Javier Müller, heredero de una de las corporaciones más poderosas de Europa, siempre fue educado para ser perfecto: elegante, obediente y fuerte ante el mundo. Pero cuando la estabilidad financiera de su empresa se ve amenazada, su padre toma una decisión cruel: unir su fortuna con el imperio criminal más temido del continente.
Así, Javier es obligado a casarse con Damián Moretti, el mafioso número uno, un hombre sin corazón
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CAPÍTULO 22: El nombre equivocado
Había pasado un mes desde que el sonido de un disparo en el sótano sentenció el destino de Silvio y, con él, la libertad de movimiento de Javier Müller. Treinta días desde que el apellido Moretti se agregó al suyo como una cicatriz elegante, una marca de propiedad que Javier llevaba con una dignidad que rozaba la insolencia.
Treinta noches de un silencio forzado que pesaba más que cualquier grito, donde el eco de los pasos en los pasillos de mármol era la única banda sonora de su cautiverio. Treinta mañanas de miradas que no se sostenían, de desayunos donde el tintineo de la plata contra la porcelana era el único lenguaje permitido entre dos hombres que se odiaban con la intensidad de mil soles negros.
Para Javier, ese mes había sido un ejercicio de resistencia pura. Sus planes financieros, aquellos que debían poner a los Moretti de rodillas, estaban en una pausa agónica. Cada vez que encendía su computadora y veía los saldos congelados por la Interpol tras el desastre de Damián en Marsella, sentía una náusea gélida.
Estaba atrapado en la boca del lobo, fingiendo ser una presa dócil mientras sus garras estaban encadenadas por la burocracia internacional. Había aprendido que una casa puede sentirse más fría que la intemperie cuando el aire que respiras está saturado de desprecio y sospecha.
La mansión Moretti seguía siendo perfecta. El mármol estaba siempre impecable, reflejando la luz de los candelabros como un espejo gélido que devolvía la imagen de un Javier cada vez más pálido, más afilado. Los jardines estaban cuidados con una precisión militar por hombres que ya no le devolvían el saludo, y las reuniones estratégicas continuaban su curso, decidiendo el destino de mercados y vidas con la misma frialdad con la que se sirve un té.
En las cenas formales, ante los ojos de los socios y los rivales, ambos fingían una estabilidad envidiable. Javier se ponía su máscara de CEO, proyectando una eficiencia robótica que mantenía a flote las naves que Damián intentaba hundir con su impulsividad. Damián, por su parte, jugaba el papel de heredero protector. Pero en cuanto los invitados se marchaban y las puertas del ala oeste se cerraban, el invierno regresaba con una fuerza devastadora.
Javier había aprendido a caminar sin hacer ruido. No era miedo, era estrategia. Había aprendido a medir sus palabras como si fueran munición escasa, comprendiendo que el desprecio no siempre necesita ser gritado para desgarrar. Desde la muerte de Silvio, Damián se había vuelto errático, una mezcla de culpa mal digerida y paranoia galopante que llenaba el ambiente de una electricidad estática peligrosa.
Esa noche, el reloj de la pared marcaba las dos de la madrugada cuando la puerta de su habitación se abrió. Javier no dormía; había dejado de hacerlo profundamente hacía semanas, desde que el recuerdo del rostro ensangrentado de Silvio en sus pesadillas se convirtió en su última lección de lo que significaba la sumisión. El sonido de pasos firmes atravesó la penumbra, pesados y cargados del aroma a tabaco, whisky y ese remordimiento agrio que siempre acompañaba a Damián tras sus borracheras de poder.
No necesitaba abrir los ojos para saber quién era. Damián nunca tocaba, nunca pedía permiso. Su presencia no era una visita, era una ocupación. Un Delta dominante puro no invade el espacio de otro; simplemente borra las fronteras hasta que no queda nada que no le pertenezca.
—Sigues despierto —murmuró Damián. No era una pregunta, era una constatación de la vigilia de su presa. Se acercó a la cama, proyectando una sombra gigantesca sobre las sábanas de seda.
Javier se incorporó lentamente, sentándose en el borde de la cama con la espalda tan recta que parecía hecha de acero Krupp. Sus heridas físicas habían sanado bajo los cuidados de los médicos de la familia y Ágata, pero la rigidez de su cuerpo delataba que el trauma de la violencia y el fracaso de sus planes seguía vivo bajo la piel, latiendo como una infección silenciosa.
—El insomnio es común cuando uno vive en territorio hostil, Damián —respondió Javier, su voz recuperando ese tono gélido y ejecutivo que tanto irritaba al italiano por su falta de matices emocionales.
Damián dejó su saco sobre una silla Luis XV, desabrochándose los puños de la camisa con movimientos lentos, depredadores. El olor a alcohol inundó el pequeño espacio entre ellos.
—No dramatices, Javier. Tienes todo lo que podrías desear. Seguridad, lujo, el respaldo de mi familia. Has pasado un mes entero sin que nadie te ponga un dedo encima. ¿No es esa la paz que tanto pedías después de lo de Silvio?
Javier sostuvo su mirada en la oscuridad. Sus ojos grises parecían dos esquirlas de cristal.
—No estoy dramatizando. Estoy analizando. Un contrato de matrimonio no debería incluir sesiones de fisioterapia para costillas rotas, ni la ejecución de un guardia inocente para justificar tu falta de control. Lo que tú llamas "respaldo", yo lo llamo cautiverio decorado.
El silencio se tensó como un cable de alta tensión a punto de romperse. Habían aprendido a discutir en voz baja para no alertar a Vittorio; el apellido Moretti se alimentaba de la apariencia de control. Pero el daño no necesitaba volumen para ser profundo.
Damián se acercó, apoyando una mano en el respaldo de la cama, invadiendo el círculo de seguridad de Javier. Estaba tan cerca que Javier podía sentir el calor irradiando de su cuerpo, una calidez que siempre le resultaba repulsiva porque venía de manos que sabían matar.
—Te recuerdo que aceptaste este matrimonio por voluntad propia. Firmaste cada página. Tú mismo dijiste que te quedarías aquí si yo detenía la sangre.
La frase cayó como siempre: estratégica, diseñada para recordar a Javier su propia complicidad en su desgracia. Javier sintió la punzada conocida en el pecho. Sí, había aceptado ser sumiso para ganar tiempo, para que Mateo pudiera operar, pero ahora Mateo estaba desaparecido y él estaba solo.
—Acepté un contrato —respondió Javier, su voz apenas un susurro firme—. No acepté ser el saco de boxeo de tus frustraciones emocionales. No acepté ser castigado por el simple hecho de no ser la persona que realmente quieres que esté en esta cama.
Los ojos oscuros de Damián se endurecieron, transformándose en dos pozos de obsidiana.
—No te estoy castigando.
Javier lo miró fijamente, y por primera vez en semanas, su voz no tuvo ni un ápice de vacilación. El resentimiento de un mes acumulado se desbordó.
—Entonces deja de decir su nombre mientras me tocas. O mejor aún, deja de decirlo cuando crees que no te escucho en medio de tus sueños de borracho.
El silencio fue inmediato y absoluto. Damián no respondió, pero la ligera contracción de su mandíbula fue la confirmación que Javier no necesitó. Ángel. Ese nombre se había convertido en una presencia constante, un fantasma que se sentaba con ellos a la mesa y que dormía en el espacio vacío entre sus cuerpos. Damián lo decía sin darse cuenta, como un tic nervioso de un corazón que se negaba a sanar. A veces lo decía a propósito, lanzando comparaciones sutiles como dardos envenenados para recordarle a Javier que, aunque fuera su esposo, nunca sería su preferido.
—No eres él —dijo Damián con una frialdad que cortaba el aire como un bisturí—. Nunca lo serás. Él era luz, Javier. Tú eres... una máquina. Un conjunto de datos y frialdad alemana que no sabe lo que es la devoción.
La frase no era nueva, pero esa noche dolió con una intensidad distinta porque Javier estaba agotado de luchar contra una sombra que no tenía cuerpo al cual golpear.
—Nunca intenté serlo —respondió Javier suavemente—. Pero tú tampoco eres el hombre que él creía que eras. Él amaba al Damián que lo protegía. Dudo que amara al animal que me rompió la cara y que ahora vive con miedo de su propia sombra.
Damián se incorporó lentamente, alejándose como si las palabras de Javier fueran ácido.
—Descansa —dijo finalmente, dándose la vuelta—. Mañana tienes mucho trabajo con las cuentas de exportación. No dejes que tus sentimientos de "sustituto" nublen tu juicio.
Continuará...
El final me encanta, es lo que se necesita para este tipo de historias.
Bueno no se que comentar más, muy buena historia.