NovelToon NovelToon
Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor eterno / Venganza
Popularitas:651
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

XX. La metamorfosi dell'acciaio e il mese passa lentamente.

El peso del muelle y el olor a salitre no fueron suficientes para silenciar el zumbido de mi cabeza. Regresé a la mansión mientras el sol de la tarde empezaba a caer, proyectando sombras alargadas que parecían dedos acusadores sobre el pavimento. Al entrar en mi habitación, el silencio me recibió como una bofetada.

Me detuve frente al espejo, pero no vi a la General. Vi a una mujer que todavía llevaba el rastro de la debilidad en las muñecas. Bajé la mirada hacia la pulsera de alambre. Las piedras café y verde olivo, que antes me parecían un tesoro de humanidad, ahora se sentían como grilletes que me anclaban a un pasado que me despreciaba.

—Ya basta —susurré, y mi voz, aunque afónica, recuperó el filo de la autoridad.

Metí los dedos bajo el alambre. No busqué el cierre; tiré con una fuerza bruta, sintiendo cómo el metal se clavaba en mi piel antes de ceder con un chasquido seco. No me dolió. El dolor del pecho era tan vasto que un rasguño en la muñeca era una caricia.

Caminé hacia la esquina de la habitación donde se encontraba la caja fuerte camuflada. Marqué la combinación con dedos rápidos y precisos. El mecanismo giró y la pesada puerta se abrió, revelando fajos de billetes, documentos de propiedad y armas de reserva. Lancé la pulsera al fondo, sobre los lingotes de oro, y cerré la puerta con un golpe metálico definitivo.

—Ahí es donde perteneces, Giulia —mascullé—. Entre las cosas que poseo y que no tienen voz.

Pero no era suficiente. Necesitaba purgarme. Necesitaba que cuando me mirara al espejo, no quedara ni un solo rastro de la mujer que se arrodilló bajo un árbol.

Salí de la mansión sin escolta, conduciendo hasta una peluquería discreta en las afueras, un lugar donde el dinero de los Veraldi garantizaba silencio absoluto. Entré sin saludar, ignorando las miradas de sorpresa de los estilistas al ver mi ropa oversize y mi expresión de muerte.

—Córtalo —ordené, sentándome en la silla de cuero.

—¿Señora? Tiene un cabello hermoso, solo necesitamos recortar las pun...

—He dicho que lo cortes —le interrumpí, clavando mis ojos heterocromáticos en los suyos a través del espejo—. Todo. Déjalo corto. Muy corto. Como un soldado.

El peluquero tragó saliva y asintió. Escuché el sonido rítmico de las tijeras, un clic-clic que se llevaba consigo semanas de caricias y dedos entrelazados entre mis mechones. Mechón tras mechón, el cabello oscuro caía al suelo como los restos de una armadura inservible.

Cuando terminó, me quedé mirando el resultado. El cambio era drástico. Mi rostro ahora se veía más afilado, más duro. La mandíbula marcada y los ojos resaltando con una ferocidad renovada. Ya no había rastro de suavidad. Era una imagen de eficiencia, de frialdad, de poder. El corte era masculino, agresivo, exactamente lo que necesitaba para recordar quién era yo antes de que la artesana me desarmara con una sonrisa.

Pasé la mano por mi nuca, sintiendo el tacto áspero del cabello corto. Me levanté, dejé un fajo de billetes sobre la mesa y salí a la calle. El aire frío de la noche golpeó mi cuello descubierto, recordándome que estaba sola, pero que finalmente volvía a estar completa.

La General había regresado. Y esta vez, no habría ninguna grieta en el acero.

(no está calva por las dudas dudosas XD)

El rugido del motor de mi Maserati se apagó en la entrada principal de la mansión, dejando un silencio que calaba hasta los huesos. Me quedé un segundo frente al volante, pasando la mano por mi nuca. El escudo de armas Veraldi, tatuado allí para recordar mi linaje, ahora estaba completamente expuesto, sin un solo mechón de cabello que lo cubriera. Bajé del auto con la sudadera negra envolviendo mi cuerpo y caminé hacia la entrada con la mirada gélida, ajustándome los lentes de armazón transparente.

Al cruzar el umbral del salón principal, el tiempo se detuvo. Toda la familia estaba allí, una imagen de unidad que hoy se sentía como un tribunal.

—¿Ma che cazzo...? —el grito de Enzo fue el primero en romper el aire. Se levantó del sofá de un salto, dejando caer su vaso de cristal. Sus ojos café me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mi cabeza rapada con una expresión de horror puro—. ¡Alessandra! ¡¿Qué te hiciste?! ¡Pareces un soldado raso! ¡Vete al infierno, perra, te volviste loca!

Matteo, a su lado, no gritó. Se puso de pie con la elegancia analítica que lo caracteriza, ajustando sus puños como si estuviera frente a un rompecabezas que no podía resolver. Sus ojos grises gélidos estaban fijos en mi rostro, buscando un rastro de la hermana que salió de aquí esta mañana.

—Es una declaración —murmuró Matteo, su voz fría contrastando con la histeria de su gemelo—. Pero no sé si es de guerra o de rendición, Ale.

Lorenzo, que estaba revisando su teléfono con la despreocupación de siempre, se atragantó con su propia risa. Se puso en pie, sus cadenas de oro tintineando contra su chándal de diseñador. Sus ojos verde olivo —tan parecidos a los míos— se abrieron con una mezcla de shock y una pizca de esa admiración rebelde que siempre le profesa al caos.

—¡Cielos, General! —exclamó Lorenzo, acercándose un paso—. Si querías dar miedo, lo lograste. Pareces salida de una película de acción de esas que a papá no le gustan.

Bianca y Valentina, que estaban sentadas cerca del ventanal, intercambiaron una mirada cargada de preocupación maternal. Valentina se llevó una mano a la boca, mientras que Bianca se levantó con paso firme, cruzando los brazos sobre el pecho. Vi en sus ojos el reflejo de la tragedia que intentaba ocultar.

—Hija... —la voz de mi madre, Clara, fue apenas un susurro que me dolió más que cualquier insulto de Enzo. Ella se acercó lentamente, estirando una mano que temblaba ligeramente hacia mi cuello expuesto—. Tu cabello... ¿Por qué tanta violencia contra ti misma?

Alessio, mi padre, permaneció sentado en su sillón de cuero. No dijo nada. Su mirada recorrió el corte militar, la sudadera ancha y, finalmente, mis ojos. Él sabía. Él reconoció el gesto: era el sacrificio de la feminidad por el poder absoluto, el cierre definitivo de una herida que no permitía que se curara.

—Basta —dije, y mi voz afónica cortó cualquier intento de consuelo—. No soy una muñeca. Soy la General de esta casa. El cabello estorbaba.

Pasé por el lado de Enzo, quien seguía murmurando obscenidades en italiano, y subí las escaleras sin mirar atrás. Sentía sus ojos clavados en mi espalda, en mi nuca, en el escudo de los Veraldi que ahora brillaba con una luz nueva y peligrosa. Me habían visto rota, y ahora les estaba entregando a cambio una versión de mí que no conocía la piedad. El espejo de acero no se había unido de nuevo; se había fundido para crear una espada.

(un mes despues) Giulia:

Ha pasado un mes desde que el mundo se detuvo y, honestamente, me siento increíble. Ya casi no pienso en ella. He logrado archivar ese nombre en un rincón polvoriento de mi memoria, justo al lado de las cosas que no sirven para nada. Me miento a mí misma con una convicción que raya en lo profesional; me digo que el vacío en mi pecho es solo hambre o cansancio por las entregas de bisutería.

Martina finalmente se fue a Estados Unidos para continuar con su especialización en Anatomía Patológica; estará fuera entre cinco y ocho meses, persiguiendo ese futuro brillante que siempre planeó entre cafés y libros de texto. El departamento debería sentirse inmenso y gélido sin ella, pero la soledad no ha tenido oportunidad de instalarse gracias al caos con patas que ahora gobierna mi vida.

—¡Ale! ¡No, deja ese zapato! —grité, aunque mi voz todavía tiene un rastro de esa debilidad que me dejó la noche de la despedida.

Encontré a este pequeño Golden Retriever de apenas un mes vagando solo por la calle hace un par de semanas. Estaba sucio, temblando y me miró con una intensidad que me hizo flaquear. Decidí llamarlo Alejandro... pero mi subconsciente es un traidor y siempre termino acortándolo a "Ale". Es una ironía cruel: ahora tengo a un Ale que sí me ama incondicionalmente y que no tiene secretos oscuros, solo una obsesión insana por mis sandalias.

Alejandro es pura energía, como si le hubieran inyectado cafeína para los próximos diez años de su vida. No camina, rebota. No muerde, destruye con alegría. Es el único que logra que mi mente no divague hacia los ojos heterocromáticos de cierta mujer, porque estoy demasiado ocupada evitando que se trague mis hilos de seda o mis cuentas de cristal.

—Ven aquí, pequeño demonio —murmuré, cargándolo mientras él intentaba lamerme la cara con entusiasmo frenético.

A veces, cuando el sol cae y el departamento se queda en silencio, me sorprendo mirando la pulsera de alambre que todavía guardo en el cajón, esa que tiene piedras café y verde olivo. Pero entonces Alejandro suelta un ladrido agudo, exigiendo atención, y me obligo a sonreír. Estoy bien. Estoy sola, Martina está lejos, y tengo un perro hiperactivo que llena los huecos de mi casa. Alessandra Veraldi es solo un eco lejano, una historia de terror que ya no me quita el sueño... o eso es lo que me repito hasta que el cansancio me vence.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play