"¿Qué harías si el hombre que juró amarte te roba la vida, tu fortuna y a tus hijos?"
Valeria Estrada lo tenía todo: una familia hermosa y el control de la corporación más grande del país. Pero su mundo se volvió cenizas cuando su esposo, Adrián Montero, la traicionó de la forma más cruel. No solo le quitó su dinero y la engañó con su mejor amiga, sino que la encerró en un hospital psiquiátrico de alta seguridad, drogándola durante años para borrar su lucidez y hacerle creer que estaba loca.
Para el mundo exterior, Valeria Estrada murió. Para sus hijos, ella es solo un recuerdo borroso reemplazado por una madrastra cruel.
Pero tras cinco años de oscuridad, Valeria logra despertar de la niebla. Con la ayuda de dos aliados que el destino puso en su celda, finge su propia muerte y escapa de su prisión de pesadilla.
Ahora, Valeria ha regresado con un nuevo rostro y una identidad impenetrable
La "difunta" ha despertado... y la verdadera pesadilla para los Montero está a punto de comenzar.
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La candidata perfecta
La imponente fachada de la mansión Montero se alzaba como un monumento a la traición. Para Valeria, cada piedra de ese lugar había sido pagada con el legado de su padre, pero ahora, bajo la administración de Adrián, lucía una opulencia fría y ajena. Detuvo el auto alquilado frente a la reja principal y respiró hondo. Sus manos, ahora impecablemente cuidadas y libres de las marcas del cautiverio, apretaron el volante con firmeza.
—Recuerda —susurró para sí misma, mirando su reflejo en el retrovisor—. Valeria Estrada murió en el fuego. Tú eres Elena Rose.
Marcus había hecho un trabajo impecable. En el sistema, Elena Rose era una educadora con un currículum brillante, graduada con honores en el extranjero y con referencias inalcanzables. Lucía, por su parte, la había ayudado a pulir los detalles de su comportamiento: la dulzura de Valeria había sido reemplazada por una cortesía profesional, casi gélida, y su voz era ahora un tono más grave, más pausado. No había rastro de la mujer quebrada que habitó la celda 402.
Al cruzar el umbral, el jardín le devolvió recuerdos dolorosos. Allí, bajo el gran roble, solía jugar con Lucas y Mía. Ahora, el césped estaba cortado con una precisión quirúrgica, pero el lugar se sentía vacío de risas.
En el salón principal, la esperaba Isabella Peña. La mujer que alguna vez fue su mejor amiga vestía un traje de seda que Valeria reconoció de inmediato: era de una casa de modas que ella misma solía frecuentar. Verla usar ese estilo fue como una bofetada, pero Elena no mostró ni una grieta en su semblante.
—Llegas a tiempo —dijo Isabella, sin levantarse del sofá de terciopelo, revisando una tableta con desdén—. Supongo que eres una de las aspirantes para el puesto de institutriz. Hay otras cuatro mujeres esperando en la biblioteca. Mi esposo es sumamente exigente, así que no esperes una entrevista sencilla.
—Elena Rose —respondió ella con una inclinación de cabeza tan perfecta que Isabella se sintió extrañamente intimidada por la clase de la mujer frente a ella—. La exigencia suele ser el estándar de quienes valoran la excelencia. Estoy preparada.
La competencia era feroz. Las otras candidatas eran mujeres de renombre, con décadas de experiencia en casas aristocráticas. Sin embargo, ninguna conocía la casa como ella. Ninguna sabía que a Lucas le aterraban las tormentas y que Mía solo se calmaba con historias sobre las constelaciones. Elena usó esa información con una sutileza magistral, disfrazándola de "agudeza psicológica".
Cuando finalmente fue llamada al despacho principal, el aire pareció escaparse de sus pulmones. La puerta se abrió y allí estaba él. Adrián Montero se veía más robusto, rodeado de cuadros caros y el aroma a tabaco de lujo. Al verla entrar, Adrián se detuvo a mitad de un movimiento, dejando sus papeles sobre el escritorio de caoba. Sus ojos la recorrieron con una mezcla de curiosidad y sorpresa; había algo en la estructura ósea de esa mujer, en su forma de sostener la mirada, que le resultaba inquietantemente fascinante.
—Elena Rose... —murmuró él, ojeando el currículum—. Sus referencias son impecables, señorita Rose. Pero dígame, ¿por qué una mujer con su formación financiera y pedagógica buscaría trabajar en una casa privada y no en una academia de élite?
—Porque creo que el carácter de los líderes del futuro se forja en el hogar, señor Montero —respondió Elena, sentándose con una gracia natural que hacía ver a las candidatas anteriores como principiantes—. Además, tengo entendido que sus hijos han pasado por transiciones difíciles. Necesitan estructura, no solo instrucción.
Adrián asintió, cautivado por la seguridad y la voz aterciopelada de la mujer. No veía a su esposa muerta; veía a una mujer sofisticada que emanaba un aura de poder que él mismo ansiaba poseer.
En ese momento, la puerta se abrió y dos niños entraron. Valeria sintió que el mundo se detenía. Lucas estaba más alto, con el cabello rebelde de su abuelo; Mía tenía los ojos de Valeria, profundos y llenos de una melancolía que no pertenecía a una niña de su edad. Isabella entró tras ellos, quejándose del ruido.
—¡Niños, saluden! —ordenó Adrián con voz autoritaria.
Los pequeños se detuvieron, mirando a Elena con desconfianza. Ella no se lanzó hacia ellos con falsa ternura como las otras. Se quedó sentada, manteniendo su distancia, pero les dedicó una sonrisa pequeña y auténtica.
—Hola —dijo suavemente—. He oído que en este jardín hay un mapa estelar escondido en las baldosas. ¿Es cierto que solo los que saben mirar arriba pueden encontrarlo?
Mía abrió mucho los ojos, asombrada, mientras Lucas ladeaba la cabeza, intrigado por la primera adulta que no les hablaba como si fueran bebés.
—Es usted... diferente —observó Adrián, notando la conexión inmediata—. Las otras candidatas hablaron de disciplina y horarios. Usted ha hablado de mapas estelares.
—La disciplina es el marco, señor Montero, pero la curiosidad es la obra de arte —sentenció Elena con elegancia.
Adrián, impresionado y extrañamente atraído por la serenidad de Elena, no lo dudó.
—El puesto es suyo. Empezará mañana. Espero que su estancia sea tan productiva como su currículum promete.
Isabella, desde la puerta, frunció el ceño. Algo en Elena Rose le provocaba una picazón en la base del cráneo, una envidia instintiva ante una mujer que claramente tenía más clase que ella.
Esa noche, instalada en la habitación asignada para el personal de confianza, Valeria se permitió desmoronarse por unos minutos. Estaba bajo el mismo techo que sus hijos, pero debía ser una extraña para ellos. Sin embargo, su plan avanzaba con una precisión quirúrgica.
Abrió su computadora y envió un mensaje cifrado a Marcus.
"Fase uno completada. Mañana activa los rumores en los foros que Adrián frecuenta. Necesito que el nombre de Sebastián Vogel empiece a sonar como su mayor amenaza. Él debe creer que Vogel quiere lo que él tiene, para que su ego lo obligue a buscar un encuentro. Es hora de que el tablero se mueva."
Valeria sabía que Adrián odiaba a Sebastián Vogel con un fervor casi patológico. Adrián siempre lo llamaba "el heredero con suerte", envidiando su prestigio y su éxito impecable. Elena Rose sería el puente que los uniría, y en ese choque de titanes, ella se encargaría de que Adrián fuera el único que quedara en ruinas.
—Duerme bien, Adrián —susurró mirando hacia la pared que compartía con el pasillo principal—. Mañana tu pesadilla se vuelve real.