Sol ha sobrevivido diez años sin nombre, sin recuerdos y sin más compañía que el dolor. Desde que despertó a los dieciocho sin saber quién era, su vida se convirtió en golpes y tortura. Pero todo cambia cuando llega al castillo del rey demonio... Y él, sin explicación alguna, le pide matrimonio.
¿Acaso ya se conocen? Quizás, el secreto de su recuerdos sean la respuesta porque él la ama tanto.
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Capitulo 22
Los ojos de Catrina brillaron al mirar a Gael. Siempre lo había creído un hombre frío, carente de sentimientos, pero ahora comprendía que solo había estado fingiendo. Aquella dureza no era indiferencia.
Gael subió al caballo con agilidad y le extendió la mano. Catrina la tomó y, de un solo movimiento, él la alzó y la acomodó delante de él.
— ¿Estarás bien sola, Sol? ¿Sabes montar? Podemos ir los tres aquí —propuso.
Morgan ya estaba montando su propio caballo.
—Vayan ustedes dos. Además, yo le enseñé al rey a montar.
Gael asintió, disimulando la impresión.
— Bien. En marcha.
Partió primero, seguido por Morgan.
Como miembro de la gran casa Dominic, Gael podía entrar y salir del reino sin ser detenido. La casa de los Meyer no quedaba lejos, y a caballo el trayecto fue breve.
Al llegar, Gael se detuvo a cierta distancia de la propiedad. Morgana observó la fachada con una mezcla de rabia y recuerdos. En ese lugar había servido… y sufrido hasta el límite. Era momento de que el karma tocara esa puerta.
Gael descendió del caballo junto a Catrina.
— Dejemos los caballos aquí. No se moverán. Si nos acercamos con ellos, nos descubrirán enseguida —dijo, entregándoles túnicas con capucha—. No nos separaremos. Será más lento, pero seguro.
Catrina, aún avergonzada por lo que había dicho antes, intentó disculparse.
— Señor Gael…
— Catrina —la interrumpió con calma—. Sé lo que quieres decir. Primero encontremos a tu hijo. Luego hablaremos. Necesito descripción.
Ella asintió.
— albino, su cabello es tan blanco como la luna. Lo distinguirá de inmediato.
— Síganme y hagan exactamente lo que les diga.
Avanzaron sigilosamente. A Morgan algo le inquietaba.
“¿Y los guardias? Antes había por todas partes, dentro y fuera de la casa"
Entraron. El interior estaba igual de desolado que el exterior; sin sirvientes, sin guardias, sin muebles ni adornos. La casa, antes ostentosa, estaba completamente vacía.
El corazón de Catrina se encogió.
“¿Y si ya se fueron…?”
Morgan le tomó la mano al notar su angustia.
— Gael, hay una habitación que cuidaban mucho, debe ser la del niño, está en el segundo piso. Tal vez sigan ahí.
Gael asintió y subieron. De pronto, pasos y voces se acercaron. Gael hizo una seña rápida. Morgan se ocultó en una habitación cercana.
Gael tomó a Catrina del brazo y la llevó a una pequeña puerta lateral. El espacio era tan estrecho que apenas cabían los dos. Ella quedó con la espalda contra la puerta, él frente a ella, demasiado cerca.
Catrina no sabía qué era peor; la culpa o los nervios.
— Señor Gael… yo…
—¿Vas a disculparte por esto? —susurró—. No lo hagas. No estoy molesto porque me desafiaras.
Catrina abrió los ojos con sorpresa.
— Sé lo que se siente —continuó—. Mi madre me prometió que volveríamos a vernos. Esperé ese día durante años… hasta que supe que había muerto. Era una esclava de un reino bajo; mi padre, consejero de los Dominic, un demonio de alto linaje, su orgullo siempre arriba. Ella me dejó con él para darme un futuro mejor. Solo nos escribíamos cartas… hasta que dejaron de llegar.
— Lo siento mucho, señor Gael.
— No tienes por qué. Fue una mujer maravillosa. Me dolió perderla, pero así es la vida humana. Yo envejezco más lento…
Catrina iba a responder cuando Gael le cubrió la boca con rapidez.
— Shh… hay alguien afuera.
La voz de una mujer resonó en el pasillo.
— Cariño, ya está todo listo para irnos esta noche. Nuestro hijo sigue dormido… No quiero irme de este reino.
Respondió un hombre, agotado.
— Lo sé. Aquí lo teníamos todo. Pero desde que Jack me quitó a mi Morgan, nuestras ganancias cayeron. El rey demonio cerró nuestros negocios en el exterior. Gastamos lo último en este viaje a Gacelia. Maldición… cómo me arrepiento de haberla dejado ir.
Sin duda, eran los Meyer.
La mujer habló con veneno.
— ¡¿Aún piensas en esa mujer?! ¡Ella fue nuestra ruina!
El hombre explotó.
— ¡No importa! ¡La amaba! ¡Ni la cicatriz que le hiciste me impidió seguir queriéndola! ¡Si estuviera aquí, la elegiría a ella!
Entonces se detuvo al ver una silueta en el pasillo.
— ¿Quién eres tú?
Morgana avanzó. Su aura se volvió oscura. Tenía tanta repulsión que se mordió el labio. Asco, repudio y odio, son las palabras que la definen al verlos.
Se quitó la capucha. Y con las voz irreconocible, declaró.
— Soy la mujer que viene a devolverles el doble del sufrimiento y dolor que me causaron.