Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 6: El santuario de los cristales rotos
El cielo sobre la ciudad se había tornado de un gris plomizo, casi metálico, antes de romperse en una tormenta eléctrica que parecía sacada de una tragedia griega. Mateo se encontraba en el viejo invernadero abandonado de la propiedad escolar, un anexo olvidado en la parte más boscosa del campus donde solía esconderse para leer antes de que su vida se convirtiera en un thriller psicológico.
Había citado a Adrián allí para recibir su respuesta sobre la traición a Javier. Pero la naturaleza tenía otros planes.
El granizo empezó a golpear los cristales del techo con la violencia de disparos. Los rayos iluminaban el interior lleno de plantas muertas y estanterías oxidadas, creando un juego de luces y sombras que distorsionaba la realidad.
La puerta de metal chirrió. Adrián entró, empapado, con el cabello pegado a la frente y la respiración entrecortada. El viento cerró la puerta de golpe tras él, y el pestillo, viejo y carcomido por el óxido, cedió con un chasquido definitivo. Estaban atrapados.
—El destino tiene un sentido del humor muy retorcido —dijo Mateo, sentado en un banco de piedra, manteniendo la calma a pesar del estruendo exterior.
El peso del silencio
Adrián no respondió de inmediato. Se quitó el saco empapado y lo tiró al suelo. Se veía exhausto, como un hombre que ha estado huyendo de sí mismo durante demasiado tiempo.
—Lo hice —soltó Adrián, su voz apenas un susurro que compitió con el trueno—. Le entregué a la policía escolar las grabaciones de Javier robando los exámenes y el dinero de la cafetería. Mañana será expulsado. Ya no tiene nada que ver conmigo. ¿Estás feliz ahora, Mateo? ¿He destruido lo suficiente para satisfacerte?
Mateo se puso de pie y se acercó lentamente. El olor a tierra mojada y a ozono llenaba el invernadero.
—No se trata de felicidad, Adrián. Se trata de equilibrio —respondió Mateo, deteniéndose a solo unos centímetros.
En ese espacio confinado, la tensión que habían estado acumulando durante semanas se volvió física. No era solo odio; era una atracción gravitacional que ninguno de los dos podía negar. Adrián lo miró a los ojos, y por primera vez, Mateo no vio arrogancia, sino una súplica silenciosa.
—Ya no me queda nada —dijo Adrián, dando un paso agresivo hacia adelante, acorralando a Mateo contra una mesa de madera podrida—. Me has quitado mi reputación, mis amigos, mi tranquilidad. Solo me quedas tú. Este juego que inventaste... me está matando.
—Tú empezaste el juego en aquel baile —le recordó Mateo, aunque su voz tembló ligeramente cuando Adrián puso una mano a cada lado de su cintura, atrapándolo.
—¡Entonces termínalo! —rugió Adrián—. Golpéame, grítame, entrégame a la policía de una vez, pero deja de mirarme como si fuera tu juguete. Porque cada vez que lo haces, siento que me estoy volviendo loco.
La ruptura de la máscara
El trueno retumbó justo sobre sus cabezas, haciendo vibrar los cristales. En ese momento de caos externo, el control de Mateo se quebró. La rabia, el dolor de la humillación y el deseo residual que nunca pudo extirpar se fusionaron en un solo impulso.
Mateo agarró a Adrián por la nuca y lo atrajo hacia sí con una violencia desesperada. No fue un beso de amor; fue una colisión. Fue el choque de dos personas que se odiaban lo suficiente como para querer destruirse, pero que se deseaban lo suficiente como para querer consumirse.
Adrián respondió con la misma furia. Sus manos, antes frías, ahora quemaban a través de la camisa de Mateo. Lo elevó sobre la mesa de madera, derribando macetas vacías que se hicieron añicos contra el suelo, un eco perfecto de sus propias vidas.
—Te odio —jadeó Adrián contra los labios de Mateo, mientras sus manos buscaban desesperadamente el contacto de su piel—. Te odio por lo que me hiciste convertir.
—Y yo te odio a ti por hacerme necesitar esto —respondió Mateo, enterrando sus dedos en el cabello húmedo de Adrián.
En ese rincón olvidado, rodeados de cristales rotos y plantas marchitas, la dinámica de poder cambió. Ya no había un chantajista y una víctima; había dos almas naufragando en un mar de toxicidad. La vulnerabilidad de Mateo afloró por un segundo cuando Adrián enterró el rostro en su cuello, respirando con una urgencia que rayaba en el llanto.
Era el "momento de debilidad" que Mateo había jurado evitar. Se sentía humano de nuevo, y eso era lo más peligroso que le podía pasar a un vengador.
El despertar en las cenizas
Minutos o quizás horas después, la tormenta amainó hasta convertirse en una lluvia fina y constante. El calor de sus cuerpos era lo único que combatía el frío del invernadero. Mateo estaba apoyado contra el pecho de Adrián, escuchando el latido irregular de su corazón. El silencio era ahora más pesado que los truenos.
Adrián rompió el contacto primero. Se incorporó, abotonándose la camisa con manos temblorosas, sin ser capaz de mirar a Mateo a los ojos. La realidad de lo que acababa de suceder —la entrega total al chico que lo estaba destruyendo— le golpeó con la fuerza de un mazo.
—Esto no cambia nada —dijo Adrián, su voz intentando recuperar la frialdad, aunque falló estrepitosamente.
Mateo se bajó de la mesa y se sacudió el polvo de la ropa. La máscara de estratega volvió a su lugar, pero esta vez se sentía pesada, como si ya no encajara del todo.
—Tienes razón —dijo Mateo, su voz recuperando ese tono de seda gélida—. No cambia nada. Mañana, Javier seguirá expulsado. Y yo sigo teniendo los archivos de tu padre. No creas que un momento de lujuria va a borrar el precio de tu redención.
Adrián se giró hacia él, con una mirada de pura traición.
—Eres un monstruo, Mateo.
—Soy lo que tú me hiciste —repitió Mateo, aunque por dentro sentía un vacío que las palabras no podían llenar—. La puerta del invernadero está atascada. Ayúdame a forzarla.
Trabajaron juntos en silencio para abrir la puerta, hombro con hombro, como si nada hubiera pasado. Cuando finalmente se abrió, el aire fresco de la noche los golpeó. Adrián caminó hacia su auto sin decir una palabra más, desapareciendo en la oscuridad de la carretera.
Mateo se quedó solo bajo la lluvia. Se llevó los dedos a los labios, sintiendo todavía el sabor de Adrián. Había logrado que el rey se humillara de la forma más íntima posible, pero por primera vez, la victoria sabía a ceniza.
En su bolsillo, el teléfono vibró. Era un mensaje de la abogada Elena Varga.
“Mateo, he revisado los documentos originales del accidente. Hay algo que no encaja. El nombre del conductor no era Adrián. Alguien cambió los registros hace un año. Tenemos que hablar urgente.”
Mateo sintió que el mundo volvía a girar bajo sus pies. Si Adrián no era el culpable del accidente, ¿quién era? ¿Y por qué Adrián estaba dispuesto a destruir su vida para proteger un secreto que no era suyo?
El suspenso acababa de dar un giro de 180 grados. Mateo se dio cuenta de que, en su afán por la venganza, quizás había estado cazando a la persona equivocada, mientras el verdadero villano observaba todo desde las sombras.