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Soy Tu Verdugo, Adrián.

Soy Tu Verdugo, Adrián.

Status: En proceso
Genre:Juego del gato y el ratón
Popularitas:931
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Hoks

Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.

NovelToon tiene autorización de Giulian Hoks para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: El sacrificio del peón

​La lluvia persistente golpeaba el parabrisas de Mateo mientras releía el mensaje de Elena por décima vez. "El nombre del conductor no era Adrián". Esas seis palabras eran un ácido que disolvía los cimientos de su venganza. Si Adrián no iba al volante aquella noche, si no era él quien había dejado a esa mujer inválida para luego huir, ¿por qué había aceptado el chantaje? ¿Por qué se había dejado humillar, besar y destruir por Mateo sin revelar la verdad?

​Mateo no fue a su casa. Condujo hasta un café de 24 horas en las afueras, donde Elena lo esperaba con una carpeta de cuero desgastada.

​—Dime que es un error —dijo Mateo al sentarse, sin siquiera saludar.

​Elena suspiró, deslizando un documento notarial sobre la mesa manchada de café.

​—No lo es. Logré acceder a los registros del GPS del auto aquella noche a través de una filtración en la aseguradora. El Porsche no salió de la mansión De la Vega a las 11:00 p.m., como dice el informe policial. Salió a las 2:00 a.m. Pero el accidente ocurrió a la medianoche. El vehículo involucrado fue el sedán de lujo del padre de Adrián, Donato de la Vega.

​Mateo sintió un frío glacial recorriéndole la columna.

​—Donato conducía —susurró Mateo—. Y Adrián...

​—Adrián se echó la culpa inicialmente, pero su padre, para "proteger" la carrera de su hijo, manipuló todo para que pareciera que fue un fallo mecánico de un tercer coche —explicó Elena—. Pero aquí está lo retorcido: Donato tiene a Adrián convencido de que, si la verdad sale a luz, ambos irán a la cárcel. Adrián no está protegiendo su futuro, Mateo. Está protegiendo a un padre que lo usa como escudo humano.

​Mateo recordó la mirada de Adrián en el invernadero. No era solo lujuria o miedo; era el cansancio de alguien que lleva el peso del mundo sobre sus hombros.

​El enfrentamiento en la guarida del lobo

​Mateo no esperó al amanecer. Sabía que Donato de la Vega estaría en su estudio, ese santuario de madera de caoba y secretos donde manejaba los hilos de la ciudad.

​Llegó a la mansión. Los guardias, que ya lo conocían por sus recientes y extrañas visitas, lo dejaron pasar bajo la amenaza de armar un escándalo. Mateo no buscó a Adrián. Fue directo a las puertas dobles del despacho principal.

​Entró sin llamar. Donato de la Vega, un hombre de unos cincuenta años con ojos que parecían hechos de granito, levantó la vista de sus papeles.

​—Llegas tarde para la cena y temprano para el desayuno, muchacho —dijo Donato con una calma aterradora—. Adrián me ha hablado de ti. Dice que eres una molestia persistente.

​—Adrián es un idiota —respondió Mateo, lanzando la carpeta de Elena sobre el escritorio—. Pero usted es un monstruo. Sé lo del accidente. Sé que usted conducía y que ha dejado que su hijo cargue con la culpa y el miedo para que usted pueda seguir siendo el "ciudadano ejemplar".

​Donato no se inmutó. Se reclinó en su silla y entrelazó los dedos.

​—En este mundo, Mateo, hay personas que nacen para ser pilares y otras para ser escombros. Adrián tiene la estructura, pero le falta la dureza. Si cargar con un poco de culpa lo hace más fuerte, entonces le estoy haciendo un favor. ¿Qué es lo que quieres? ¿Dinero? ¿Una beca en el extranjero?

​—Quiero que lo deje en paz —dijo Mateo, su voz vibrando de rabia—. Voy a publicar esto. No solo lo del accidente, sino la manipulación de pruebas.

​Donato soltó una risa seca y corta.

​—Hazlo. Y verás cómo Adrián es el primero en desmentirlo. Él me ama, a su manera retorcida. Y prefiere ser destruido por ti que ver a su padre en una celda.

​La verdad entre las sombras

​—Él no te ama, Donato. Te tiene miedo.

​La voz no era de Mateo. Adrián estaba de pie en el umbral de la puerta, con la ropa todavía húmeda del invernadero y los ojos rojos. Había estado escuchando desde el pasillo.

​Donato cambió su expresión a una de falsa preocupación paternal.

​—Adrián, hijo, este chico te está confundiendo. Vete a tu habitación.

​—No —dijo Adrián, caminando hacia el centro de la habitación. Se colocó al lado de Mateo, y por primera vez en toda la historia, sus hombros se rozaron en un gesto de alianza involuntaria—. Se acabó, papá. Mateo tiene razón. He pasado un año despertándome con náuseas, dejando que él me hiciera pedazos porque pensaba que te debía lealtad. Pero tú no me proteges. Tú te escondes detrás de mí.

​—¿Y qué vas a hacer? —desafió Donato, poniéndose de pie. Su sombra se proyectaba inmensa sobre la pared—. ¿Vas a ir a la policía? Destruirás este apellido. Destruirás todo lo que he construido para ti.

​—Ya no quiero lo que has construido —dijo Adrián. Se giró hacia Mateo, y su mirada era una mezcla dolorosa de arrepentimiento y una extraña esperanza—. Mateo... lamento haberte usado de válvula de escape. Aquella noche en el baile, cuando te humillé... no fue porque te odiara. Fue porque me aterraba que alguien como tú, tan puro, pudiera ver la basura en la que me había convertido. Pensé que si te alejaba de la forma más cruel posible, estarías a salvo de mi familia.

​Mateo sintió que el corazón se le partía. Toda su venganza se basaba en la premisa de que Adrián era un villano por elección. Descubrir que fue un villano por desesperación cambiaba todo el tablero.

​—Fuiste un cobarde, Adrián —dijo Mateo, aunque su tono ya no tenía el filo del odio.

​—Lo fui —admitió él—. Pero ya no.

​El pacto de sangre

​Donato de la Vega cometió un error táctico. Al ver que perdía el control sobre su hijo, sacó un teléfono y marcó un número rápido.

​—Seguridad. Saquen a este intruso de mi casa. Y asegúrense de que el archivo que tiene se "pierda" en el proceso.

​Mateo dio un paso atrás, pero Adrián se interpuso entre él y la puerta.

​—Si le pones una mano encima, papá, mañana no solo hablará Mateo. Hablaré yo, y hablaré de los sobornos a la constructora, de las cuentas en las Islas Caimán y de cómo obligaste a mamá a internarse en esa clínica para que no hablara del accidente.

​El silencio que siguió fue absoluto. Donato bajó el teléfono. La máscara del pilar de la sociedad se resquebrajó, dejando ver a un hombre pequeño y asustado.

​—No te atreverías —susurró Donato.

​—Pruébame —respondió Adrián.

​Adrián tomó la mano de Mateo. Era la primera vez que se tocaban sin que hubiera una intención de daño o una lujuria tóxica. Era un contacto sólido, real.

​—Vámonos —dijo Adrián.

​Salieron de la mansión bajo la mirada atónita de los guardias. No pararon hasta llegar al auto de Mateo. El aire de la noche se sentía diferente; seguía oliendo a tormenta, pero el peso que ambos cargaban parecía haberse distribuido.

​Una nueva forma de suspenso

​Sentados en el auto, frente a las puertas cerradas de la mansión, el silencio volvió a reinar. Pero ya no era el silencio de la traición del Capítulo 2, ni el de la paranoia del Capítulo 4. Era el silencio de dos personas que acababan de quemar sus puentes y no tenían idea de cómo construir otros nuevos.

​—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Adrián, apoyando la cabeza en el asiento. Se veía absolutamente destruido, pero extrañamente libre.

​Mateo lo miró. El "Síndrome de Estocolmo inverso" del que se había burlado ahora parecía una broma pesada del destino. Ya no quería destruir a Adrián. Pero tampoco sabía si podía amarlo después de todo el veneno que habían intercambiado.

​—Lo que dijiste en el despacho... ¿era verdad? —preguntó Mateo—. ¿Me humillaste para "protegerme"?

​—Fue la lógica retorcida de un chico que se sentía un monstruo —dijo Adrián—. No espero que me perdones. Sé que lo que hice fue imperdonable. Pero ahora que mi padre sabe que hablo en serio, va a venir por nosotros. Él no se rinde.

​Mateo encendió el motor.

​—Entonces tenemos que ser más rápidos que él —dijo Mateo, y una sonrisa depredadora, pero esta vez con un propósito noble, apareció en su rostro—. Mi venganza contra ti ha terminado, Adrián. Pero mi venganza contra el hombre que te hizo esto... esa apenas comienza.

​Adrián lo miró con admiración y un miedo renovado. Se dio cuenta de que Mateo no había vuelto a ser el chico dulce de antes. Seguía siendo el estratega frío, el arquitecto del suspenso. Solo que ahora, el arquitecto estaba de su lado.

​—¿Me vas a ayudar? —preguntó Adrián.

​—Solo si prometes que, cuando todo esto termine, no habrá más secretos entre nosotros —respondió Mateo—. Ni máscaras, ni videos, ni mentiras. Solo... nosotros.

​Adrián asintió, sellando un pacto que era más peligroso que cualquier chantaje.

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