un contraste brutal con la suavidad de ella—. Estás hambrienta, Clara. Pero no de poder. Ya lo tienes. Estás hambrienta de algo que te haga sentir que tu pulso todavía importa.
La tensión en la habitación se volvió física, una cuerda tensada al límite. Clara sintió que el control que tanto se esforzaba por mantener se le escapaba entre los dedos. Julián la había amado con una devoción sumisa que ella había confundido con lealtad; Gabriel, en cambio, la miraba como si fuera un incendio que deseaba atravesar, incluso si terminaba hecho cenizas.
—Demuéstralo —desafió ella, su voz apenas un hilo cargado de intención.
Gabriel no esperó una segunda invitación. La tomó por la nuca con una mano firme y la atrajo hacia él en un beso que no tuvo nada de tierno. Fue una colisión de voluntades. Sabía a whisky, a desesperación y a una verdad cruda que ambos habían estado ocultando bajo sus alianzas de conveniencia. Clara respondió con la misma ferocidad, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Gabriel, buscando en su boca el ancla que necesitaba para no naufragar en su propia oscuridad.
Él la levantó con facilidad, y Clara rodeó su cintura con las piernas, sintiendo la dureza de su cuerpo contra el suyo. La transportó hacia el dormitorio principal, un espacio de sombras y seda donde la luz de la luna entraba por el ventanal, bañándolo todo de un azul espectral. La dejó sobre la cama con una urgencia controlada, despojándose de su propia camisa con movimientos rápidos y precisos.
Bajo la luz lunar, el cuerpo de Gabriel era un mapa de cicatrices y tatuajes, una crónica de una vida violenta. Clara se incorporó, sus dedos recorriendo las marcas en su pecho.
—Cada una tiene una historia —murmuró ella, su respiración agitada.
—Esta noche quiero que tú seas la única historia que importe —respondió él, desabrochando el vestido de Clara.
La seda cayó al suelo con un susurro, dejando a Clara expuesta, hermosa y letal en su vulnerabilidad. Gabriel se detuvo un momento para observarla, no como un trofeo, sino como una reina que finalmente había decidido bajar de su trono.
Cuando sus pieles se encontraron de nuevo, no hubo espacio para el pasado ni para los planes de venganza. Gabriel la dominaba con una fuerza que ella no solo aceptaba, sino que reclamaba. Había algo profundamente liberador en dejar que otra persona tomara las riendas por un momento, en ser la mujer y no "La Sombra". Sus manos exploraban cada rincón de su anatomía con una voracidad que la hacía gemir contra su cuello.
—Dime qué quieres, Clara —gruñó él, su voz ronca de deseo, mientras sus labios descendían por su abdomen, provocando incendios a su paso.
—Quiero que me hagas olvidar —respondió ella, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de él—. Quiero sentir algo que no sea este maldito frío.
Gabriel la penetró con una intensidad que le robó el aliento. Fue un acto de posesión mutua, un ritmo frenético y sincronizado que resonaba en la habitación silenciosa. Clara cerró los ojos, perdiéndose en la sensación de plenitud, en el choque de sus cuerpos que parecía ser la única cosa real en un mundo de espejismos y traiciones. En ese momento, no era la líder de la mafia ni la empresaria traicionada; era un ser de carne y hueso, vibrando de placer y dolor.
Él la sujetó por las muñecas sobre su cabeza, mirándola a los ojos mientras se movía dentro de ella. Sus miradas se fundieron en un pacto silencioso. No había palabras de amor, porque el amor era una debilidad que ninguno de los dos podía permitirse, pero había una lealtad animal, una conexión forjada en la oscuridad que era mucho más fuerte que cualquier promesa vacía de Julián.
El clímax los alcanzó como una explosión, un desgarro de placer que los dejó a ambos exhaustos, colapsando uno sobre el otro entre las sábanas de satén negro. El sudor brillaba en sus pieles, y el silencio volvió a reinar, pero ahora era un silencio compartido, denso y cargado de un nuevo entendimiento.
Minutos después, Gabriel se apartó ligeramente, pero mantuvo un brazo alrededor de ella, atrayéndola hacia su costado. Clara apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón, que empezaba a calmarse.
—¿Sigue haciendo frío? —preguntó él, su voz suavizada por el cansancio.
Clara exhaló un suspiro largo, sintiendo una paz que no recordaba haber sentido jamás.
—No —susurró—. Por ahora, el fuego es suficiente.
Se quedó allí, protegida por la sombra del hombre que se había convertido en su aliado más peligroso y, paradójicamente, en su único refugio. Sabía que al amanecer tendría que volver a ponerse la máscara, que tendría que lidiar con Julián encerrado en su sótano y con los Beltrán acechando en cada esquina. Sabía que esta noche de pasión era una complicación que podría costarle cara.
Pero mientras observaba las luces de la ciudad a través del ventanal, Clara se dio cuenta de que ya no tenía miedo. Gabriel no era un peón en su tablero, ni tampoco su dueño. Era el espejo que le devolvía su verdadera imagen: una mujer que no solo era capaz de destruir imperios, sino también de arder con una intensidad que ningún hombre mediocre podría jamás apagar.
La venganza se serviría fría, tal como ella había planeado, pero esta noche, entre los cuerpos y la oscuridad, Clara Mendoza había encontrado algo que el poder nunca le había podido dar: la certeza de que no estaba sola en la guerra que estaba por venir.