En el poderoso reino de Valdoria, la belleza es poder… y el amor, una condena.
Lady Anya Naville, segunda hija de un influyente archiduque, ha sido admirada toda su vida como el diamante del reino. Prometida desde la infancia al príncipe heredero, Maxime Iker Lindberg, Anya creció creyendo que su destino era convertirse en reina… y esposa del único hombre que había amado.
Pero todo se derrumba cuando una noble extranjera cautiva el corazón del príncipe.
Consumida por los celos y la humillación, Anya comete un acto imperdonable usando la magia prohibida que corre por su sangre. Su crimen la convierte en la villana del reino y la lleva a enfrentar la ejecución pública.
Sin aliados. Sin amor. Sin esperanza.
Hasta que, en su última hora de vida, lanza un hechizo imposible.
Anya despierta años en el pasado, atrapada nuevamente en su cuerpo de cinco años, pero conservando todos los recuerdos de su trágico futuro.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
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Capítulo 12 | La semana dorada
El sonido de las ruedas sobre la nieve fue lo primero que me hizo consciente de que habíamos llegado.
No era un sonido fuerte, pero sí constante. Grave. Como si el propio suelo reconociera el peso de quienes avanzábamos sobre él. Afuera, el mundo estaba cubierto por una capa blanca impecable, interrumpida solo por las marcas de los carruajes que habían llegado antes que nosotros. No éramos los primeros. Nunca lo éramos.
Corrí apenas la cortina de la ventana y miré hacia afuera.
El palacio se alzaba frente a nosotros como algo más que una construcción. Era demasiado grande, demasiado silencioso, demasiado perfecto. Las torres se perdían en el cielo gris y las ventanas reflejaban la luz del atardecer con una frialdad que me resultó familiar. No había nada acogedor en ese lugar.
Y, sin embargo, todos querían estar allí.
—Llegamos —dijo alguien frente a mí, aunque no aparté la vista.
Ya lo sabía.
El carruaje se detuvo con suavidad, pero mi cuerpo igual registró el cambio. Un segundo después, la puerta se abrió y el frío entró sin pedir permiso. No era un frío cualquiera este era limpio y cortante, como si buscara recordarte exactamente dónde estabas.
Bajé con cuidado, sosteniendo apenas mi vestido para no pisarlo. El suelo crujió bajo mis zapatos, y por un instante todo fue simplemente eso: nieve, aire helado, respiración contenida.
Hasta que empezaron las miradas.
No fue inmediato, nunca lo es. Primero una, luego otra, y después muchas más, como si algo invisible hubiera dado la señal. No necesitaba escucharlos para saber lo que decían, pero aun así los murmullos llegaron, suaves, arrastrándose entre la gente.
—La hija del archiduque…
—Es más joven de lo que imaginaba…
—Dicen que…
No iba a girar y mucho menos iba a reaccionar. No valía la pena.
Solo seguí caminando con la espalda recta, con la cabeza en alto, como si no existiera nada más que el camino frente a mí. No era un esfuerzo. Era costumbre. Había aprendido hace tiempo que, en lugares como este, cada gesto se observa, se mide y se recuerda.
Y yo no pensaba darles nada que pudieran usar en mi contra. Después de que casi muero en mi otra vida por no saber gestionar nada de esto, no iba a cometer los mismos errores dos veces.
Las puertas del palacio se abrieron antes de que llegáramos a ellas, y el cambio fue inmediato. El calor me envolvió, junto con la luz dorada de los candelabros y el reflejo del mármol pulido. Por un segundo, el contraste fue casi abrumador.
Adentro, todo era distinto, pero no era mejor.
El salón principal estaba lleno. Grupos de nobles se distribuían como piezas de un tablero cuidadosamente ordenado, cada uno ocupando un espacio que no parecía elegido al azar. Los colores de sus vestimentas no eran solo decoración: eran símbolos, alianzas, historia. Poder.
Avancé junto a mi familia, sintiendo cómo las miradas continuaban, aunque ahora más disimuladas. Aquí nadie observaba de forma directa. Todo era más… refinado. Más peligroso.
No tardé en notar que alguien ya me estaba mirando. No tuve que buscarlo.
Maxime.
Sus ojos se encontraron con los míos apenas crucé la entrada, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento. Por un instante no dijo nada, y eso fue lo que más me llamó la atención. Él nunca se quedaba en silencio.
Cuando finalmente se acercó, su expresión volvió a la de siempre, ligera, casi despreocupada.
—Llegaste tarde.
Incliné apenas la cabeza.
—No lo suficiente.
Sonrió, pero su mirada se mantuvo fija en mí un segundo más de lo necesario. Como si intentara descifrar algo que no terminaba de entender.
No era la primera vez.
Antes de que pudiera decir algo más, Ian apareció a su lado, cruzándose de brazos con esa familiar mezcla de aburrimiento y diversión.
—Esperaba algo más impresionante —dijo, mirando alrededor—. Aunque supongo que no todo puede mejorar con los años.
Lo miré de reojo.
—Tal vez el problema no es el lugar.
Ian soltó una risa baja, pero no respondió de inmediato. En lugar de eso, me observó. No como siempre. Había algo distinto en su expresión, algo más atento, como si recién empezara a notar detalles que antes no le interesaban.
Eso me incomodó más de lo que debería.
Alexei estaba un poco más atrás. No se acercó enseguida, pero tampoco apartó la vista. Sus ojos se movían con calma, recorriendo la escena como si cada pequeño gesto fuera información útil. Cuando finalmente nuestras miradas se cruzaron, inclinó apenas la cabeza.
Un saludo mínimo y preciso. No necesitaba más.
Y entonces sentí otra presencia, no delante de mí. A mi lado.
Kael no dijo nada al principio. Su silencio no era vacío, sino todo lo contrario. Era denso, lleno de intención. No estaba mirando el salón, ni a la gente, ni siquiera a mí.
Los estaba mirando a ellos.
—Hay demasiada gente —dijo finalmente.
—Es el punto —respondí, sin apartar la vista del frente.
No replicó, pero pude sentir cómo su atención no se movía. Seguía fija en el mismo lugar, como si algo no le terminara de gustar.
No pregunté, porque, en el fondo, yo también lo sentía. Algo en el ambiente no encajaba del todo y todavía no sabía qué era.
Sentí mi magia reaccionar a algo, no de mala manera, sino más bien… inquieta.
No fue un sonido ni un movimiento claro, sino un cambio en el ambiente. Las conversaciones no se detuvieron por completo, pero bajaron apenas lo suficiente como para que se notara. Algunas miradas se desviaron. Otras se mantuvieron, pero con más atención.
Seguí esa corriente invisible y entonces los vi.
Dos figuras avanzaban por el salón con una sincronía que no parecía ensayada, sino natural. No eran exactamente iguales, no si uno miraba con cuidado, pero el impacto inicial era el mismo: equilibrio, elegancia, control.
Los gemelos Gullvieg.
Mi pecho se tensó apenas, aunque por fuera no cambié nada.
En mi vida anterior, sus nombres eran conocidos. No por escándalos ni por política, sino por algo mucho más difícil de ignorar: talento. Evan y Eiden Gullvieg habían sido considerados prodigios. Magia elemental pura. Uno dominaba el agua con una precisión casi imposible; el otro, el aire, moldeándolo como si fuera parte de su propio cuerpo.
No eran solo poderosos, eran peligrosamente inteligentes y… útiles.
Esa última parte fue la que se impuso sobre todo lo demás.
Los observé acercarse sin apartar la vista. Uno de ellos —Evan, si no me equivocaba— giró ligeramente la cabeza y sus ojos se encontraron con los míos. No sonrió, no hizo ningún gesto evidente, pero sostuvo la mirada el tiempo suficiente como para que no pudiera ser casual.
Lo reconocí en ese instante; ese tipo de mirada. Era evaluación y era exactamente igual a la mía.
—Interesante… —murmuró, lo suficientemente bajo como para que solo su hermano lo escuchara.
Eiden no respondió, pero también me estaba observando ahora.
A mi lado, sentí cómo Kael se tensaba apenas.
—No me gustan —dijo en voz baja.
—No tienen que gustarte —respondí con calma.
Pero entendía lo que quería decir.
Ellos no miraban como los demás. No había curiosidad superficial ni simple juicio social. Había intención y cálculo.
Lo mismo que yo veía en ellos. Y por eso mismo, cuando finalmente se acercaron… sonreí.
Fue un gesto leve, controlado, pero completamente intencional.
—Es un honor conocerlos —dije, inclinando apenas la cabeza—. He oído mucho sobre la familia Gullvieg.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente.
Lo sentí en todos, en Maxime, Ian, incluso en Alexei. Porque no era así como yo hablaba, no con nadie y ellos parecían conocerme bien.
Evan arqueó apenas una ceja, sorprendido, aunque lo disimuló rápido.
—¿Ah, sí? —respondió, con un tono curioso—. Eso es inusual.
—No tanto como parece —contesté—. Su familia tiene… una reputación interesante.
Eiden fue el que habló esta vez.
—Interesante es una palabra segura.
—Las palabras seguras suelen ser las más útiles —dije, sin perder la calma.
Por un instante, ninguno de los dos apartó la vista. Y entonces, casi imperceptiblemente, algo cambió en su mirada. No era confianza, pero sí interés, me conformaba con eso… por ahora.
A mi lado, la incomodidad era evidente. No necesitaba mirar para saberlo.
Maxime dio un paso apenas hacia adelante, lo justo para marcar su presencia.
—No sabía que te interesaban ese tipo de cosas —dijo, con una ligereza que no llegaba a ocultar del todo el tono.
Lo miré.
—No sabes muchas cosas.
Ian soltó una risa breve, aunque esta vez no sonó tan despreocupada como siempre.
Alexei no dijo nada, pero su mirada pasó de los gemelos a mí, como si estuviera reconstruyendo una idea nueva.
Kael, en cambio, no disimuló. No apartaba los ojos de ellos y ellos lo notaron. Por supuesto que lo notaron.
—Parece que no estamos siendo bien recibidos por todos —comentó Evan, con una media sonrisa.
—Eso depende de lo que uno busque —respondí.
Eiden inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y tú qué buscas?
La pregunta quedó suspendida en el aire. Podría haber respondido muchas cosas y ninguna hubiera sido verdadera.
—Conversación —dije finalmente—. Este tipo de eventos suelen ser… predecibles.
Una mentira elegante, pero útil. Porque la verdad era otra.
Su padre tenía conocimientos sobre objetos malditos. Los registros, los estudios, las cosas que nadie más entendía.
Si lograba acercarme a ellos…
Si lograba que confiaran en mí… algún día podría llegar a él. Y entonces… quizás podría entender lo que estaba pasando en mi propia casa.
Lo que me estaba siguiendo y la magia que no debería existir.
—Entonces esperemos no decepcionarte —dijo Evan.
—Eso espero —respondí.
Y, por primera vez en toda la noche, mi sonrisa no fue completamente fingida.
Porque esto… esto sí era un movimiento correcto.
Detrás de mí, el sonido de una copa siendo golpeada interrumpió el momento. El salón comenzó a silenciarse poco a poco, como si todos hubieran estado esperando esa señal.
—Su Majestad anunciará el inicio de la semana dorada.
Las conversaciones murieron y las miradas se dirigieron al frente. El aire cambió otra vez, volviéndose más formal, más denso.
Antes de girarme, hice algo más; miré a mi alrededor. Maxime, tenso de pies a cabeza. Ian, inusualmente callado. Alexei, atento. Kael… claramente incómodo.
Y los gemelos… observándome como si ahora yo fuera la incógnita.
Perfecto.
Entonces sí, giré hacia el frente.
Porque el juego… acababa de empezar.
La que la llama es ella del futuro o quien puede ser!?