Tiene una nueva oportunidad para redimirse y busca ser feliz junto a las personas que ama.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Pueblo 2
Durante todo un año, Lavender acompañó a su abuela Rosie al pueblo, semana tras semana, estación tras estación. Ya no era una novedad ni un paseo.. era parte de la rutina, tan constante como el amanecer. Caminaba a su lado cargando canastos, escuchando las mismas voces, viendo los mismos gestos repetirse una y otra vez.
Y la frustración no la abandonaba.
Observaba cómo la gente se acercaba, miraba las flores con indiferencia, tocaba las raíces secas sin cuidado y ofrecía monedas que apenas alcanzaban. Algunos sonreían con falsa amabilidad, otros suspiraban como si les hicieran un favor al comprar. Pocos preguntaban cuánto esfuerzo había detrás. Nadie parecía pensar en el tiempo, en las manos que habían trabajado la tierra, en los días de lluvia o de frío.
Rosie, en cambio, seguía siendo la misma. Agradecía cada compra, aceptaba el precio que le ofrecían, deseaba bendiciones a quienes se llevaban sus productos. Para ella, vender era compartir, no negociar.
Lavender apretaba los puños en silencio.
Cada vez que veía a su abuela inclinar la cabeza y aceptar menos de lo justo, sentía una mezcla de rabia e impotencia. No porque quisiera riqueza, sino porque sabía cuánto valía ese trabajo. Sabía que esas monedas representaban horas bajo el sol, noches secando raíces, madrugadas cuidando el huerto.
Ese año le enseñó algo duro.
Entendió que la bondad, cuando no se defiende, puede volverse invisible para el mundo. Que la gente no siempre es cruel por maldad, sino por costumbre, por no detenerse a mirar más allá de lo que recibe.
Lavender creció en ese año. No tanto en estatura, sino en claridad. Cada venta injusta se convirtió en una lección silenciosa. Cada moneda mal pagada, en una promesa.
Algún día ..pensaba mientras regresaban a casa.. ella aprendería a hacer que el valor del trabajo de su abuela fuera visto. Algún día, sin gritar ni imponer, enseñaría a otros a respetar lo que la tierra y las manos entregaban.
Y mientras tanto, seguía caminando a su lado, paciente, frustrada… pero decidida a no olvidar.
Así que Lavender comenzó a observar con otros ojos.
Ya no miraba solo las manos que tomaban las flores ni las monedas que caían en la palma de su abuela. Empezó a fijarse en los rostros, en los tonos de voz, en las palabras dichas con desprecio o con falsa superioridad. Y, en silencio, fue haciendo una lista mental.
No era una lista escrita, ni mucho menos una nacida del rencor infantil. Era ordenada, clara, casi fría. Cada nombre se guardaba junto a un recuerdo preciso.
El hombre que siempre decía que las raíces estaban “demasiado secas”, aunque sabía que así debían estar.
La mujer que se burlaba del precio y soltaba risitas mientras regateaba hasta la última moneda.
El comerciante que hablaba fuerte, como si Rosie fuera sorda o tonta, llamándola “vieja ingenua”.
Aquel otro que tomaba más flores de las que pagaba, confiado en que ella no diría nada.
Lavender los recordaba a todos.
No bajaba la mirada ni fruncía el ceño. Se mantenía quieta, aparentemente distraída, como una niña más. Pero por dentro, cada escena se archivaba con cuidado. Sabía quién pagaba poco por necesidad y quién lo hacía por abuso. Sabía quién agradecía en silencio y quién despreciaba en voz alta.
Cada mala palabra dirigida a su abuela le quemaba por dentro. Cada gesto de aprovechamiento le reafirmaba algo que ya había entendido: la bondad de Rosie era tan grande que muchos la confundían con debilidad.
Y eso no era justo.
Cuando regresaban a casa, Lavender no decía nada. Ayudaba a guardar las monedas, a acomodar lo que quedaba, a preparar la cena. Abrazaba a su abuela como siempre, con el mismo cariño sincero. No quería que Rosie cargara con esa amargura; ya llevaba suficiente sobre los hombros.
Pero por las noches, al acostarse, la lista volvía a su mente. No para odiar, sino para recordar. Porque sabía que algún día, cuando fuera mayor y tuviera voz, esas memorias serían importantes.
No planeaba venganza.
Planeaba equilibrio.
Y mientras el mundo seguía aprovechándose de la bondad de su abuela, Lavender, en silencio, se preparaba para el día en que esa bondad sería respetada.
Asi que después de semanas enteras de insistencia.. de palabras suaves, de miradas decididas, de promesas repetidas con paciencia.. la abuela Rosie finalmente cedió.
No fue un sí inmediato. Fue un suspiro largo, cansado, seguido de una mirada que mezclaba orgullo y temor.
—Está bien, mi flor.. Puedes ir al pueblo a vender sola.
El corazón de Lavender dio un salto… que se frenó en seco cuando Rosie levantó un dedo.
—Pero no irás en la carreta.
Lavender la miró, confundida.
—Mañana irás solo con el canasto.. Caminando. Como corresponde. Así aprenderás de verdad.
Lavender asintió sin protestar. Sabía que aquello no era un castigo, sino una prueba. Ir sin la carreta significaba cansancio, peso en los brazos, tiempo para pensar. Significaba demostrar que no buscaba comodidad, sino responsabilidad.
Esa noche casi no durmió.
Mientras estaba acostada, repasaba mentalmente cada rostro de su lista, cada precio injusto, cada palabra hiriente. Pensaba en cómo hablar, cómo pararse, cómo sostener la mirada sin faltar el respeto. No quería ser dura. No quería traicionar las enseñanzas de su abuela. Pero tampoco pensaba permitir que la ignoraran.
Al amanecer, Rosie preparó el canasto con cuidado. Flores frescas arriba, raíces secas bien envueltas abajo. Ajustó la tela, revisó que nada se moviera y luego se agachó frente a Lavender.
—Recuerda.. Sé amable. La tierra da lo que da, y nosotros compartimos.
Lavender la miró a los ojos y respondió con una calma que no parecía de una niña de seis años.
—Lo sé, abuela. Voy a ser justa.
Rosie le acomodó el cabello, besó su frente y la vio partir por el camino de tierra, pequeña bajo el peso del canasto, pero con la espalda recta y los pasos firmes.
Lavender caminó sola hacia el pueblo, sintiendo cómo el sol empezaba a calentar y cómo los brazos le dolían poco a poco. Cada paso era pesado, sí, pero también era una afirmación.
No iba solo a vender flores y raíces.
Iba a defender el valor del trabajo de su abuela.
Y aunque aún era una niña, el mundo estaba a punto de descubrir que la bondad no siempre camina desarmada.