Doña Matilde, una mujer de setenta años, pasa sus noches viendo novelas y criticando a las protagonistas ingenuas que confían en las personas equivocadas. Mientras mira una historia donde la dulce Sonia será traicionada y asesinada por su propia prima, Matilde no puede evitar enfurecerse por tanta ingenuidad. Pero un repentino paro cardíaco cambia su destino.
Al despertar, descubre algo imposible: ya no es Doña Matilde. Ahora es Sonia, la protagonista de la novela Amor cruel, cruel destino.
Con todos los recuerdos de la historia y sabiendo que su prima Paula planea destruirla, Matilde tiene una ventaj noa que nadie más posee: conoce el final.
Y esta vez no piensa permitir que ocurra. Porque si el destino cree que Sonia debe morir… tendrá que enfrentarse a una mujer que no tiene miedo de cambiar la historia
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Un día agotador.
Sonia cerró la puerta de su habitación y se dejó caer sobre la cama con una sonrisa satisfecha. El día había sido agotador… pero también bastante divertido.
—Ay primita… —murmuró mirando el techo— hoy sí que me hiciste reír.
Recordó la cara de Paula cada vez que la enviaba a preparar café.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Cuatro.
Sonia soltó una pequeña carcajada.
—Si supieras dónde terminaron tus cafés…
Cada taza que Paula le llevaba, Sonia fingía beber un sorbo. Luego esperaba unos minutos y cuando nadie la veía caminaba tranquilamente hasta el baño de su oficina y lo vaciaba en el lava manos.
—Ni loca me tomo algo hecho por esa serpiente,capaz me pone veneno.
La sola idea le provocó un escalofrío.
Paula era capaz de cualquier cosa.
Pero aun así, Sonia había disfrutado la escena del día.
—Primita… hoy gocé verte sufrir un poco —susurró.
Recordaba claramente la mirada que Paula le lanzaba cada vez que volvía con otra taza de café.
Si las miradas mataran…ya estaría muerta y enterrada varias veces.
—Jajajaja… —rió suavemente.
Se giró sobre la cama, apoyando la cabeza en el brazo.
Pero lo mejor del día había sido otra cosa.
Doña Martita.
La asistente administrativa de la empresa.
Cuando Sonia le había pedido ayuda para mantener ocupada a Paula, Martita no lo dudó ni un segundo.
—Señorita Sonia, déjemela a mí —había dicho con una sonrisa traviesa.
Y vaya que lo hizo.
Sonia recordaba lo que e puso hacer todo el dia.
Paula estaba de pie frente al enorme archivo administrativo.
Martita le entregó una pila enorme de carpetas.
—Necesito que ordene todo esto por año… y luego por color de etiqueta.
Paula casi se atragantó.
—¿Por… color?
—Sí, por color.
Martita sonrió dulcemente.
—Así trabajamos aquí.
Sonia tuvo que disimular su risa.
Paula había pasado horas revisando documentos antiguos.
Polvo.
Papeles viejos.
Carpetas interminables.
—Pobre primita… —susurró Sonia con sarcasmo— te lo mereces por dañar a la Sonia original.
Pero la sonrisa en su rostro se desvaneció un poco cuando recordó algo más.
El señor Márquez.
El secretario de confianza de su padre.
Durante la tarde había llegado con una pila de documentos.
—Señorita Sonia, necesitamos su firma en estos papeles.
Ella estaba cansada.
—Firme aquí… y aquí también.
—¿Y esto qué es?
—Autorizaciones administrativas rutinarias.
Sonia suspiró.
—Ser CEO es más cansado de lo que imaginaba…
Entonces recordó otra cosa.
Y sintió náuseas en solo recordar.
—Ese idiota de Rogelio…
Cada día enviaba flores.
Lirios blancos.
Siempre lirios blancos.
El escritorio de Sonia ya parecía una floristería.
—Como si a mí me gustaran esas cursilerías…
Pero de pronto sus ojos brillaron.
—Aunque pensándolo bien…
Se incorporó un poco en la cama.
—Tal vez me convenga seguirle el juego.
Rogelio es amante de mi primita según en la novela.
Podía saber muchas cosas.
—Voy a fingir hacerle caso… a ver qué se trae entre manos.
Sonrió lentamente.
—Tal vez me sirva para descubrir algo.
Mientras tanto…
En otro rincón de la ciudad…
Las luces de la oficina ya estaban apagadas.
Solo una lámpara permanecía encendida.
Paula estaba sentada frente al escritorio.
Con los brazos cruzados.
Y el rostro lleno de rabia.
—Maldita Sonia… —susurró.
Recordaba perfectamente cada humillación del día.
Los cafés.
Los recados.
Las carpetas interminables.
—Esa estúpida se cree muy inteligente…
Tomó una carpeta y la lanzó contra el escritorio.
—¡Me trata como una sirvienta!
Sus ojos ardían de odio.
—Pero ya verás… primita…
En ese momento la puerta se abrió lentamente.
Rogelio entró.
—Vaya… alguien parece de mal humor.
Paula lo miró con furia.
—¿Sabes lo que me hizo hoy la tonta de Sonia?
Rogelio cerró la puerta.
—Cuéntame.
Paula comenzó a desahogarse.
Le contó todo.
Los cafés.
Las órdenes.
Las horas revisando archivos.
Cada palabra estaba cargada de resentimiento.
—¡Me hizo ordenar papeles como si fuera una empleada!
Rogelio la observaba en silencio.
Cuando Paula terminó, respirando con rabia, él se acercó lentamente.
—Tranquila… nena.
Se colocó detrás de ella.
Sus manos se apoyaron en sus hombros.
Paula seguía furiosa.
—No puedo soportarla…
Rogelio inclinó la cabeza hacia su cuello.
—Relájate…
Sus labios rozaron suavemente su piel.
Paula cerró los ojos por un momento.
—Muy pronto… —susurró Rogelio cerca de su oído— se acabarán las humillaciones.
Ella lo miró.
—Lo se.Todo será nuestro
Rogelio sonrió.
—Todo está listo.
Paula lo observó con intensidad.
Rogelio volvió a acercarse.
La besó lentamente.
Paula no se apartó.
Por el contrario, respondió al beso con deseo.
Sus manos se deslizaron por la espalda de Rogelio.
—Pero cuando todo termine…
Sus ojos brillaron con ambición.
—La empresa será mía.
Rogelio soltó una pequeña risa.
—Claro… lo que tú digas nena.