"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
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Capítulo 6: El Desayuno de las Alianzas
La mañana amaneció clara y fría sobre Brumhaven. Los rayos del sol se colaban entre las nubes como dedos dorados, acariciando las torres del palacio y derritiendo la escarcha que cubría los jardines. Era un día perfecto para presentaciones oficiales, y todo el personal de palacio se había esforzado al máximo para que así fuera.
Lyra había dormido mal. Las revelaciones de la noche anterior sobre Adrián Corvax daban vueltas en su cabeza como un torbellino. Otro como ella. Alguien que había vuelto. ¿Pero de dónde? ¿Del futuro también? ¿O de algún otro lugar? Las preguntas se acumulaban sin respuesta, y por primera vez desde su regreso, Lyra sentía que no tenía el control.
—Princesita —la voz de Nana Elle la sacó de sus pensamientos—. Hay que levantarse. Hoy es un día importante.
Lyra asintió y se dejó vestir. Su doncella le puso un vestido nuevo, de terciopelo azul oscuro con bordados de hilos de plata que imitaban estrellas. En su cabeza, una pequeña diadema de zafiros y diamantes que su padre le había regalado para la ocasión. Cuando se miró al espejo, vio a una niña hermosa, sí, pero también vio algo más: vio a una estratega disfrazada de princesa.
"Estás preciosa", le susurró su loba en la mente.
"Gracias. Ojalá pudieras estar aquí conmigo."
"Pronto. Dos años no son nada."
Lyra sonrió y salió de sus habitaciones.
El gran comedor de palacio había sido transformado. Las largas mesas de roble estaban cubiertas con manteles de lino blanco bordados con los emblemas de Valdris y Aurelia entrelazados. Centros de flores de invierno, traídas especialmente de los invernaderos reales, perfumaban el ambiente con aromas sutiles. La vajilla era de plata, los vasos de cristal tallado, y cada detalle había sido cuidado para impresionar a los invitados.
El rey Aldric esperaba ya en la cabecera de la mesa, imponente con su túnica ceremonial azul y la corona de roble y hierro. A su derecha, el lugar para la princesa Isolda. A su izquierda, para el emperador Valerius.
Lyra y Eryndor entraron juntos, tomados de la mano. El niño de diez años vestía una túnica similar a la de su padre, en tonos azules y plateados, y aunque aparentaba calma, Lyra podía sentir a través de su conexión el nerviosismo de su lobo interior.
"Tranquilo", le transmitió. "Son solo personas."
"Personas que pueden ser peligrosas", respondió la voz doble de su hermano.
"Por eso mismo hay que mantener la calma. Los depredadores huelen el miedo."
Eryndor asintió imperceptiblemente y ambos tomaron asiento.
Pocos minutos después, la comitiva de Aurelia hizo su entrada.
El emperador Valerius Corvax caminaba al frente, imponente en su traje de gala negra y dorada, mostrando su rostro severo pero no desagradable. Su pelo cano estaba perfectamente peinado, y sus ojos oscuros recorrían la sala con la autoridad de quien está acostumbrado a mandar.
Detrás de él, la princesa Isolda parecía flotar más que caminar. Su vestido era de seda color marfil, con incrustaciones de perlas que brillaban a cada paso. Su rostro, hermoso como una máscara, no mostraba emoción alguna. Sus ojos azules, fríos como el hielo, se posaron un instante en Aldric y luego se desviaron, como si evaluara cada detalle del lugar.
Y detrás de ella, Adrián.
El príncipe de Aurelia vestía de negro y plata, colores que acentuaban la palidez de su piel y el oscuro de su cabello. Sus ojos grises recorrieron la sala con la misma atención que Lyra había notado el día anterior, pero cuando se posaron en ella, hubo un destello de reconocimiento. Solo un instante. Luego, su rostro volvió a ser una máscara impasible.
"Cuidado", pensó Lyra. "Este chico es peligroso."
"O un aliado invaluable", respondió su loba. "Todavía no lo sabemos."
Las presentaciones formales comenzaron. El emperador Valerius besó la mano de Lyra con una cortesía que parecía genuina.
—Princesa Lyra —dijo, con voz profunda—. Me han hablado maravillas de usted. Dicen que a sus cinco años ya lee y escribe con la soltura de una dama de la corte.
Lyra sonrió con la humildad aprendida.
—Su Majestad es demasiado generoso. Solo intento estar a la altura de mi hermano, que es mi mayor ejemplo.
Valerius la miró con curiosidad. Había algo en esa niña, algo que no terminaba de encajar con su edad.
Luego fue el turno de Isolda. La princesa de Aurelia inclinó ligeramente la cabeza ante Lyra, pero no dijo palabra. Sus ojos, sin embargo, la examinaron con una intensidad que Lyra encontró inquietante.
"Fría", pensó. "Pero no necesariamente hostil. Solo... distante."
Adrián, por su parte, se limitó a un saludo protocolario. Pero cuando sus dedos rozaron los de Lyra, ella sintió un escalofrío.
—Princesa —murmuró él, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. Espero que hoy podamos hablar con más calma.
Lyra asintió sin decir palabra.
El desayuno transcurrió con la formalidad propia de estos eventos. Los sirvientes iban y venían con bandejas de plata cargadas de manjares: pasteles de carne, frutas confitadas, panes recién horneados, quesos de las montañas. El vino y la cerveza fluían para los adultos, mientras los niños bebían jugo de manzana caliente con especias.
Pero Lyra apenas probaba bocado. Estaba demasiado ocupada observando, evaluando, memorizando cada mirada, cada gesto, cada palabra dicha o callada.
El emperador Valerius resultó ser un conversador ameno. Hablaba de política, de comercio, de las rutas marítimas que unían sus reinos. Aldric respondía con la soltura de quien ha gobernado durante años, y Lyra notó que entre ambos hombres surgía una corriente de respeto mutuo.
Isolda, en cambio, apenas hablaba. Respondía con monosílabos cuando le dirigían la palabra y mantenía la mirada fija en un punto indefinido de la mesa. Lyra se preguntó si sería timidez, desinterés, o simplemente una forma de protegerse.
Adrián, sentado frente a Eryndor, comía con modales impecables y observaba todo con la misma atención que Lyra. De vez en cuando, sus miradas se cruzaban, y en esos breves instantes, Lyra sentía que él podía ver a través de sus máscaras.
Finalmente, llegó el momento que Aldric había estado esperando.
—Majestad —dijo, dirigiéndose al emperador—. Antes de que esta alianza se formalice, debo compartir algo con usted. Algo que atañe a mi familia y que, como futuro aliado, tiene derecho a conocer.
Valerius levantó una ceja.
—Adelante, majestad. Le escucho.
Aldric tomó aire y miró a Eryndor. El niño asintió, comprendiendo.
—Mi hijo, el príncipe Eryndor, posee un don. Un don que ha estado oculto en nuestro reino durante mil años. Es un Lobo de Luna.
El silencio se hizo en la mesa. Los sirvientes se quedaron inmóviles. Isolda abrió ligeramente los ojos, la primera emoción que Lyra le veía. El emperador, en cambio, mantuvo el rostro impasible.
—¿Un Lobo de Luna? —repitió Valerius—. ¿Habla de las leyendas? ¿De aquellos que compartían su ser con una bestia lunar?
—No es una leyenda, majestad —dijo Eryndor, levantándose.
Y entonces, ante los ojos de todos, comenzó a transformarse.
Fue más suave que la primera vez. Ya no había gritos de dolor, ni crujidos brutales. Su cuerpo se estiró, se cubrió de pelo gris, sus facciones se alargaron, y en cuestión de segundos, un lobo enorme ocupaba su lugar.
El lobo gris de ojos azules miró fijamente al emperador Valerius y luego inclinó la cabeza, en un gesto que era a la vez de respeto y de advertencia.
Valerius se levantó lentamente de su silla. Su rostro, por primera vez, mostraba algo más que cortesía profesional: mostraba asombro genuino.
—Increíble —murmuró—. Toda mi vida he oído historias de los Lobos de Luna. Las consideraba cuentos para niños. Y ahora... ahora tengo uno frente a mí.
El lobo gris volvió a transformarse, y Eryndor reapareció, cubierto con la túnica que un sirviente le acercó rápidamente.
—Perdone la interrupción, majestad —dijo el niño, sonrojándose ligeramente—. Pero mi padre consideró que debía saberlo.
Valerius soltó una carcajada, una carcajada auténtica que resonó en todo el comedor.
—¡Saberlo! ¡Claro que debía saberlo! Esto... esto cambia todo. Una alianza con un reino que posee un Lobo de Luna... ¡Esto es más de lo que podría haber soñado!
Se volvió hacia Aldric con una nueva luz en los ojos.
—Majestad, permítame decirle que mi hermana no podría encontrar mejor esposo. Y permítame también decirle que su hijo, el príncipe Eryndor, será siempre bienvenido en Aurelia. Un Lobo de Luna... los antiguos textos dicen que son protectores, guerreros, sabios. Si esto es cierto, su hijo será una leyenda.
Eryndor, algo abrumado por la reacción, asintió con humildad.
—Haré lo posible por estar a la altura de esa leyenda, majestad.
Valerius lo miró con aprobación y luego posó sus ojos en Lyra.
—Y usted, princesa. Su hermano tiene este don. ¿Usted también...?
Lyra negó con la cabeza.
—Todavía no, majestad. Mi loba llegará cuando cumpla siete años. Esa es la voluntad de la Luna.
—¿Su loba? —repitió Valerius, fascinado—. ¿También usted?
—Sí, majestad. Los dos. Seremos los primeros en mil años.
El emperador se dejó caer en su silla, sacudiendo la cabeza con una sonrisa de incredulidad.
—Vengo a buscar una alianza política y me encuentro con que mis nuevos aliados son criaturas de leyenda. El destino tiene un sentido del humor extraño.
Isolda, que había permanecido en silencio durante toda la escena, habló por primera vez con más de dos palabras seguidas.
—Hermano —dijo, con voz suave pero clara—. Si esto es cierto, si estos niños son lo que dicen ser, entonces nuestra alianza es más valiosa de lo que imaginábamos. Pero también más delicada. Habrá que protegerlos. Ocultarlos, quizás, de quienes podrían querer hacerles daño.
Valerius asintió, su rostro volviendo a la seriedad.
—Tiene razón, hermana. Esto no puede saberse fuera de este círculo. Si otros reinos se enteran de que Valdris posee Lobos de Luna, vendrán a estudiarlos, a usarlos, a destruirlos si no pueden controlarlos.
Aldric asintió gravemente.
—Por eso se lo he contado solo a ustedes. Porque van a ser familia. Y porque confío en que sabrán guardar el secreto.
Valerius extendió la mano sobre la mesa.
—Tiene mi palabra, majestad. Y la de mi hermana y mi hijo. Este secreto morirá con nosotros.
Aldric tomó su mano y la estrechó.
—Entonces, bienvenido a la familia, Valerius de Aurelia.
El resto del desayuno transcurrió en un ambiente mucho más distendido. Valerius no podía dejar de mirar a Eryndor con una mezcla de fascinación y respeto, haciéndole preguntas sobre su lobo interior, sobre cómo era la convivencia, sobre si podía comunicarse con otros animales. Eryndor respondía con paciencia, y Lyra notó que, a pesar de su incomodidad inicial, su hermano estaba empezando a gustarle la atención.
Fue entonces cuando Valerius se dirigió a Lyra.
—Princesa —dijo—, mi hermana Isolda será pronto su madrastra. Y aunque usted es muy pequeña, he oído decir que es inusualmente lista para su edad. Me pregunto si podría hacerle un favor.
Lyra inclinó la cabeza.
—Lo que Su Majestad ordene.
Valerius sonrió.
—Nada de órdenes, pequeña. Solo una petición. Isolda no conoce las costumbres de su reino. Los protocolos, las tradiciones, las familias importantes. Mi hermana... bueno, es algo reservada. Le cuesta relacionarse. Pensé que tal vez usted, como princesa de Valdris, podría ayudarla con los preparativos de la boda. Explicarle cómo se hacen las cosas aquí. Presentarle a las personas adecuadas.
Lyra parpadeó, sorprendida.
—¿Yo, majestad? Pero... solo tengo cinco años.
Valerius se inclinó hacia ella, bajando la voz.
—Tiene cinco años, sí. Pero también tiene una mirada que he visto en muy pocos adultos. No me engaña, princesa. Usted es especial. Y creo que mi hermana necesita a alguien especial a su lado en estos momentos.
Lyra miró a Isolda. La princesa de Aurelia la observaba con una expresión que Lyra no supo interpretar. ¿Era esperanza? ¿Era miedo? ¿Era simplemente su habitual frialdad?
—Si la princesa Isolda está de acuerdo —dijo Lyra lentamente—, me encantaría ayudarla.
Isolda asintió, un gesto casi imperceptible.
—Estaría... agradecida —dijo, y sus palabras sonaron sinceras, aunque su rostro no mostrara emoción.
—Entonces, hecho —dijo Valerius, satisfecho—. Princesa Lyra, queda oficialmente nombrada asesora de mi hermana para todos los asuntos relacionados con la boda y las costumbres de Valdris.
Eryndor sonrió a su hermana, orgulloso. Aldric la miró con una mezcla de sorpresa y admiración.
Y Adrián, que había permanecido en silencio durante toda la conversación, la observó con una nueva luz en los ojos.
"Interesante", pensó Lyra. "Muy interesante."
Después del desayuno, los adultos se retiraron a sus reuniones y los niños quedaron nuevamente en la sala de juegos. Pero esta vez, algo había cambiado.
Adrián se acercó a Lyra sin titubeos.
—Quiero hablar con usted a solas —dijo—. Si es posible.
Eryndor frunció el ceño, protector.
—Cualquier cosa que tengas que decirle a mi hermana, puedes decirla delante de mí.
Adrián lo miró con calma.
—Entiendo su desconfianza, príncipe Eryndor. Si estuviera en su lugar, sentiría lo mismo. Pero lo que tengo que hablar con Lyra es... privado. Y ella sabrá por qué.
Lyra tocó el brazo de su hermano.
—Déjanos, Eryndor. Estaré bien. No muy lejos, por si acaso.
Eryndor dudó, pero asintió. Su lobo interior gruñía, pero confiaba en su hermana.
Cuando estuvieron solos en un rincón de la sala, junto a una ventana que daba al jardín, Adrián habló.
—Usted sabe lo que soy —dijo, sin rodeos—. Lo vio anoche en mis ojos. Y yo vi lo mismo en los suyos.
Lyra sostuvo su mirada.
—¿Qué crees que eres?
Adrián sonrió, una sonrisa triste.
—Alguien que volvió. Alguien que murió y despertó en su propio cuerpo de niño, con todos los recuerdos intactos. Alguien que sabe lo que es perderlo todo.
El silencio se hizo entre ellos.
Lyra sintió que el mundo se detenía. Lo sabía. Lo había sabido desde el primer momento.
—¿De dónde volviste? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Adrián la miró fijamente.
—De un futuro donde mi padre fue asesinado, mi reino destruido, y yo... yo morí en el exilio, solo, persiguiendo una venganza imposible. ¿Y usted?
Lyra tragó saliva.
—De un futuro donde mi hermano fue asesinado, mi padre envenenado, y yo... yo morí en un bosque, con una flecha en el pecho, pidiendo una oportunidad para salvarlos.
Adrián cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, había algo nuevo en ellos. Algo que Lyra no había visto antes.
Comprensión.
—Entonces somos iguales —dijo—. Dos fantasmas que vuelven a la vida. Dos almas viejas en cuerpos de niños. Dos personas que saben lo que duele perder.
Lyra asintió lentamente.
—La pregunta es: ¿qué hacemos ahora?
Adrián se apoyó en el marco de la ventana y miró hacia el jardín.
—En mi vida pasada, conocí a Varen Crain —dijo, y el nombre cayó como una piedra en un estanque—. No personalmente, pero supe de él. Supe que fue el hombre que desestabilizó Valdris, que mató a su familia, que se hizo con el poder. En mi futuro, su reino cayó porque ustedes cayeron primero. Y cuando Valdris cayó, Aurelia quedó expuesta. Mi padre... mi padre murió defendiendo nuestra frontera.
Lyra sintió un escalofrío.
—Entonces sabes quién es el enemigo.
—Sé quién será el enemigo —corrigió Adrián—. Porque todavía no lo es. Todavía es solo un oficial ambicioso, un hombre que sonríe y saluda y planea en las sombras. Pero yo sé lo que va a hacer. Y usted también.
—Por eso mi red —dijo Lyra—. Por eso los adolescentes que rescaté, los informantes, los espías. Para saberlo todo antes de que actúe.
Adrián la miró con admiración genuina.
—¿A los cinco años ya tiene una red de espías? Impresionante.
—Tú a los ocho ya negociabas tratados. No somos niños normales.
Adrián sonrió, y por primera vez, su sonrisa fue cálida.
—No, no lo somos. Y por eso mismo, Lyra Valdris, creo que deberíamos ser aliados. De verdad. Sin secretos. Sin mentiras. Porque si hay algo que he aprendido en mis dos vidas, es que los solitarios mueren solos. Y yo no quiero volver a morir.
Lyra lo miró fijamente. En sus ojos grises, vio a un aliado potencial. Vio a alguien que, como ella, lo había perdido todo y había recibido una segunda oportunidad.
Vio a alguien que podía entenderla como nadie más podía.
—De acuerdo —dijo, extendiendo su mano diminuta—. Aliados. Hasta el final.
Adrián tomó su mano y la estrechó con formalidad de adulto.
—Hasta el final.
Desde el otro lado de la sala, Eryndor observaba la escena con el ceño fruncido. No sabía qué habían hablado, pero veía algo en los ojos de su hermana que no había visto antes.
Algo parecido a la esperanza.
Esa noche, Lyra se reunió con su red. Darian, Mira, Kael y los otros la escucharon atentamente mientras ella les contaba lo esencial: que el príncipe Adrián era un aliado, que podían confiar en él, que debían compartir información con sus contactos en Aurelia.
—¿Estás segura, princesa? —preguntó Darian, receloso—. Acaba de llegar.
—Estoy segura —respondió Lyra—. Adrián es como yo. Y eso es todo lo que necesitan saber.
Los muchachos asintieron, aceptando su palabra.
Cuando la reunión terminó, Lyra se quedó junto a la ventana, mirando la luna.
"¿Hice lo correcto?", preguntó a su loba.
"El tiempo lo dirá", respondió ella. "Pero confiaste en tu instinto. Y tu instinto rara vez se equivoca."
Lyra asintió, aunque la duda seguía ahí.
Había encontrado a otro como ella. Otro fantasma en un cuerpo de niño.
La pregunta era: ¿caminarían juntos hacia la luz, o se arrastrarían mutuamente hacia la oscuridad?
Solo el tiempo lo diría.