El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 10
Sofía
Me estaba arreglando para la cena con Santiago.
Otra de nuestras cenas públicas.
Otra noche en la que tendríamos que fingir que éramos una pareja feliz frente a cámaras, socios, aliados y curiosos. No me molestaba fingir… pero sí me molestaba lo poco que él colaboraba a veces.
Tenía las ventanas abiertas. La tarde era cálida, con ese tipo de brisa suave que apenas mueve las cortinas. Desde mi habitación podía ver parte del jardín de la casa de mis padres y escuchar a los escoltas hablando en voz baja cerca de la entrada.
Estaba terminando mi maquillaje frente al espejo cuando la puerta se abrió de golpe.
Uno de los hombres de seguridad apareció en el umbral.
—Señorita Sofía.
Algo en su voz me hizo girar inmediatamente.
—¿Qué pasa?
El hombre dudó apenas un segundo.
—Atentaron contra la vida del señor Ferrer.
Sentí como si el suelo se moviera bajo mis pies.
—¿Qué?
El pincel que tenía en la mano cayó sobre el tocador.
—Hace unos minutos —continuó—. Está en una clínica.
No escuché nada más.
Tomé mi bolso, mi teléfono y salí corriendo de la habitación.
—¡Sofía! —escuché a alguien llamarme desde el pasillo.
No me detuve.
Bajé las escaleras casi saltando los últimos escalones y marqué el número de mi padre mientras caminaba hacia la puerta.
—Papá.
—¿Qué ocurre?
—Atentaron contra Santiago.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.
—¿Dónde estás?
—Voy a la clínica.
—Luciano y yo nos encargaremos de lo demás.
Colgué sin decir nada más.
Una de las camionetas ya estaba lista frente a la casa.
Subí sin esperar a que nadie me abriera la puerta.
—A la clínica —ordené.
El vehículo arrancó de inmediato.
Durante todo el trayecto miré el teléfono una y otra vez esperando un mensaje, una llamada, cualquier noticia. No sabía exactamente qué sentía, solo sabía que mi pecho estaba apretado de una forma que no me gustaba.
No quería admitirlo.
Pero estaba preocupada.
Mucho.
Cuando llegamos a la clínica, bajé antes de que el auto se detuviera completamente.
—Señorita Sofía —dijo la recepcionista cuando me acerqué al mostrador.
—¿Dónde está Santiago Ferrer?
La mujer revisó su pantalla.
—Habitación 307.
No esperé más explicaciones.
Corrí hacia el ascensor, apreté el botón varias veces y subí.
Cuando las puertas se abrieron, caminé rápido por el pasillo hasta encontrar la habitación.
Entré sin golpear.
Santiago estaba sentado en la camilla.
Tenía el brazo vendado y la pierna también.
Su camisa había sido reemplazada por una bata médica.
En cuanto lo vi, caminé directo hacia él y lo abracé.
Ni siquiera lo pensé.
Solo lo hice.
Sentí cómo se tensaba ligeramente por la sorpresa.
—Sofía…
—¿Estás bien?
Me separé apenas para mirarlo.
—Estoy bien.
—¿Bien?
Señalé sus vendajes.
—Te dispararon.
—Solo rozaron el brazo.
—¿Y la pierna?
—Entró y salió.
Lo miré fijamente.
—Eso no es “bien”.
Santiago sonrió un poco.
—He estado peor.
Me crucé de brazos.
—No bromees.
Me senté en la silla junto a la cama.
—¿Qué pasó?
Él suspiró y empezó a contarme.
El restaurante.
La reunión con su tío.
Los disparos.
El francotirador.
Escuché todo en silencio.
A mitad del relato, la puerta se abrió.
Un hombre mayor entró.
Su tío.
Lo recordaba vagamente.
—Buenas noches —dijo con una sonrisa amable.
—Buenas noches —respondí.
Santiago lo miró.
—Qué bueno que no saliste conmigo.
—Tenía cosas que atender —respondió el hombre.
Luego se acercó un poco más.
—Cuando fui a salir, mis guardias me lo impidieron.
Santiago levantó una ceja.
—Claro, tío. Si algo me pasa a mí, tú quedarías al mando.
El hombre levantó las manos.
—Y no quiero esa responsabilidad.
Sonrió ligeramente.
—Agradezco que hayas asumido la dirección, Santiago.
Santiago respondió con una pequeña sonrisa.
El tío se despidió poco después y salió de la habitación.
Cuando la puerta se cerró, miré a Santiago.
—No me acordaba de él.
—Tampoco es que lo hayas visto muchas veces.
Asentí.
Un médico entró poco después para revisar los vendajes.
—La herida no es grave —dijo—. Puede irse hoy mismo, pero debe descansar.
Respiré con alivio.
Una hora después, le dieron el alta.
Sus escoltas lo ayudaron a levantarse.
La pierna aún le dolía, podía notarse en su forma de caminar.
Lo acompañé hasta la salida.
La noche estaba fresca.
Varias camionetas negras nos esperaban frente a la clínica.
—Puedo ir solo —dijo Santiago.
—No.
Me miró.
—¿No?
—No.
Abrí la puerta de la camioneta.
—Voy contigo.
Subimos.
El trayecto hasta su casa fue silencioso.
Cuando llegamos, sus hombres lo ayudaron a bajar y entrar.
Lo acompañé hasta el sofá de la sala.
—Siéntate —le dije.
—Estoy sentado.
Rodé los ojos.
—Sabes a lo que me refiero.
Le llevé un vaso de agua.
—No tienes que quedarte —dijo.
Lo miré como si hubiera dicho algo absurdo.
—Claro que sí.
—Sofía…
—Te dispararon hoy.
Me senté frente a él.
—No voy a dejarte solo.
Él me observó en silencio.
No dijo nada más.
La idea de que algo pudiera pasarle me asustaba más de lo que quería admitir.