Valeria Castillo tiene una vida clara y ordenada: es periodista deportiva, ama su trabajo y sabe perfectamente cómo manejar a los hombres arrogantes del mundo del boxeo. Al menos… eso creía.
Todo cambia cuando conoce a Adrián Vega, el boxeador más prometedor del campeonato nacional. Talentoso, peligroso dentro del ring, insoportablemente seguro de sí mismo fuera de él… y con una sonrisa capaz de arruinarle la paciencia a cualquiera.
Lo que empieza como simples entrevistas pronto se convierte en algo más complicado: miradas demasiado largas, discusiones cargadas de tensión y una atracción imposible de ignorar. Adrián está acostumbrado a ganar todas sus peleas, pero nunca ha tenido que luchar por el corazón de una mujer que no piensa caer fácilmente.
Entre entrenamientos brutales, campeonatos que pueden cambiar una carrera, celos inesperados y momentos tan caóticos como románticos, Valeria descubrirá que amar a un boxeador significa vivir al borde del nocaut emocional.
Porque Adrián Vega puede derrotar a cualquiera en el ring…
pero con Valeria Castillo cada día es una pelea nueva.
Y tal vez la más difícil de todas.
NovelToon tiene autorización de Dyanne Valdez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1: El espectáculo del campeón
El estadio rugía.
No era un simple ruido de público. Era un estruendo vibrante que hacía temblar las gradas de metal, una mezcla líquida de emoción, apuestas, adrenalina y cerveza derramada sobre el cemento. El olor a sudor y alcohol flotaba en el aire caliente, mezclándose con el humo de las luces que giraban lentamente sobre el cuadrilátero.
Miles de personas gritaban desde sus asientos mientras enormes pantallas proyectaban el centro del ring iluminado. Algunos tenían los rostros pintados con los colores de sus boxeadores favoritos. Otros agitaban banderas con manos temblorosas por la tensión.
Esta noche no era una pelea cualquiera.
Era la final del torneo nacional de peso medio.
Y el nombre que todos coreaban era uno solo.
—¡VEGAAAA!
—¡VEGAAAA!
—¡VEGAAAA!
El sonido retumbaba en las paredes, se colaba por cada rendija, vibraba en el pecho de los espectadores como un segundo corazón.
Las luces del estadio trazaron círculos lentos sobre la multitud antes de converger en el pasillo de entrada. El presentador levantó el micrófono con una sonrisa de dientes perfectos, esos que solo se ven en la televisión.
—¡Damas y caballeros!
El público respondió con un rugido que hizo vibrar las cámaras de los periodistas apostados junto al ring.
—¡Esta noche presenciaremos el combate final del torneo! ¡En la esquina azul, con un récord impresionante de treinta victorias y cero derrotas… el campeón invicto…!
La pausa dramática estiró el silencio como un chicle. El estadio entero contuvo el aliento.
—¡ADRIÁN VEEEGAAA!
El estadio explotó.
La música comenzó a sonar con fuerza, un ritmo pegajoso que nada tenía que ver con las típicas marchas de boxeo. Era una canción moderna, bailable, que hizo que varias chicas en las primeras filas gritaran con todas sus fuerzas.
Y entonces apareció.
Adrián Vega caminaba hacia el ring con una calma casi absurda.
Llevaba la bata abierta, negra con detalles dorados, que ondeaba detrás de él como una capa. Mostraba su torso musculoso, marcado por años de entrenamiento, y los guantes rojos que colgaban relajadamente a sus lados, como si fueran un accesorio más de su vestimenta.
No parecía un hombre que estuviera a punto de enfrentarse a una pelea brutal.
Parecía alguien que iba a una fiesta.
Sonreía.
Saludaba a las personas del público con la mano enguantada.
Incluso se detuvo un segundo para chocar los nudillos —con cuidado, sin lastimar— con un niño que estaba gritando su nombre cerca de la barandilla. El pequeño saltaba como si le hubiera tocado la lotería.
—Ese idiota está disfrutando demasiado esto —murmuró su entrenador desde atrás.
Lucas Herrera llevaba años entrenándolo. Décadas, casi. Y todavía no se acostumbraba a su actitud. Tenía el ceño fruncido permanentemente, como si el mundo fuera un lugar del que había que desconfiar. La sudadera del equipo le colgaba holgada sobre un cuerpo que también había sido atlético, en otro tiempo.
Adrián giró la cabeza sin dejar de caminar.
—Relájate, viejo —dijo, y su voz sonó tranquila a pesar del estruendo—. Solo es boxeo.
—¡ES UNA FINAL! —Lucas casi escupió las palabras.
—Sí, por eso vine.
Lucas se pasó la mano por la cara. Una, dos veces. Como si pudiera borrar la preocupación.
—Algún día me dará un infarto.
Adrián soltó una pequeña risa, un sonido ligero que contrastaba con la tensión del ambiente. Luego, sin dejar de sonreír, saltó al ring con una agilidad que hizo girar la bata a su alrededor. Aterrizó sobre las tablas con la suavidad de un gato.
El árbitro se acercó para revisar sus guantes. Un hombre calvo, de bigote espeso, que había visto más peleas que estrellas en el cielo.
—¿Listo, Vega?
Adrián miró al otro lado del ring.
Su oponente ya estaba allí.
Diego Morales Fuentes.
Un boxeador enorme, de espaldas anchas y expresión seria. Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en Adrián con una intensidad que quemaba. A su alrededor, su equipo le susurraba instrucciones que él parecía no escuchar.
Adrián inclinó la cabeza.
—Siempre.
Luego añadió en voz baja, justo cuando el árbitro se giraba:
—Aunque creo que él está demasiado tenso.
Diego lo escuchó.
—¿Dijiste algo?
Adrián sonrió ampliamente. Esa sonrisa que sus patrocinadores amaban y sus rivales odiaban.
—Solo pensaba que deberías relajarte. Vas a terminar con una contractura antes de empezar.
—Te voy a romper la cara.
—Probablemente.
Diego frunció el ceño. La confusión se asomó por un segundo entre su furia.
—¿Probablemente?
—Sí, a veces pasa. A veces me rompen la cara. No siempre, pero pasa.
El árbitro los separó con gestos firmes.
—¡A sus esquinas!
Lucas se acercó rápidamente a Adrián en cuanto llegó a su rincón. Le ajustó las vendas, aunque ya estaban perfectas.
—Por favor, dime que no lo estuviste provocando otra vez.
Adrián se encogió de hombros mientras bebía un sorbo de agua.
—Solo un poco.
—¡Te lo dije mil veces!
—Lo sé.
—¡No lo hagas!
Adrián ajustó sus guantes. Miró a su rival, que en la otra esquina recibía un masaje en los hombros mientras su entrenador le hablaba con vehemencia.
—Lucas.
—¿Qué?
—Cuando están enojados...
Adrián levantó la mirada hacia Diego. El hombre lo fulminaba con los ojos.
—Cometen errores.
Lucas suspiró. Un sonido profundo, cansado, que llevaba años perfeccionando.
—Algún día te van a matar.
Adrián sonrió. Esa sonrisa otra vez.
—Pero no será hoy.
El árbitro levantó la mano.
—¡Comiencen!
La campana sonó. Un golpe metálico que atravesó el ruido del estadio.
Diego atacó primero.
Salió de su esquina como un toro, lanzando un golpe rápido, directo al rostro. Adrián lo esquivó con un movimiento mínimo de la cabeza. El puñó pasó rozando su oreja.
Luego otro. Más fuerte.
Adrián retrocedió un paso. Luego otro. Sus pies se deslizaban sobre la lona con una elegancia casi bailarina.
—Wow —dijo, con total naturalidad, como si estuvieran entrenando—. Empezamos con energía.
Diego lanzó un gancho. Un movimiento amplio, potente, que buscaba la costilla.
Adrián se inclinó hacia atrás justo a tiempo. Sintió el aire desplazado por el golpe rozarle el estómago.
—Casi.
El público gritaba. Una marea de sonidos confusos.
—¡Golpéalo!
—¡Vega!
—¡Fuentes, destrúyelo!
Diego intentó otro golpe. Un cross de derecha.
Adrián lo bloqueó con el antebrazo y dio dos pasos hacia un lado, saliendo de la línea de ataque. Sus pies nunca se detenían. Siempre en movimiento.
—¿Sabes? —dijo, y su voz sonó increíblemente tranquila en medio del caos—. Pensé que golpearías más fuerte.
La mandíbula de Diego se tensó aún más, si eso era posible. Los músculos del cuello se le marcaron como cuerdas.
—Cierra la boca.
—Solo estoy siendo honesto. Para ser finalista del torneo, esperaba...
Otro ataque.
Más rápido.
Más agresivo.
Tres golpes seguidos que Adrián esquivó con movimientos cada vez más ajustados.
—Oh, ahora sí estás enojado —dijo, y en su voz había un dejo de diversión genuina.
—¡Concéntrate! —gritó el entrenador de Diego desde la esquina.
Pero ya era tarde.
Diego estaba furioso.
Y Adrián lo sabía.
Lo vio en la forma en que cargaba los golpes, en el modo en que su guardia bajaba ligeramente con cada ataque frustrado. La ira le nublaba la visión, le hacía cometer errores.
Tres movimientos después, Adrián cambió completamente el ritmo.
Su sonrisa desapareció.
Fue como si alguien hubiera apagado un interruptor.
Sus movimientos se volvieron precisos. Quirúrgicos. Rápidos como el latigazo de una serpiente.
Un golpe. Directo al hígado.
Diego se dobló.
Dos. Un uppercut que levantó su barbilla.
Tres. El último conectó directo en la mandíbula, con todo el peso del cuerpo de Adrián detrás.
Diego cayó al suelo.
El golpe de su cuerpo contra la lona sonó sordo, definitivo.
El estadio explotó en gritos. Una oleada de sonido que pareció levantar el techo.
El árbitro se lanzó sobre Diego, apartando a Adrián con un brazo, y comenzó a contar.
—¡UNO!
—¡DOS!
—¡TRES!
Diego intentó levantarse. Sus brazos temblaron, buscando apoyo.
—¡CUATRO!
—¡CINCO!
Sus piernas no respondían. Los ojos le giraban en las órbitas, perdidos.
—¡SEIS!
—¡SIETE!
El árbitro miró a Diego. Luego levantó los brazos y los cruzó sobre su cabeza.
—¡NOOOOOCK OUT!
El estadio rugió como un volcán en erupción.
Adrián levantó los brazos con una sonrisa relajada. Esa sonrisa había vuelto. Dio una vuelta frente a las cámaras, saludando.
—Gracias, gracias —dijo como si hubiera contado un chiste en un club de comedia.
Lucas subió al ring casi llorando. No de emoción. De frustración.
—¡Te dije que dejaras de provocarlos! ¡Te lo dije!
Adrián se encogió de hombros mientras su equipo lo rodeaba, le quitaba los guantes, le ponía una bata limpia.
—Funcionó, ¿no?
Lucas lo miró fijamente. Sacudió la cabeza.
—Eres imposible.
Adrián bajó del ring mientras el público seguía gritando su nombre. Los flashes de las cámaras iluminaban su rostro sudoroso. Los periodistas se acercaban como lobos.
—Adrián, ¿una declaración?
—¿Cómo te sientes?
—¿Próxima pelea?
Él solo sonreía y caminaba hacia los vestidores, dejando un rastro de euforia a su paso.
A algunos kilómetros de allí, en el otro lado de la ciudad, Valeria Castillo suspiraba frente a su computadora.
El ruido de la redacción del periódico llenaba la sala. Era un sonido completamente distinto al del estadio: teclados golpeando con furia, teléfonos sonando sin descanso, periodistas discutiendo titulares a gritos. Olor a café recalentado y papel impreso.
Ella revisaba un artículo deportivo con expresión concentrada. Sus dedos tamborileaban sobre el escritorio mientras leía. Tenía el cabello recogido en una coleta imperfecta, de esas que se hacen cuando llevas demasiadas horas trabajando.
—Castillo.
La voz de su jefe la hizo levantar la mirada. El hombre —traje arrugado, corbata ligeramente torcida, ojeras permanentes— dejó una carpeta sobre su escritorio.
—Tengo un trabajo para ti.
Valeria abrió la carpeta.
En la portada había una fotografía.
Un boxeador levantando los brazos en un ring. Sudoroso, sonriendo como si la vida fuera un juego y él estuviera ganando. Los brazos en alto, el público borroso detrás, las luces creando un halo alrededor de su silueta.
Valeria entrecerró los ojos.
—¿Quién es?
Su jefe la miró sorprendido. Arqueó una ceja.
—¿No sabes quién es?
—No.
—Ese es Adrián Vega.
Valeria observó la imagen nuevamente. El tipo de la foto tenía una sonrisa que parecía diseñada para vender revistas. Demasiado perfecta. Demasiado confiada.
—¿El campeón?
—El mismo. Acaba de ganar la final del torneo nacional. Otra vez.
—¿Qué hay con él?
Su jefe cruzó los brazos. Se apoyó en el borde del escritorio.
—Queremos un reportaje especial. A fondo. De esos que la gente recorta y guarda.
—¿Sobre boxeo?
—Sobre él.
Valeria suspiró. Un suspiro cansado, de horas acumuladas.
—Yo cubro deportes en general, jefe. Fútbol, básquet, tenis. No peleas.
—Ahora cubres esta.
—¿Por qué yo?
Su jefe sonrió. Una sonrisa que Valeria conocía bien. La sonrisa de "te va a tocar hacer algo que no quieres".
—Porque eres la única periodista en esta redacción que no está enamorada de él. Las demás ya están buscando cómo conseguir una entrevista. Y no quiero un reportaje lleno de corazones en los ojos.
Valeria volvió a mirar la foto.
El boxeador estaba guiñando un ojo a la cámara.
Uno solo. Como si supiera exactamente el efecto que producía.
Parecía insoportablemente confiado.
Pagado de sí mismo.
El típico deportista famoso que cree que el mundo gira a su alrededor.
—Perfecto —dijo finalmente, y su voz sonó más firme de lo que esperaba.
Cerró la carpeta de golpe.
—¿Cuándo es la entrevista?
Su jefe respondió con tranquilidad. Demasiada tranquilidad.
—Mañana.
Valeria apoyó la cabeza en su mano. La otra mano apretó ligeramente la carpeta.
—Genial.
Por la ventana de la redacción, a lo lejos, se veían las luces del estadio apagándose lentamente. La noche había terminado para algunos.
Para otros, apenas comenzaba.